lunes, 21 de septiembre de 2009

EL DESARROLLISMO

por Roberto Carri

No son pocos los historiadores que limitan el influjo de las concepciones desarrollistas sólo al período en que Arturo Frondizi ocupó la presidencia de la Nación (1958 – 1962). Serio error de percepción que impide visualizar la estrategia del capital monopolista y su incidencia en la historia reciente de los argentinos.

Ciertos momentos en la obra de Roberto Carri (secuestrado en 1977, actualmente desaparecido) ayudan a recorrer el camino inverso. Esto es: a entender la línea de continuidad —mantenida tanto por dictaduras militares como por gobiernos civiles, con o sin legitimidad constitucional, desde fines de la década de 1950— en el modelo de integración periférica de nuestro país al capitalismo mundial.

Esta línea tiene hasta nuestros días una clara identidad desarrollista (siguiendo la caracterización de Carri) o neo desarrollista, más allá de los discursos y gestualidades de cada coyuntura. “Lo más importante —pensaba este sociólogo fundador de las Cátedras Nacionales— no es que los grupos políticos manifiesten abiertamente su simpatía por políticas desarrollistas declaradas, sino cuál es su práctica real”.

En este breve fragmento extraído de Poder imperialista y liberación nacional (1970), el lector podrá encontrar no pocas analogías entre las distintas épocas y modalidades del "desarrollismo práctico".


Existe un sector de la clase monopolista que necesita, para expandir y profundizar su dominio, un desarrollo de los mercados o áreas de influencia, que inevitablemente la conducen a choques y enfrentamientos con otros sectores de la oligarquía local y extranjera que, hasta hace poco, controlaban sin discusión las áreas ahora en disputa.

El desarrollismo es la política propiciada por los monopolios que buscan la expansión de sus áreas, integrando la nación en un solo mercado regional para imponer su dominio.

(...) Sobre la base del ascenso de sectores capitalistas, ligados a la actividad industrial o extractiva, básica y altamente reproductiva, se opera una nueva y más estrecha vinculación con la economía internacional, que es la clave para comprender el proceso político y económico argentino de los últimos trece años: la vinculación y en algunos casos la identificación del capital monopolista nacional con el capital financiero internacional.

El hecho fundamental en la Argentina es que el capitalismo se ha transformado absolutamente en capitalismo monopolista. En las condiciones de este capitalismo monopolista ya no hay lugar para el desarrollo de la libre concurrencia, ni tampoco para las "reformas" democráticas de estructuras y, mucho menos, para una democracia “pacífica”.

Los sectores claves de la producción industrial están dominados por el régimen monopolista. A medida que aumenta este dominio, los sectores donde aún sobrevivían sistemas de concurrencia van siendo desplazados. Esto no significa la desaparición física de las unidades económicas pequeñas y medianas, sino su sujeción a los intereses monopolistas, la liquidación para la gran mayoría de ellas de toda autonomía económica respecto al capital financiero.

Del análisis de la realidad nacional puede afirmarse qué más de la mitad de la producción se encuentra en manos de la centésima parte del número total de empresas. En ella tienen una preponderancia absoluta poco más de un millar de empresas que controlan, dominan y mantienen bajo su hegemonía la totalidad de la producción. Estas empresas, a su vez, están en manos de un pequeño grupo de monopolios industriales y financieros.

(...) En tanto no es la única política de los núcleos dominantes, los desarrollistas encuentran resistencias en sectores del mismo, que en ciertos momentos reducen o limitan su campo de acción. Por tanto, buscan alianzas con sectores populares ajenos a sus intereses de sector, pero que pueden ver con buenos ojos un cambio que desplace a la vieja oligarquía.

La idea de los desarrollistas —que se manifiesta en cada oportunidad en que pueden aplicar su política— es lograr la subordinación de sectores sociales con intereses diferentes y hasta contrapuestos a los suyos. Para ello construyen vastos programas políticos que contemplan mejoras generales que provendrán de la expansión económica y del "cambio de estructura para el desarrollo".

El desarrollismo pues, tiene dos aspectos que generalmente se formulan en forma unitaria pero no necesariamente van siempre juntos: uno es la política desarrollista de ampliación del mercado para un sector "modernizante" del capital monopolista; el otro es hacer creer al resto de la sociedad que los sectores "dinámicos", aquellos que persiguen el cambio y el desarrollo, son solidarios.

(...) El desarrollismo aparece también como una variante del reformismo en tanto sus objetivos son cambiar el estado de cosas; y como una variante seudonacionalista, en tanto se busca identificar a los adversarios como representantes de intereses antinacionales que persiguen el mantenimiento del atraso y la dependencia. De cualquier manera, su nacionalismo se limita a atacar a sectores indefinidos por regla general, que se personifican en grupos débiles del imperialismo mundial, o, en ciertos casos —debido a sus contactos con determinados grupos financieros— a atacar a sus rivales en las licitaciones, presentando la lucha por el control de una situación concreta como una "batalla por el desarrollo".

(...) Los cuadros del desarrollismo político están formados por comisionistas cuyo objetivo es aumentar el ingreso proveniente de las comisiones recibidas. La relación entre las mismas y el logro de altos beneficios por el capital es estrecha y fundamental, de allí que se convierten en los propulsores de políticas crediticias y de desgravaciones que promueven el "progreso y la industrialización" del país.

Su énfasis en la búsqueda de capitales extranjeros interesados en el desarrollo de inversiones reproductivas tiene una explicación: a la par se promueve su ingreso personal. Para los desarrollistas la actividad política es una actividad comercial, su política real es la de intermediarios de los capitalistas extranjeros.

martes, 15 de septiembre de 2009

LA MORAL DEL GAUCHO LENCINAS

En Valparaíso, en 1905, junto a sus compañeros de la asonada revolucionaria radical. José Néstor Lencinas aparece sentado en el sillón de brazos.

Por Dardo Olguín

Tras la asunción presidencial del abogado de los ferrocarriles británicos Manuel Quintana, Hipólito Yrigoyen eligió la noche del 3 de Febrero de 1905 para dar inicio a su proyectada revolución. Ya desde tiempo antes, el “Peludo” venía manteniendo contactos con la oficialidad joven del Ejército y organizando militarmente a los dirigentes civiles de su movimiento.

Si bien fracasó el objetivo de apoderarse del Arsenal de Guerra de Buenos Aires —de fundamental importancia, porque allí debían concentrarse las fuerzas para irradiarse a todo el país—, los insurrectos lograron tomar algunas comisarías de la Capital Federal e imponerse en Córdoba, Rosario, Bahía Blanca y Mendoza.

En esta última provincia, la conducción política estuvo a cargo del “Gaucho” José Néstor Lencinas, quien llegó a tomar el poder como gobernador provisional. Al ser derrotada la revolución en el ámbito nacional, Lencinas se fugó a Chile, junto a sus compañeros, en una locomotora del Ferrocarril Trasandino.

De un episodio —convertido durante muchos años en leyenda— ocurrido durante dicho viaje, da cuenta el presente texto del historiador Dardo Olguín. Fragmento extraído de la nota que publicara la revista Todo es Historia en abril de 1969.



Todo cuanto se ha dicho, escrito y fantaseado sobre la revolución de 1905 en Mendoza, es pálido comparado con la novela urdida en torno a los famosos 300.000 pesos que Lencinas se lleva al emigrar hacia Chile. Estos habían sido retirados por el jefe revolucionario de la sucursal del Banco de la Nación, durante el breve tiempo que dura su gobernación. En efecto, uno de los primeros decretos dictados por Lencinas al hacerse cargo del mando, designa gerente de la mencionada institución en Mendoza a don Nicolás Ojeda.

La entrega se hace con todas las formalidades, en presencia del tenedor de libros, del tesorero y dos testigos. Tropas armadas con máuser custodian la operación. Después de un balance general de los libros y caja, que termina a las once de la noche, se comprueba que hay $ 521.000 más o menos entre billetes, oro y plata sellada de diferentes naciones, más de un millón y medio en letras y documentos, escrituras de comerciantes, contratos sociales y documentos de valor.

