Por Miguel A. Scenna
Segunda entrega de un texto crucial, tanto para la comprensión de la geopolítica nacional del ejército roquista, como para situar en un ilustrativo período histórico, el modo en que actuó —y actúa hoy desde nuevas argumentaciones— la más perdurable de las zonceras argentinas: “el mal que nos aqueja es la extensión”.
Con el fantasma de la guerra planeando permanentemente, ante un rival belicoso y muy bien pertrechado, se imponía la necesidad de armar adecuadamente al ejército y la marina nacional y proceder a la ocupación efectiva de la Patagonia, que abandonada a su suerte podía ser presa de cualquier intriga. Recuérdese que en 1860 un pintoresco francés de apellido Tounens se "coronó" a sí mismo rey de Araucania y Patagonia, con el sonoro nombre de Orllie-Antoine I. Parece un chiste, pero todavía quedan pretendientes a esa alucinante monarquía.
Ya el 23 de agosto de 1867, en las postrimerías del gobierno de (Bartolomé) Mitre, el Congreso había sancionado una ley disponiendo el avance y ocupación hasta el río Negro. Al año siguiente el presidente (Faustino) Sarmiento ordenó, como paso previo, ocupar la isla de Choele Choel. Era pertinente la medida, pues por allí pasaba el Camino de los Chilenos, por donde fluía hacia más allá de los Andes la riqueza argentina. Pero justamente por ello las tribus se alarmaron y el omnipotente Calfucurá amenazó con desatar una guerra implacable.
El teniente coronel de marina Ceferino Ramírez, al mando de la nave Río Negro, se internó en 1872 por esa vía y llegó a Choele Choel, pero las cosas no pasaron de allí. Sarmiento titubeó ante la amenazadora posición de las tribus y al cabo todo quedó en nada.
La inhábil política del canciller (Mariano) Varela se las arregla para que, tan pronto como acabó la guerra del Paraguay, nos viéramos a punto de entrar en otra con Brasil. La amenaza fue tan grande, que urgentemente hubo que pensar en rearmar el país, provisto de anticuadas armas de fuego y con tres o cuatro barquitos de río que recibían el nombre de Escuadra Nacional. De manera que Sarmiento firmó la ley que, en mayo de 1872, dispuso la compra de tres acorazados modernos y una importante cantidad de armas portátiles automáticas.
Pero las nubes apretadas del lado de Brasil se disiparon. Todo se arregló y reinó la paz. Entonces comenzó a ensombrecerse el horizonte chileno. Los acorazados pedidos tardarían en llegar y la situación se agravaba con un encono creciente. (Nicolás) Avellaneda, con su ministro de Guerra y Marina, Adolfo Alsina, estuvo de acuerdo en la necesidad de ocupar el enorme desierto sureño y armar el país para cualquier eventualidad.
Y como es común en estos casos, se dejaron oír quejosas voces de protesta por las sumas destinadas a fines militares. Los disconformes señalaban que el país atravesaba una severa crisis económica, que estábamos endeudados hasta las cejas, que infinidad de necesidades yacían en la orfandad, etc., etc. Todo ello era cierto, pero tanto como que las costas de la República Argentina se extienden miles de kilómetros sobre el Atlántico, totalmente abiertas e indefensas, y que es ilusorio pretender conservarlas sin una marina de guerra eficiente y suficiente. Lo mismo que las dilatadas fronteras terrestres, exigían la correspondiente custodia de un ejército equipado y adiestrado.