Luego se le permite al gerente retirarse, previa entrega de las llaves del tesoro. Inmediatamente de hacerse cargo Ojeda del Banco, se recibe una presentación de Lencinas, que en su carácter de jefe del movimiento revolucionario y primer mandatario de la provincia, solicita se le acuerde un préstamo de pesos 300.000, pedido que es resuelto de inmediato.

El mismo Lencinas, acompañado por otras personas, retira los fondos del Banco. Los mismos están destinados a sufragar los gastos de la revolución y las necesidades urgentes del gobierno que ha instalado, pues las arcas fiscales están vacías.

Realizados esos trámites y ya en posesión del dinero, llega la noticia de la entrada de las tropas de (Ignacio) Fotheringham a Mendoza. Los momentos son de apremio. Los revolucionarios piensan trasladarse a Potrerillos o Uspallata y desde allí continuar la resistencia. Ya en viaje cambian de opinión y resuelven dirigirse a la frontera, llevando los famosos 300.000 pesos que tantos dolores de cabeza les habrán de dar.

La tentación del dinero pronto comienza a obrar. Uno de la partida pretende que antes de transponer el límite, se reparta el dinero. Quiere que se le entreguen 100.000 pesos, que es su parte, por haber actuado como jefe militar. Los otros 200.000 serian para el jefe civil y sus acompañantes. Lencinas lleva en su poder el tesoro y se opone terminantemente a su reparto. El siempre ha pensado restituir el dinero al Banco. Lo quiere hacer por intermedio del doctor Manuel Carlés, entonces joven abogado que veranea en Puente del Inca.

Pero Carlés no quiere afrontar una misión tan riesgosa, con tanto dinero en un sitio tan inseguro en esa época y le aconseja hacerlo por intermedio de las autoridades chilenas.

El viaje prosigue y en Las Cuevas, estación fronteriza, los requerimientos del reparto se actualizan. Lencinas no cede, y cuando por la fuerza se lo quiere obligar, tiende de un balazo al prepotente.

Así llegan, los exiliados a la población chilena de Los Andes, con un herido que dejan depositado en el hospital del lugar. Los demás se trasladan a Valparaíso donde, al descender del tren. son detenidos por la policía. Se les hace un registro y en los equipajes se encuentran 298.843 pesos, que son secuestrados por la justicia hasta tanto se aclare la situación. Faltan 1.057 pesos, que es la suma gastada por los revolucionarios.

La defensa de los emigrados queda a cargo del abogado chileno don Bartolomé Palacios, quien inmediatamente impone un recurso de habeas corpus en favor de los presos. El presidente de la Suprema Corte, ante quien se ventila el mismo, pide los antecedentes al juez del crimen de Valparaíso. En conocimiento de ellos ordena la libertad.

En el caso intervienen eminentes juristas. Los diarios publican interesantes notas sobre la cuestión. Entrevistado Lencinas por los periodistas declara que "a pesar de estar triunfante la revolución en Mendoza, se ha visto obligado a emigrar en vista de haber fracasado la sedición en Buenos Aires". Uno de los oficiales agrega: "La revolución ha fracasado porque las tropas de guarnición en Buenos Aires faltaron a su compromiso de unirse para derrocar a Quintana".

Los revolucionarios no solamente consiguen la libertad, sino que uno de los jueces de Valparaíso, ordena se les entreguen $ 10.000 del dinero depositado para sus gastos personales mientras permanezcan en Chile.

En la tramitación del dinero también interviene el abogado chileno don Antonio Vargas y como representante del Banco de la Nación, el abogado Máximo Campos. No obstante la claridad del trámite, las murmuraciones continúan en torno a los famosos 300.000 pesos.

Los comentarios son tales que el propio Yrigoyen se ofrece a devolver el dinero de su peculio personal. Enterado Lencinas le hace un telegrama al coronel Martín Yrigoyen, diciéndole que "tenia conocimiento que su hermano ha vendido campos por 350.000 pesos para devolver dineros de Córdoba y Mendoza, significándole no poder aceptar tal actitud, ya que es mi propósito inquebrantable devolver ese dinero tan luego se pronuncie la justicia chilena".

Yrigoyen desiste de su oferta. Cuando un año después Lencinas regresa a Mendoza, devuelve íntegramente el saldo de los $ 10.000, para lo cual hipoteca una propiedad que posee en el Alto Moyano. Yrigoyen le telegrafía en esa oportunidad desde Buenos Aires, diciéndole que dispusiera de su dinero para saldar la deuda, ofrecimiento que Lencinas no acepta.

Ante la empecinada negativa, don Hipólito envía al ingeniero Florencio Romero, para que entregue al caudillo mendocino, en su nombre, esa suma, rogándole que la acepte. Pero el escrupuloso "Gaucho" nuevamente rechaza la ayuda.

Mucho tiempo después se sigue usando el mito de los trescientos mil, para molestar a Lencinas. En el año 1913, ya bastante alejados los acontecimientos, debe entablar una querella criminal ante los tribunales de Mendoza contra J. M. de la Reta, por injurias relativas a ese dinero.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

RESISTENCIA E IDENTIDAD DE CLASE

por Taller de Historia Desde Abajo

Podemos decir que, en 1955, se inaugura el terrorismo de Estado en el siglo XX.

Las represiones a la clase obrera en la Semana Trágica de enero de 1919 y los fusilamientos de los peones rurales de la Patagonia en 1921, no fueron ni menos sanguinarias ni menos inmorales. Sin embargo, fueron dirigidas contra fracciones de la clase obrera en lucha por sus reivindicaciones, no contra el conjunto de los trabajadores. Se fusilaba a unos y se negociaba con otros que en ocasiones se beneficiaban con la negociación.

Esas represiones no produjeron el quiebre de la legitimidad política a la dominación de clase, el régimen político continuó como antes de la represión.

Hasta la “Fusiladora” ningún quiebre de la legalidad, por parte de la clase dominante, había requerido la aplicación de la violencia asesina contra la población civil en forma indiscriminada. Esta violencia estaba, ahora, dirigida contra el conjunto de la clase obrera y el pueblo.

El Estado debía disciplinar a las clases subordinadas para imponer un nuevo modelo de acumulación y esto solo podía lograrlo a través del terror.

La conducta de Perón y de la CGT están registradas por el general Franklin Lucero, en sus memorias que tienen el sugestivo título de El Precio de la Lealtad.

Lucero relata que, conocida la decisión de Perón de no presentar combate a los insurrectos, convocó al secretario general de la CGT, Héctor Hugo Di Pietro, a una reunión para evaluar la situación. Textualmente relata: “...el dirigente sindical se expresó (...) ‘si esta es la resolución que ha tomado el General Perón, los trabajadores hemos hecho siempre lo que Perón quiere’. Acto seguido se retiró de la reunión”.

La etapa que se abre con el sangriento golpe de Estado de 1955 no significa la paz al interior de la burguesía Argentina. Comienza una intensa puja entre sus diferentes fracciones por la construcción de un nuevo bloque de poder.

A este período, que culminará en 1975/76, podemos definirlo como crisis de hegemonía (conducción ético/política) en el seno de las clases dominantes. Crisis que involucra al conjunto de la sociedad. No existe ninguna fracción de la burguesía que hegemonice al conjunto de la clase dominante ni esta ha logrado la conducción ético-política de las clases subordinadas.

Los mecanismos institucionales que actúan como velo encubridor de la dominación de clase, han perdido su legitimidad por :

a) La proscripción del movimiento político mayoritario.
b) Por lo anterior, la crisis de representatividad de los partidos políticos que, en la Junta Consultiva, han avalado la violación de sus propios postulados.
c) El grado de violencia que ha sido —y continúa siendo— necesario para modificar las políticas del Estado.

Esto no implica que el frente antiperonista no haya logrado aglutinar tras de sí a la mayor parte de las fracciones de pequeña burguesía.
Los trabajadores están solos, pero una clase obrera que ha impedido a su propio gobierno firmar acuerdos que atentaran contra sus condiciones de trabajo, no aceptará resignadamente la ofensiva brutal que se inicia contra sus derechos.

La Primera Resistencia Peronista (1)

En 1955, las estructuras políticas del movimiento peronista, desarrolladas en fusión con el Estado, se han derrumbado sin resistencia.

La realidad objetiva de fractura del peronismo original y la incapacidad de la dirigencia tradicional del movimiento para encabezar la lucha contra la proscripción política y social de los trabajadores, son la base sobre la que se va a construir una nueva visión del peronismo a partir de esta primera Resistencia.

Señala Ernesto Salas: “Todo parece demostrar un quiebre entre las nuevas estructuras organizativas y lo que el peronismo significó en las estructuras de gobierno (...) Los comandos de la resistencia comenzaron a organizarse inmediatamente de producido el golpe militar y conformaron el nuevo peronismo en la clandestinidad. Constituyeron una unidad junto a la activa reorganización sindical. Pero esta reorganización del peronismo, que comienza a constituir el naciente movimientismo es, inicialmente, una ruptura con el peronismo anterior”. (2)

¿Qué significa esta ruptura? Que no es sólo organizativa.
Significa que, en la realidad objetiva y en la percepción de muchos militantes, se ha roto la alianza de clases. La clase obrera se encuentra sola en la defensa de sus condiciones de vida y de trabajo; aunque no por ello abandona su identidad política.

El peronismo comienza a perder su significado como expresión de una alianza de clases. Empieza a resignificarse como una nueva identidad de los trabajadores, y de los “auténticos” peronistas.

Dice Mónica Peralta Ramos: “(…) la clase obrera será la única clase que se reconocerá políticamente en ese movimiento, que lo reivindicará como experiencia de gobierno que permitió la satisfacción de sus necesidades más elementales y luchará consecuentemente desde el golpe del ‘55 para reeditar esa experiencia”. (3)

La expulsión del gobierno peronista había requerido del asesinato masivo de civiles; la modificación de los ritmos de producción; la ocupación violenta por fuerzas militares de las fábricas “conflictivas” y la detención de delegados. Los barrios obreros reconocidos como peronistas eran “visitados” cotidianamente por tropas del ejército y de la infantería de marina.

Entonces, en términos objetivos (más allá de la voluntad de sus protagonistas), el conflicto político peronismo-antiperonismo quedaba planteado en estos términos:

a) Localizado en las fábricas y barrios obreros, como un enfrentamiento de clase.
b) Como un enfrentamiento que, hasta 1958, no reconoce ninguna mediación institucional.

Los trabajadores sólo tenían ante sí, en esta “Primera Resistencia”, la violencia de un Estado que pretendía modificar sus condiciones de vida y de trabajo. La conciencia de que el peronismo comienza a ser una identidad de clase, aparece ya en los primeros protagonistas de la misma.

César Marcos escribía el 24 de febrero de 1956: “(…) el Partido Peronista (…) la realidad Argentina de hoy le impone nuevas tareas y responsabilidades que no pueden ser abarcadas ni sostenidas con la primitiva estructura orgánica, ni por sus antiguos cuadros partidarios hoy virtualmente inexistentes (...) El Comando Nacional Peronista proclama que la masa trabajadora, los de abajo, los que hoy forman este movimiento (...) jamás fueron vencidos (...) A nosotros no se nos dejó intervenir. Y cuando quisimos intervenir en defensa de Perón, ya estaba todo terminado. Nos engañaron y nos traicionaron (...) El peronismo no es ni será fácil y propicia carne de cañón para uso de politiqueros con ventaja ni golpistas precipitados y ambiciosos.”

Para que esta percepción de la realidad pudiese transformarse en acción política eficaz e ir más allá de la denuncia, los trabajadores debían tener una evaluación de las causas de la derrota de su gobierno y herramientas políticas para superarlas, que no poseían.

En 1945, aprovechando la división de la clase dominante y el Ejército, habían volcado la relación de fuerzas a su favor. En 1955, eran los únicos peronistas dispuestos a resistir; pero estaban sin aliados, ni herramientas políticas para hacerlo.

La resistencia obrera a la “Fusiladora” se da en dos niveles:

1) La resistencia espontánea frente a las medidas que agreden las condiciones de vida.
2) La resistencia concreta a la ofensiva patronal (que pretendía modificar las condiciones de trabajo en la fábrica).

Esta resistencia a lo que se visualizaba como la “revancha” de los patrones, tiene como sustento en la conciencia de los trabajadores lo que es considerado “justo”.

Esta noción de justicia está construida por la experiencia vivida durante el gobierno peronista. La defensa de las condiciones de vida anteriores al golpe están estrechamente ligadas a la defensa del patrimonio nacional. Los acuerdos con el FMI, las devaluaciones y el fin del control del comercio exterior, repercuten directamente sobre la capacidad de consumo de los trabajadores y los sectores de menor consumo.

La identificación entre la defensa de los logros del gobierno peronista y la defensa de las condiciones de trabajo a nivel de fábrica, comenzará a producir una síntesis —no claramente formulada— entre nacionalismo económico y un fuerte contenido de clase.

La lucha de la clase obrera contra su doble proscripción social y política, impide al régimen político su institucionalización. También lleva a esta clase a una progresiva contradicción con la fracción burguesa del peronismo; con la que, sin embargo, permanece unida en la lucha por sus derechos democráticos proscriptos.

La lucha compartida por sus metas democráticas, lleva a los trabajadores a un doble frente de lucha; el que se libra al interior del peronismo por su conducción y el que los enfrenta con el antiperonismo.

El contenido de clase de la antinomia peronismo-antiperonismo lleva, en muchos casos, a identificar a las fracciones burguesas del antiperonismo con la burguesía en general. Esto diluye la visión de los puntos de coincidencia y contradicción con las fracciones burguesas del peronismo y de las condiciones en que se ha dado —y se da— la alianza con ellas.

A partir de 1958 luego del Pacto Perón - Frondizi, va a comenzar a surgir, en sectores de la militancia, la “lealtad” al “verdadero” peronismo como identidad política.

Identidad diversa en su contenido, pero reconocida como identidad de los trabajadores. “El movimiento éramos los laburantes, los peronistas de verdad: los únicos que luchaban por Perón. Todos los que luchaban, votaron en blanco. Mi viejo decía: ‘Esa orden de votar a Frondizi es mentira’”. (José Paz, militante de la Resistencia y sindical hasta la década del ‘90).

La figura de Perón y la reivindicación de su gobierno son los puntos de unidad.

En setiembre de 1957, de la alianza del peronismo gremial con los comunistas, surgen las 62 Organizaciones Gremiales, que declaran huelgas de 24 y 48 horas en setiembre y octubre de ese año.

Convocado por la seccional Córdoba de la CGT (dirigida por Atilio López), se realiza un congreso de seccionales de la central obrera y de las 62 Organizaciones, donde se elabora el programa de La Falda —a fines de 1957—, que ya establece claras rupturas con las propuestas del peronismo original.

NOTAS:


(1) Consideramos al período 1955/ 68/69 como de Resistencia. Para referirnos al período 1955/58 hablamos de “Primera Resistencia” como la llamó César Marcos (marxista autodidacta; dirigente de la Resistencia Peronista junto a John William Cooke a partir de 1955)

(2) Mónica Peralta Ramos,“Acumulación de capital y crisis política en Argentina (1930 - 1974)” Siglo XXI Editores México 1978.

(3) Ernesto Salas, “La Resistencia Peronista: la toma del frigorífico Lisandro de la Torre”. Centro Editor de América Latina 1990.

sábado, 29 de agosto de 2009

DOS TEXTOS

Retrato de César Tiempo de Manuel Eichelbaum, reproducido en un frontis.
(Ejemplar con dedicatoria autógrafa al poeta argentino Augusto González Castro).


Por César Tiempo

Es imposible reseñar, en este breve espacio, los aportes de César Tiempo al horizonte nacional de la literatura argentina. En su obra —que recorre desde el panfleto y la práctica periodística, hasta la dramaturgia y el guión— hay una ingeniosa ironía expresada con rasgos de metáfora.