Entre las voces disonantes que se alzaron para condenar la creación de una poderosa marina de guerra, se contó impensadamente con la del propio Sarmiento, fundador de la Escuela Naval. Comentando una memoria elevada al Congreso proponiendo la ocupación del sur patagónico y la comunicación adecuada de los puertos de aquella costa, el ex presidente dijo en El Nacional del 7 de junio de 1879:
"Al sur, desde el Río de la Plata a Magallanes, no tiene (la Argentina) territorios que por su opulencia y variedad de su vegetación, por la, profundidad y utilidad de los ríos que desembocan al océano, prometan servir de asiento a grandes y florecientes ciudades... Nosotros necesitamos, por el contrario, reconcentrar nuestras fuerzas dentro del Río de la Plata, a lo largo de sus afluentes... Tengamos enhorabuena marina de agua dulce... No debemos, no hemos de ser nación marítima. Las costas del sur no valdrán nunca la pena de crear para ellas una marina … Colonicemos río arriba; colonicemos alrededor de nuestras propias ciudades y no imaginemos Eldorados ... porque el país no vale la pena correr los azares de una población lejana. En el sur podemos tener Chubuts y Mercedes y Carmen de Patagones, rudimentos de extranjeros rebeldes y de miserables aldeas. Bahía Blanca será algún día algo; aunque nadie le ha impedido serlo en tres siglos (¿!) de vida; pero no querramos ponerla en conservatorio, creando marina para ir a recoger huevos y plumas de avestruz".
Así escribía "El Profeta" poco después de dejar la primera magistratura de la República Argentina. Da pena transcribir páginas como ésa, pero es un inmejorable exponente del concepto de Patria Chica: nada debía defenderse, todo debía abandonarse, reduciendo la Argentina al radio de Buenos Aires y su hinterland. Hermoso ejemplo de mentalidad sin fronteras, volcada hacía adentro, introvertida, inmediata, cegada a todo lo que no fuera la pampa húmeda y su zona de influencia. El resto no merece cuidados. No por casualidad perdimos tantos territorios.
Afortunadamente, muchos argentinos menos prominentes en el recuerdo de la posteridad y hoy sin bustos a cada paso, pensaron de otro modo. Como dice Tamagno (1):
"La Divina Providencia ha querido poner en ridículo a este hombre de genio; no eran huevos y plumas los que iríamos a buscar a la Patagonia: era petróleo, hierro y carbón. Justamente lo que puede darnos el desarrollo industrial para llegar a tener marina, y esa posibilidad estaba en la Patagonia que él desaprensivamente repudió tantas veces. Es que, ab initio, el genio estaba equivocado; no era entregando nuestra economía, sino defendiéndola, que podíamos llegar a ser algo. Todavía estamos en el pantano de agua dulce en que nos sumergió”.
Irónicamente, y demostrando que —por suerte— la realidad resultó más grande que sus profecías, durante medio siglo la nave escuela en que se graduó medio centenar de promociones de marinos argentinos, paseó el nombre de Sarmiento por todos los mares del mundo.
La segunda conquista del desierto
El momento era propicio para completar la ocupación efectiva del sur. Desde que asumió el Ministerio de Guerra y Marina, Adolfo Alsina comenzó a poner en marcha un plan: un avance progresivo de la frontera, adelantando una línea de fuertes y excavando un ancho zanjón. Una vez colonizada la retaguardia y convenientemente poblada, se adelantaría otro tanto, y así sucesivamente, de modo que a la postre era un plan defensivo y a largo plazo, que tardaría muchos años en concretarse. El comandante en jefe de la frontera interior, general Julio Argentino Roca, se opuso a mecanismo tan lento (…).
(…) La polémica halló inesperada solución cuando en los últimos días de 1877 falleció Alsina, pasando Roca al ministerio. En adelante quedó definida la tónica a seguir. En agosto de 1878, planeando gravemente la amenaza de guerra con Chile, el gobierno propuso al Congreso la ocupación del desierto hasta el río Negro. El 4 de octubre fue sancionada la ley, y el 5 promulgada por el presidente Avellaneda. Las razones de la urgencia fueron expresadas por Roca:
"No hay argentino que no comprenda en estos momentos, en que somos agredidos por las pretensiones chilenas, que debemos tomar posesión real y efectiva de la Patagonia, empezando por llevar la población a Río Negro”.
A mediados de abril de 1879, Julio A. Roca se puso al frente del ejército e inició la gran batida que, de varios puntos y siguiendo a grandes líneas el camino trazado por Rosas, avanzó sobre las desoladas regiones. El 24 de mayo establecía su cuartel general a orillas del río Negro, cuyas márgenes ocupó, desprendiendo desde allí una serie de expediciones para arrojar a los indígenas hacia la cordillera de donde llegaran. El plan se había cumplido con perfecta precisión en apenas cuarenta días.