Para los cinéfilos, su nombre está indisolublemente ligado a uno de los filmes más complejos y secretos del cine argentino:
El ángel desnudo (1946), donde adaptó un texto de Arthur Schnitzler para el genial (como tantos otros, desapercibido para la crítica) Carlos Hugo Christensen, con quien colaboró en otras veinticuatro películas.

Israel Zeitlin —según el Registro Civil— nació en Ucrania en 1906 y tal vez esto colaboró con su comprensión de lo nacional, como algo distinto de un mero accidente de nacimiento. Así lo puntualiza en uno de los textos que ofrecemos a continuación, en el que refuta la afirmación de cierto “grafómano con agua en las venas y en la cabeza, doctorado en la Universidad de la maledicencia y dopado de resentimiento” (Tiempo dixit) que, alguna vez, tildó a Gardel de “meteco”.

(También decía de Gardel que: “... sonreía con su dentadura de piano a cuyas teclas acaban de pasarle la gamuza”; “... si regresaba tarde a su casa era porque se quedaba dándole cuerda a la luna”; “... prefería ser isla a ser agua”).

Tampoco le fue ajeno el compromiso político. Entre 1952 y 1955 fue director del suplemento literario del diario
La Prensa —adquirido por el gobierno de Juan Domingo Perón para la CGT— y, entre 1973 y 1975, se desempeñó como director del Teatro Nacional Cervantes.

El segundo texto es, precisamente, un recuerdo de su gestión en
La Prensa, según lo reprodujo Osvaldo Soriano en el diario La Opinión. Allí hay un nuevo testimonio de la asfixiante burocracia que se entronizó sobre el movimiento peronista por aquellos años.

Los dos escritos fueron tomados de la excelente antología
Buenos Aires esquina Sábado, compuesta y anotada por Eliahu Toker.


Texto 1: Llamaron meteco a Gardel

En lo que hace a su condición de meteco, que es el nombre con que se designaba a los extranjeros en Atenas, la alusión peyorativa puede convertirse en elogio si tenemos en cuenta que el chiquilín a quien su madre engañada por un truhán trajo desde la antigua capital del Languedoc, asimiló rápidamente nuestra habla y nuestro tono y le dio punto y raya a todos los cantores habidos y habientes, nacidos en nuestro medio.

No todo el mundo tiene la suerte de nacer donde quieren los que lo critican. Recuérdese que Cornelio Saavedra, el primer Presidente de la Junta de Mayo, de cuyas ideas podrá disentirse pero cuyo patriotismo nadie puede poner en duda, nació en Potosí, vale decir que sería paisano del gran Eduardo Wilde, que nació en Tupiza —hoy serían bolivianos los dos— e hicieron por nuestra patria más que muchos argentinos fachendosos y protuberantes, encaramados a la posteridad.

Ya dije más de una vez reaccionando contra el estúpido anatema, que en un país de aluvión como el nuestro no existen más extranjeros que los que vienen a llenarse las talegas y se van para no volver, pero puedo citarles centenares de millares asimilados con su obra, su esfuerzo y su talento al país de adopción y nombro entre ellos a dos personalidades hechas pueblo: el catalán Blas Parera, autor de la música del himno nacional argentino, y el uruguayo Gerardo Helvecio Mattos Rodriguez, autor de “La cumparsita”, el himno nacional rioplatense. Yo me siento orgulloso de reconocerlos argentinos.

Por otra parte nacer argentino, como nacer francés, italiano, ruso, yugoeslavo, español o guatemalteco es un acontecimiento del que no participa la voluntad y no confiere al beneficiario otras prerrogativas que las que podrá obtener oportunamente con su talento si lo tiene, y con su obra si la realiza.

Nacer argentino es un honor, efectivamente, pero ser argentino, es tener conciencia de que el individuo es indivisible de la dignidad del país. Porque uno es el acto de nacer, que pertenece a la fisiología, y otro el de ser, que pertenece al espíritu y a la razón. Uno el acto de crecer por fuera, como una casa de departamentos, y otro el de crecer por dentro metafísicamente. Uno ser y otro llegar a ser.

Joseph Kessel, nacido en una chacra entrerriana de Villaguay, en la provincia de Entre Ríos, y hoy miembro de la Academia de Francia, es francés por donde lo busquen. Carlos Gardel, nacido en Toulouse, es más argentino que la gauchada y tan porteño como Julián Centeya, que nació a orillas del Arno, en Parma, la Parma luminosa de Verdi y de Toscanini, y llegó a Buenos Aires en el umbral de la adolescencia para cantarle su amor a la ciudad que nunca fue madrastra para él, asimilando para siempre su lengua canera, descalza y sin gorra y convirtiéndose en un traficante de nubes, hermano de Manzi y de Discepolín.


Texto 2 - Obsecuencia


Volví a Buenos Aires en 1951 e hice periodismo en varios diarios hasta que en 1952 empecé a dirigir el suplemento de La Prensa que había sido absorbida por la CGT. Allí estuve hasta 1955.

Me aguanté el resentimiento y el odio de todas las fuerzas liberales, pero me di el gusto de hacer un buen suplemento.

No me obligaron a afiliarme, llevé como diagramador a un comunista. Publiqué a (Salvatore) Quasimodo, a (Pablo) Neruda, a Gabriela Mistral, a Amaro Villanueva, que era candidato a gobernador de Entre Ríos por el Partido Comunista.

Un día me llamó (Jorge) Osinde, que era jefe de Coordinación Federal, para decirme que yo había convertido a La Prensa en un órgano comunista. Le contesté que era lo convenido con el general (Juan Domingo) Perón, que él quería una apertura hacia todas las corrientes ideológicas y qué sé yo.

Era mentira, claro. En 1953 Perón fue a Chile y yo viajé con él por La Prensa. Fui a verlo a Neruda, que estaba internado en un hospital, y éste me pidió que le consiguiera una entrevista con Perón. Se encontraron y a raíz de eso Neruda me dió los poemas de las Odas elementales para publicar.

Los poemas levantaron una polvareda bárbara. Me acuerdo que una vez me hicieron parar las máquinas a las tres de la mañana por un poema de Neruda. Vino el presidente del directorio en persona. Yo le dije que era órden del general y santo remedio.

En aquel tiempo, en el peronismo estaba en onda un término para rechazar a la gente que no interesaba, “No corre”, atribuido caprichosamente al general. A mi me parecía que era puro grupo, así que empecé a usar lo contrario, “corre por orden del general”, y todo iba bien. A nadie se le ocurría preguntárselo.

En esa época llegó mucha gente, obreros, sindicalistas, que traían poemas apologéticos a Perón para que se publicaran, pero nunca los dejé correr.

domingo, 23 de agosto de 2009

LOS ORIENTALES Y LA CONCIENCIA NACIONAL

por Luis A. de Herrera


Luis Alberto de Herrera es la figura central del nacionalismo popular latinoamericano en el Uruguay, de matriz campesina y liberal. A lo largo de su extensa vida, supo dar batalla en todos los frentes posibles: desde nutrir la vía insurreccional en 1896, 1897 y 1904, hasta consolidar la posición electoral del Partido Blanco (al que presidió —por casi cuarenta años— hasta su muerte, en 1959). También ejerció el periodismo y creó su propio diario, El Debate. Presentó seis veces su candidatura presidencial y se desempeñó como legislador y diplomático.

Pero, sobre todo, es de fundamental importancia señalar, como escribe
Alberto Methol Ferré, “una dimensión del viejo caudillo, arquetipo del ‘gauchi-doctor’, que por lo común se ha escamoteado o simplemente ignorado. Herrera fue también un intelectual con toda la barba, aunque él no profesara mayor afecto a los ‘intelectuales’, ni éstos dejaran de menospreciarle. Sin embargo dejó más de veinte libros, directa e indirectamente vinculados a la vida del país. Indispensables para una cabal comprensión del proceso histórico oriental”.

En estos fragmentos de una de sus principales obras,
El Uruguay internacional de 1912, aparece nítidamente la preocupación del autor por el autodesprecio de su pueblo. Esto es, el desdén por los rasgos originales de la patria de Artigas —su historia y proyecto nacional— y la simétrica fascinación por Europa.


Sin armonía doméstica será estéril el ensayo de una gran política internacional. Ni los hombres ni los pueblos, en suma, son fuertes cuando avanzan en el desconcierto. Nada muerde los anhelos superiores con más eficacia que la discordia. No hay empresa que resista a sus disoluciones.

(...) Por eso vale el credo de la concordia. No basta decretar ideales. Si el alma popular no los refrenda, su valor no excede el escaso de las teorías. Y para que los ideales vibren, es impuesto crear las grandes armonías efectivas, su asiento.

Los orientales necesitamos, en primer término, fortificar la conciencia nacional. La patria es la tradición dando cosechas. Si en vez de entregar nuestra atención a las ajenas epopeyas, embebido en el drama extraño, al que nada nos identificó, cuando vibraba bajo los ojos, palpitante, el propio, hubiésemos dirigido nuestra pesquisa en el sentido nacional —más Sarandi y menos Austerlitz— estaría en la actualidad mejor afianzado el sentimiento nativo.

La vida no se compone sólo de fechas iluminadas. El conocimiento exacto de los capítulos sombríos nos será, lo repetimos, tan ventajoso como la belleza de los tiempos serenos. En este concepto, como en tantos otros, hemos diluido demasiado nuestra personalidad. Los huesos fracturados se sueldan con sus propios jugos. Cada cuerpo es un laboratorio; se afirma que no hay enfermedades sino enfermos. ¡Si tendrá aplicación este criterio en presencia de los organismos complicadísimos que se llaman naciones!

La mejor fórmula para curar nuestros males la daba el medio, nuestro empirismo. La sensatez aconsejaba poner el oído sobre los sucesos locales; recoger sus rumores, como hiciera antes el rastreador, insustituible, en los despoblados.

La proscripción sistemática del tema histórico, alejó a los entendimientos de un plano espiritual muy útil. La ausencia de firme orientación crítica invitó a juzgar al país al través de afiebrados exclusivismos. Fuera de nuestro campo de convicción nada era bueno; sólo apostasía y crímenes.

(...) Lozano el sectarismo, calculado su fomento, no hay actitud pública libre de su contagio.

Carece el ejército de la característica fundamental exigida por su estatuto: no es nacional. (...) Interesa mucho a los gobiernos de círculo el aislamiento moral del soldado. A cada instante exhíbense los efectos de la gran aberración. Todo se condensa en esta dolorosa evidencia; a la espalda del ejército no vibra, unificado, el entusiasmo nacional. ¿A quien puede interesar el porvenir de una institución sólo montada para la guerra civil?

(...) Sin base de sufragio, la vida pública se adultera, ausente el elemento que funda el orden. Por cierto que así es posible hacer gobierno, pero sin alas. También el buque tumbado navega...

¡Pobre opinión pública, condenada al eterno anhelo de un bien que no alcanza; pobre ejército, obligado, por pundonor, a amparar el exceso; pobre diplomacia, limitada a pesquisar insurrecciones; pobres oposiciones, sin campo institucional para sus esfuerzos!

Todo lo puede el círculo; nada puede la soberanía. Excomulgados núcleos discrepantes, sólo hay en nuestro medio una sola manera de figuración oficial: entregarse al régimen, obtener su afecto. A la suavidad de formas, solo decorada la burla democrática, va correspondiendo una moral política acomodaticia, pregonada, con vigoroso desplante, por muchas unidades recién llegadas a la ciudadanía. El desvío mayor engendra el menor: la prepotencia invita a los entregamientos totales, mucho más así en medio reducido donde las oligarquías —planta grande en maceta chica— dilatan sus filamentos a todos los extremos.

(...) El bienestar económico, de perfil tan prosaico, concurre, en primera línea, a fundar la robustez internacional. Bastarse a sí mismo es consejo sabio que da la vida a los que empiezan la jornada. Aunque murmure quejas al romanticismo, tan cómodo para disimular debilidades, pensemos mucho en el mejor modo de asegurar y extender nuestra prosperidad material.

(...) Faltaría averiguar si el régimen de los teoricismos, aplicado a lo ajeno y a lo propio, le ofrece al país las unidades laboriosas y equilibradas que su presente exige. Pensamos que no. Los doctrinarismos con que se agobia a las imaginaciones tiernas perturban el desarrollo natural de las ideas, deformando el concepto de la vida local.

(...) El mismo impulso nos condujo a ignorar las virtudes de las poblaciones de tierra adentro, crueles con nuestros varoniles paisanos, tallados en hermosa madera. Gauchos, se repitió, sin templar con una intención de equidad la rudeza del término y con olvido de que en ellos puso su mayor origen nuestra estirpe: gaucha es la entraña de la patria y nosotros, sin sospecharlo a veces, su expresión más o menos acusada.

Intensifica aquella tendencia exagerada el abuso de las ideas generales, parecidas a las hojas muy afiladas en que ellas suelen cortar a la mano inhábil que las esgrime.

Nada más alevoso que las verdades inconclusas, sobre el papel, si comprendidas a medias. Y bien, las multitudes tendrían siempre que entenderlas así, mutiladas, vistas sus luces y no sus penumbras.

(...) Las fiebres libertarias nunca nos ayudarán a encarrilar nuestro patriotismo. Son ciudadanos del Uruguay y no ciudadanos del mundo los que afianzarán los derechos de la República.

Visible la dispersión de ideales que vivimos, más preocupados de las complicaciones ultramarinas que de las nuestras.

(...) Hijos de un país pequeño y nuevo, no debemos olvidar los orientales las leyes de la proporción, referidas a los vecinos enormes como al imperio moral creado por las civilizaciones excelsas. Concentremos nuestra voluntad en el propio taller; pongamos nuestra inteligencia, sobre todo, en el tema doméstico. Pasión y brazo al servicio de la causa nacional, parte minúscula, pero parte, al fin, de la epopeya humana. No haríamos poca hazaña contribuyendo con el testimonio de nuestra dicha, labrada despacio, a acrecer, con un grano de arena, los grandes saldos morales.

Debajo de las miserias que pretenden monopolizar el escenario, viene creciendo una vigorosa modalidad, otra piel. Ya el duelo entre hermanos a nadie contenta. Asistimos a la clausura de un capítulo.

(...) Para apurar el luminoso despertar deben unir su esfuerzo todos los ciudadanos sinceros, tendiéndose la mano por encima de barreras convencionales, unificados por la pasión nacional.

martes, 18 de agosto de 2009

GUERRA Y NACION

por Juan B. Alberdi

El 29 de marzo de 1865, la República Argentina, presidida por Bartolomé Mitre, le declaró la guerra al Paraguay de Francisco Solano López. Detrás de la injustificable y criminal decisión estaban Inglaterra y el Imperio del Brasil, así como el obediente Partido Colorado de la Banda Oriental.

Juan Bautista Alberdi fue considerado un traidor por oponerse tenazmente a lo que llamó la "Guerra de la Triple Infamia". Años más tarde explicaba su posición al escritor Ernesto Quesada, en estos términos: “(...) los hombres de Buenos Aires se enfeudaron a la política brasilera, y fomentaron la revolución Oriental de Flores, el escándalo de Paysandú y terminaron con el tratado de la triple alianza para arrasar al Paraguay y obligar a las provincias, so capa de la guerra internacional y merced al estado de sitio, a someterse a la política porteña. Consideré tal guerra como el más funesto error histórico y la mayor calamidad para nuestra nacionalidad: por eso la combatí desde el extranjero, como lo hicieron Guido Spano y la mismo Navarro Viola, que como verdadero patriota, debía mostrar a nuestras provincias el abismo que conducía tan monstruosa guerra, contraria a los intereses verdaderos de Plata y que solo serviría al Brasil para debilitar a sus linderos del Sud, consolidar su influencia agresivamente imperialista y legalizar sus usurpaciones territoriales...”

En 1872, bajo la profunda impresión que le produjo la destrucción paraguaya, escribió El Crimen de la Guerra, de donde proviene el texto que ofrecemos a continuación.

Seguidamente, puede leerse un fragmento del prólogo escrito para dicha obra por Alfredo Palacios, en la publicación de la editorial Luz del Día de 1957. Prólogo éste donde se califica, con justicia, al genial tucumano como el “fundador del derecho internacional iberoamericano”.


Lo que podemos decir, por nuestra parte, es que la libertad que los presidentes (Bartolomé) Mitre y (Faustino) Sarmiento han servido por la guerra contra el Paraguay, cuesta a la República Argentina diez veces más sangre y diez veces más dinero que le costó toda la guerra de su independencia contra España y que si esta guerra produjo la independencia del país respecto de la corona de España, la otra está produciendo la enfeudación de la República a la corona del Brasil.

En cuanto a la libertad interior nacida de esas campañas, su medida entera y exacta reside en este simple hecho: el autor de estas líneas es acusado de traición por el gobierno de su país, por los escritos en que ha condenado esa guerra y ha probado que no puede tener otro resultado que el de desarmar a la República de su aliado natural y servir al engrandecimiento de su antagonista tradicional, que es el imperio del Brasil, único refugio de la esclavatura civil en América.

El autor se ve desterrado por los liberales de su país y por el crimen de que son cuerpo de delito sus libros; por haber defendido la libertad de América en el derecho desconocido a una de las Repúblicas, por un imperio mal conformado, que necesita destruir y suceder a sus vecinos más bien dotados que él, a unos como aliados y a otros como enemigos. Para las Repúblicas de Sud América, tan hostil es el odio como la amistad del imperio portugués de origen y raza.

Si no fuese que ellas son buscadas y arrastradas por el imperio a la alianza que las convierte en su feudo, lejos de buscar ellas al imperio, se diría que están más atrasadas en política que los indios que ocupan sus desiertos. Pero es la verdad que el Brasil las arrastra cuando parece que es impelido por ellas y que ellas ceden cuando parecen impulsar y solicitar. Obediente a la corriente de los hechos, Mitre no ha podido no buscar al Brasil.

La guerra en Sud América, sea cual fuere su objeto y pretexto; la guerra en sí misma es, por sus efectos, reales y prácticos, la anti-revolución, la reacción, la vuelta a un estado de cosas peor que el antiguo régimen colonial: es decir, un crimen de lesa América y lesa civilización.

La guerra permanente cruza de este modo los objetos tenidos en mira por la revolución de América, a saber:

Ella estorba la constitución de un gobierno patrio, pues su objeto constante es cabalmente destruido tan pronto como existe con la mira de ejercerlo, y mantiene al país en anarquía, es decir en la peor guerra: la de todos contra todos.

La guerra disminuye el número de la población indígena o nacional, y estorba el aumento de la población extranjera por inmigraciones de pobladores civilizados: no se puede hacer a Sud América un crimen más desastroso.

Despoblarla es entregarla al conquistador extranjero. La guerra es la muerte de la agricultura y del comercio; y su resultado en Sud América es el empobrecimiento y la miseria de sus pueblos; es decir, fuente de miseria, de pobreza y debilidad.

La guerra aumenta la deuda pública, y sus intereses crecientes obligan al país a pagar contribuciones enormes que no dejan nacer la riqueza y el progreso del país.

La guerra engendra la dictadura y el gobierno militar, creando un estado de cosas anormal y excepcional incompatible con toda clase de libertad política. La ley marcial convertida en ley permanente, es el entierro de toda libertad.

La guerra compromete la independencia del Estado inveterado en sus estragos, porque lo debilita y precipita en alianzas de vasallaje y de ruina, con poderes interesados en destruirlo.

La guerra absorbe el presupuesto de gastos, deja a la educación y a la industria sin cuidados, los trabajos y empresas desamparados, y todo el tesoro público convertido en beneficio permanente de una aristocracia especial compuesta de patriotas, de liberales y de propagandistas de civilización por oficio y estado.

La guerra constituida en estado permanente y normal del país, pone en ridículo la república, hace de esta forma de gobierno el escarnio del mundo.

En una palabra, la guerra civil o semi-civil, que existe hoy en Sud América erigida en institución permanente y manera normal de existir, es la antítesis y el reverso de la guerra de su independencia y de su revolución contra España.

Ella es tan baja por su objeto, tan desastrosa por sus efectos, tan retrógrada y embrutecedora por sus consecuencias necesarias, como la guerra de la independencia fue grande, noble, gloriosa por sus motivos, miras y resultados.


Alberdi, el pionero
por Alfredo Palacios

Alberdi, estudiando la naturaleza jurídica de la guerra, cuando universaliza sus conceptos en El Crimen de la Guerra se refiere al cobro compulsivo de las deudas internacionales y se anticipa en un siglo a Luís María Drago, que con su doctrina defendió a nuestra América.

La ejecución corporal por deudas —barbarie de otras edades— ha sido abolida por la civilización en materia de derecho civil privado. ¿Quedaría vigente —se pregunta el americano ilustre— la ejecución corporal por deudas, es decir la guerra por deudas en materia de derecho internacional?

¿Si la una es la barbarie, la otra sería la civilización? Y contesta categóricamente: las guerras por deudas son tal, pura barbarie.

Hemos acusado a los estadistas y a los representantes de los países iberoamericanos en las conferencias Panamericanas de no haber citado nunca al gran precursor. Tal injusticia se pone de manifiesto una vez mas al observar que el autor de El Crimen de la Guerra precedió en más de un siglo a Luís María Drago al combatir la especulación a mano armada por las naciones poderosas. El cobro compulsivo de las deudas internacionales pretendió efectuarse en 1902 contra un país hermano.

Los representantes de Alemania y Gran Bretaña en Caracas exigieron del gobierno de Venezuela el reconocimiento inmediato y el pago sin discusión de sus deudas, dentro de un plazo perentorio de 48 horas, y ante la justa negativa de Venezuela los aliados realizaron actos de guerra. Venezuela había contratado con particulares, como persona de derecho privado, y por lo tanto, no había creado relaciones internacionales. Era aplicable la, regla caveat emptor. Pero aunque las hubiere creado, el cobro compulsivo, es decir la guerra por deudas, era criminal. Luís María Drago, bajo la presidencia del General (Julio A.) Roca, admirador de Alberdi, el 29 de diciembre de 1902, expuso en nombre de la República Argentina principios sobre la inviolabilidad de la soberanía de las naciones.

La deuda pública —afirmó con dignidad— no puede dar lugar a la intervención armada y menos a la ocupación material del suelo de las naciones americanas. Cualquiera que sea la fuerza de que dispongan, todos los Estados son perfectamente iguales entre sí y con derechos recíprocos a las mismas consideraciones y a los mismos respetos.

La 2da. Conferencia de La Haya de 1907 adoptó el principio del argentino Drago de que el cobro de las deudas nunca debe ser causa de guerra; tesis sostenida en El Crimen de la Guerra, por Alberdi.

viernes, 14 de agosto de 2009

CLASE OBRERA Y PERONISMO (1946/55)


por Taller de Historia Desde Abajo

La base económica del peronismo original fue la industrialización y el desarrollo del mercado interno de bienes de consumo. Son bien conocidas las realizaciones del peronismo, nuestro objetivo es señalar sintéticamente sus líneas principales:

1) La traslación de ingresos del sector agrícola al sector industrial

Para este primer objetivo creó el Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio. A través de la fijación de precios internos y un riguroso control de cambios, el IAPI obtenía recursos que se destinaron a financiar planes de industrialización.

No solo el gobierno intenta debilitar el poder económico de la burguesía terrateniente. También ataca ese poder en sus relaciones sociales, promulgando el Estatuto del Peón Rural e introduciendo la legislación laboral en las estancias.

Se pretendía regular la relación peón/patrón por medio la Comisión Nacional de Trabajo Rural, compuesta por representantes de patrones y peones. Por primera vez se establecieron en el campo vacaciones pagas, jornadas de ocho horas de trabajo, descanso dominical, sueldos mínimos, indemnización por despido y medidas de seguridad e higiene. (Por un petitorio mucho más modesto habían sido fusilados los peones rurales de la Patagonia en 1921 durante gobierno de Hipólito Yrigoyen).

La burguesía terrateniente, en particular la de la Pampa Húmeda, continuó teniendo en su poder la producción de las divisas necesarias para un proceso de industrialización. Superar este cuello de botella del capitalismo dependiente hubiese requerido de la expropiación de la renta agraria.

La confrontación entre la “Nueva Argentina” y la “Argentina oligárquica” no fue menor, pero se detuvo en este límite. Traspasarlo hubiera significado modificar estructuralmente el sistema económico, romper la dependencia de una industrialización realizada sin una acumulación originaria de capital.

2) El control financiero del país por parte del Estado

Al nacionalizar el Banco Central (dirigido hasta entonces por un directorio compuesto, en su mayoría, por representantes de los bancos extranjeros más importantes) y centralizar el sistema de seguros en un cuasi monopolio estatal, el Estado se aseguró el control financiero del país, transformándose en el principal instrumento de crédito.

La nacionalización y creación de empresas estatales (Ferrocarriles, Teléfonos, Líneas Marítimas etc.), creó en las fracciones de la clase obrera ligada a ellas una estrecha ligazón entre el modelo económico peronista y las reivindicaciones obreras. Lo cual fue la base para el surgimiento de un nacionalismo económico y social con un importante contenido de clase.

Defensa del patrimonio nacional y reivindicaciones de clase estuvieron siempre unidas para la mayoría de los trabajadores peronistas. Esto será muy importante para la resignificación del peronismo que se produce a partir de 1955.

3) La redistribución del ingreso en favor de la clase obrera y las fracciones sociales subordinadas.

Más allá de cualquier consideración política, la redistribución del ingreso tiene un beneficiario objetivo: la clase obrera y los sectores asalariados.

• Entre 1945 y 1948 los salarios reales de los empleados públicos tuvieron un alza del 35 % y los de los obreros industriales subieron en un promedio del 50 %.

• En el mismo período el consumo, tanto en el sector público como en el privado subió alrededor del 20 %.

• Las cajas de jubilaciones pasaron de 300.000 afiliados en 1944 a 3.500.000 en 1949. Y se estableció por ley un fondo para otorgar pensiones a toda persona de escasos recursos mayor de 60 años no amparada por ningún sistema jubilatorio.

• A esta realidad se deben sumar todos los beneficios del salario indirecto: colonias de vacaciones, planes de vivienda, la asistencia de la Fundación, dirigida por Eva Perón, en la distribución de indumentaria, textos escolares y la atención de necesidades individuales y familiares.

• Los hospitales públicos, entre 1946 y 1951, duplicaron la cantidad de camas hospitalarias.

• En la educación, la matrícula primaria creció un 34 % entre 1945 y 1955, la secundaria lo hizo en un 134 %, la universitaria se triplicó y en 1949 se eliminaron los aranceles.

• A partir de 1950 se revierte la tendencia a favor de la clase obrera en la participación en el PBI; sin embargo, la participación del “sector” trabajo pasa del 44,8 % en 1944 al 58 % en 1954. Al mismo tiempo, las utilidades empresarias descienden del 55,2 % al 42 % en 1954.

• Las conquistas que quedaron establecidas en la Constitución de 1949 incluían jornada laboral de 8 horas diarias, indemnizaciones por despido, aguinaldo, vacaciones y disposiciones particulares sobre condiciones de trabajo.

Con esta breve reseña, pretendemos dar una idea aproximada de la magnitud de las modificaciones operadas en las condiciones de vida y trabajo, tanto de la clase obrera como del conjunto de las fracciones populares, durante el peronismo original.

Estado y sindicatos

El movimiento obrero participó activamente de la acción estatal. Apoyados por la política crediticia del sector oficial, numerosos sindicatos construyeron sus propios policlínicos y colonias de vacaciones.

En este marco, dado por la conquista de históricas demandas del movimiento obrero —y de otras ni siquiera imaginadas por los luchadores obreros—, se comienza a dar la integración del sindicalismo con el Estado. Hubiera sido incomprensible que los beneficiarios lo vieran críticamente.

La participación de dirigentes sindicales en el gobierno se da a través de la integración individual. La participación en cargos electivos o en funciones en el Poder Ejecutivo (ministros, secretarios etc.) no surge de decisiones tomadas por un colectivo político con unidad de objetivos (es decir, un partido).

Esta integración individual es decidida por Perón que inaugura, utilizando su enorme peso político, la “verticalidad” que signará la práctica del peronismo hasta 1974. La recurrencia a la “verticalidad” será, repetidamente, el argumento de los sectores burocráticos y reaccionarios del peronismo para dirimir la lucha interna en el terreno de la “doctrina”.

Este es el primer punto de conflicto entre Perón y los fundadores del Laborismo, y culmina con la disolución del Partido.

Sin embargo este límite en su voluntad de autonomía y esta integración subordinada al Estado del movimiento obrero, no significa que los trabajadores hayan renunciado a reconocer intereses propios como clase en el marco de un gobierno que, con pleno derecho, consideraban suyo.

El esfuerzo conciente de Perón por disolver el Partido Laborista; los cambios en la política económica del gobierno frente al agotamiento del primer período de auge entre 1950 y 1955; el Congreso de la Productividad (bloqueado por el movimiento obrero) y la conducta del gobierno frente al golpe oligárquico de 1955; nos permiten afirmar que la dirección de la alianza peronista no estuvo en manos de la clase obrera.

A pesar de ello, esta clase mantuvo la defensa de sus conquistas económico/sociales y condiciones de trabajo con su apoyo multitudinario a un gobierno del que era la base imprescindible en el espacio público de la plaza y, en su lugar de trabajo, con un instrumento que existió solo como resultado de su vitalidad como clase y de su presencia activa en el peronismo: las Comisiones Internas y los Cuerpos de Delegados de fábrica.

La tensión, entre el proceso de centralización e incorporación al Estado de los sindicatos y la CGT impulsado por el gobierno y la acción de las Comisiones Internas de fábrica fueron la expresión de la puja por la hegemonía al interior del peronismo.

Los límites de la clase obrera en esta puja podemos analizarlos siguiendo a Antonio Gramsci, quién define al “sindicalismo teórico”, en tanto derivación del liberalismo como la teoría que “ ...en cuanto se refiere a un grupo subalterno al que con esta teoría se impide convertirse alguna vez en dominante, desarrollarse más allá de la fase económica corporativa para elevarse a la fase de hegemonía ético política en la sociedad civil y dominante en el Estado.”

El delegar en Perón la conducción “estratégica” de la política supone un límite al desarrollo de una política de clase que profundice los logros de la alianza peronista en el gobierno. La fuerte defensa de los intereses de clase, que se da entre 1945 y 1955, no logra superar ese límite: el del “sindicalismo teórico”, una variante de economicismo y liberalismo, fundado en la separación entre lo político y lo económico como dos esferas autónomas de la realidad.

La clase obrera defiende a partir de 1946 los términos en que participa del peronismo, asegurando con su lucha el cumplimiento de las medidas laborales y sociales por las que había votado en febrero de ese año. La mayor cantidad de huelgas se dan en los tres primeros años del gobierno, con el objetivo que se cumplan las resoluciones establecidas por la nueva legislación.

Interesa señalar esto último para desmentir las visiones, ampliamente difundidas, de que las reivindicaciones económicas y sociales fueron una dádiva graciosa. (Ver CUADRO 1)

Identidad y autonomía

Algunos testimonios nos pueden ilustrar acerca de lo que caracterizamos como la vitalidad de la clase obrera dentro del peronismo.

El 6 de junio de 1948, el periódico El trabajador de la carne, vocero de la Federación de ese sector (cuando ya la corriente Laborista liderada por Cipriano Reyes había perdido la conducción) decía: “Los sindicatos apoyan al gobierno revolucionario precisamente porque es revolucionario. Porque es nuestro e interpreta las aspiraciones del proletariado. Sin duda este apoyo no puede limitarse al apoyo obsecuente (...) una burocracia frondosa, asustada de perder posiciones personales que ha ganado precisamente debido a la inactividad de los trabajadores que no han sabido ocupar el lugar que les corresponde (...) Si por mala suerte el Líder un día desapareciera del escenario de la lucha, los trabajadores volveríamos automáticamente a la situación anterior a la revolución, rodeados de enemigos (...)”.

La Unión Obrera Metalúrgica, luego de varios conflictos por fábrica, decretó un paro nacional en noviembre de 1947. Sebastián Borro, dirigente gremial durante el primer peronismo, militante de la Resistencia, dirigente de la huelga del frigorífico Lisandro de la Torre en 1959 y figura histórica del peronismo combativo decía en 1993: “....allá por el año 39, cuando yo empecé a trabajar en un taller mecánico a aprender el oficio de tornero, (...) aparecía un afiliado al gremio y tenía miedo de mostrar el carnet porque ese carnet significaba apaleo después por la policía por que era afiliado a un sindicato. (...) yo me había afiliado en el año '41 (...) yo también escondía el carnet porque podía ir preso”.

Al referirse al golpe de junio de 1943, que dispuso la libre afiliación sindical, expresa Borro: “Pero viene esa transformación donde se empieza la afiliación en el orden nacional (...) Alfredo Palacios dio a este país una ley, la 11.729, donde se garantizaban los derechos de los trabajadores. Esta ley no se cumplía, fue aprobada en 1928 y no se cumplía en forma total, porque parcialmente algo se cumplía a través de ese movimiento que había tomado el poder en 1943. Se amplía esa ley y se garantiza el derecho a las vacaciones, el derecho al pago de enfermedad. Mi padre trabajaba conmigo en el taller; después de haber trabajado la Semana Trágica de Vasena en el año 19 y hasta esa época, el año ‘43 y ‘44, tenía 25 años trabajados y jamás le habían dado un día de vacaciones y siempre que se enfermaba tenía que ir a trabajar enfermo porque sino no percibía el jornal (...)”.

Borro también recuerda que: “Fui a trabajar a Talleres Matta en el año 46. En 1949 (...) a mi padre, a mí y a unos 40 compañeros nos dejan cesantes; pero había una ley que se cumplía: había que pagar indemnización".

En 1949 yo era delegado de esa empresa, Perón presidente; se estaba construyendo el gasoducto que venía del sur hacia Buenos Aires, esa empresa (que hacía máquinas de construcción) tenía contratos con el gobierno para hacer ese trayecto. ¿Que pasó? No cumplía con los trabajadores y nosotros le paramos 45 días. Perón era presidente pero yo era dirigente gremial y defendía los intereses de los trabajadores. Y no porque yo quería, porque si los trabajadores no nos acompañaban tampoco podía hacer nada.

Pero hay que hacerles conciencia a los trabajadores; y no yo solo, porque era una Comisión Interna que era de seis compañeros y había un secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica, que se llamó Hilario Salvo, que comprendía que había derechos y había que hacerlos cumplir y la única manera que los patrones cumplieran era el paro.

Algunos decían: ‘Yo no lucho, yo soy amigo de Perón’. Les dijimos: ‘acá hay que luchar y hemos ganado la huelga, tuvieron que pagar los 45 días’”.

Cabe destacar, por último, que la fuerza de las Comisiones Internas —como espacio de autonomía de la clase obrera—, aparecerá durante todo el gobierno peronista en conflictiva supervivencia, aún en los momentos de mayor integración del sindicalismo con el Estado.

Se quiebra el peronismo original

A fines de 1948 comienza a agotarse la “edad de oro” del peronismo original.

El proceso de industrialización había permitido sustituir importaciones de bienes de consumo. La producción industrial continuaba atada a los ciclos de la economía mundial y su crecimiento dependía a largo plazo, de que las exportaciones agropecuarias generaran las divisas necesarias para financiar los las importaciones de insumos y bienes de capital.

La caída de los precios de las exportaciones agropecuarias en los mercados internacionales, acentuada por el boicot norteamericano a las exportaciones argentinas (exclusión del Plan Marshall), privó al Estado peronista de la principal fuente de recursos sobre la que estaba basada la redistribución del ingreso nacional en favor de los trabajadores. Por lo tanto, los aumentos de salarios comenzaban a afectar la tasa de ganancia de la burguesía industrial. Eso crea las condiciones estructurales para la ruptura de la alianza entre el capital y el trabajo.

A principios de 1952 la situación económica era crítica por escasas reservas, insuficientes saldos exportables (luego de dos años de sequías) y un serio deterioro de los términos de intercambio a nivel internacional.

El gobierno opta por colocar en los trabajadores la responsabilidad de superar la crisis a costa de una mayor “productividad” (extracción de plusvalía) para restituir la tasa de ganancia a las patronales. En marzo de 1952 propone el Plan de Estabilización. Este Plan contemplaba una serie de medidas destinadas al control de la inflación (desatada por la puja distributiva entre las diferentes fracciones) y la recuperación del sector externo centradas en la restricción del consumo, el fomento del ahorro y el aumento de la productividad de los trabajadores.

Fue creada la Comisión Nacional de Precios y Salarios y el gobierno extiende la vigencia de los convenios colectivos de un año a dos. Se dispuso que los salarios debían estar atados a la productividad.
En diciembre, Perón anuncia al Congreso y al país el 2º Plan Quinquenal.

Miguel Miranda es desplazado; Alfredo Gómez Morales y Roberto Ares inician el camino para desmontar los obstáculos que la estructura productiva peronista colocaba en el avance del capital extranjero, en especial el norteamericano.

El 26 de julio de 1952 muere Eva Perón.

En 1951, convocado por la CGT, se realizó un “Cabildo Abierto” donde había sido plebis citada para ser candidata a vicepresidente. La corporación militar vetó su candidatura y ese veto fué aceptado por Perón. Se ha discutido mucho acerca de los alcances del rol de Evita en el peronismo, se puede afirmar que su acción no modificó estructuralmente las condiciones de los trabajadores; no obstante puede señalarse al “renunciamiento” como un retroceso para la clase obrera dentro de la alianza peronista.

El 17 de octubre de 1952 una multitud reunida en Plaza de Mayo, como todos los años, impide hablar a José Espejo secretario general de la CGT y fuerza su renuncia. La plaza era el espacio donde, con solo el peso de su número, los trabajadores participaban.

En 1953 se realiza el Congreso General de la Industria, donde el eje es el aumento de la productividad de los trabajadores “sin afectar su salud ni sus derechos”. La ofensiva patronal ya era explícita.

El 17 de octubre de 1954, Eduardo Vuletich, secretario general de la CGT, le ofrece a Perón un Congreso para colaborar “con que se arribe a conclusiones satisfactorias” respecto a la productividad.

La resistencia obrera frente a la ofensiva de las patronales peronistas está a cargo de los sindicatos de primer grado y de las Comisiones Internas. Se da cuestionando la legitimidad de los cambios que se pretender introducir a los convenios de 1946/48 base del pacto peronista original. Esto impide que el Congreso arribe a “conclusiones satisfactorias”.

José B. Gelbard, integrante del gabinete en nombre de la CGE, sintetizaba las aspiraciones de la burguesía peronista: “Cuando se dirige la mirada hacia la posición que asumen las comisiones internas sindicales, que alteran el concepto de que es misión del obrero dar un día de trabajo honesto por una paga justa, no resulta exagerado, dentro de los conceptos que hoy prevalecen, pedir que ellos contribuyan a consolidar el desenvolvimiento normal y la marcha de la empresa. Tampoco es aceptable que, por ningún motivo el delegado obrero toque un pito y la fábrica se paralice”.

Silbada la CGT en la plaza pública, el conflicto entre los aliados peronistas se da en el lugar de trabajo donde no hay acuerdo acerca de “lo justo” y sobre los conceptos que deben “prevalecer”.

Así llega a 1955 la clase obrera, silbando a sus traidores en la plaza y resistiendo en las fábricas con sus cuerpos de delegados.