Se ha señalado que esta segunda conquista del desierto fue sin lucha, tan sólo un paseo militar con demasiada bambolla. Cierto que se vino a descubrir que había menos indios de lo pensado. Los modernos Remington automáticos, con tiro de precisión y gran alcance, y los grandes encuentros de años anteriores, sobre todo la batalla de San Carlos, habían dejado casi sin indios de pelea a las tribus, que fueron arrasadas sin trabajo.
Pero el despliegue bélico y la publicitación tenían dos destinatarios precisos. La conquista debía repercutir sonoramente tanto en Buenos Aires como en Santiago. Y Roca logró las dos cosas. Tan pronto como cumplió su promesa, Roca delegó el mando en el coronel Conrado Villegas y volvió a toda prisa a la Capital para digitar otra conquista, que acabaría en un enfrentamiento mayor y más sangriento con el gobernador (Carlos) Tejedor y cuyo premio era la presidencia de la República.
Chile, embarcado en la guerra del Pacífico, contempló con aprensión el avance del ejército argentino. Más allá de la bambolla, los chilenos apreciaron la capacidad operativa, la velocidad de maniobra, la precisión matemática de las acciones de las cinco divisiones empleadas, la resistencia de los soldados y la evidente calidad de los equipos y armamentos. Poco después, la breve guerra civil que a mediados de 1880 tuvo por escenario Buenos Aires, enconadamente peleada por ambos bandos, completó el panorama con la imagen de un pueblo aguerrido y bien plantado para la lucha. Y sacaron conclusiones.
El Tratado de 1881
Roca asumió la presidencia de la República el 1ro. de octubre de 1880, con el problema planteado con Chile sin visos de arreglo. Su primer cuidado fue llevar a la cancillería, con toda intención, a un veterano de esos negocios: don Bernardo de Irigoyen. Sabía que pocos conocían el largo debate como él, y que si había alguien capaz de sacar las cosas adelante sin guerra y con honor, era precisamente don Bernardo.
No había plenipotenciario chileno en Buenos Aires, ni argentino en Santiago. Las relaciones estaban en el aire y podían agrietarse en cualquier momento. Fue entonces que dos norteamericanos decidieron mediar. Es curioso, pero entre los millones de americanos del Norte, estos dos tenían el mismo apellido, sin ser parientes. No sólo eso. Para completar la broma del destino, también compartían un mismo nombre: Thomas Osborn. Afortunadamente, las respectivas madres tuvieron la buena idea de agregarles un segundo nombre, que esta vez, casualmente, fue distinto. Thomas Obden Osborn era plenipotenciario de los Estados Unidos en Buenos Aires, y Thomas Andrew Osborn cubría el mismo cargo en Chile.
Abrió luego el de Santiago, a fines de 1880, escribiendo a su colega de este lado que había sondeado las disposiciones de La Moneda, encontrando buena disposición para llegar a un arreglo pacífico con Argentina, en base a un arbitraje que tomara por punto de partida el artículo 38 del Tratado de 1855. Chile no deseaba la guerra —estaba metido en otra— pero por razones de prestigio se negaba a tomar la iniciativa en la reanudación de las negociaciones. Como suponía que otro tanto pasaba con la Casa Rosada, pedía al plenipotenciario en Buenos Aires su colaboración. De inmediato Thomas O. Osborn pidió audiencia a Bernardo de Irigoyen, que lo recibió esa misma noche en su casa particular. El canciller escuchó atentamente, mostró cauto interés y manifestó que debía consultar con el presidente. El 2 de enero de 1881 dio su primera respuesta, aceptando la mediación siempre que la Patagonia quedara fuera del arbitraje, cosa que fue inmediatamente comunicada por Osborn a su colega en Santiago.
En ese momento, las posiciones mínimas de ambos gobiernos parecían haber cristalizado en precisas pretensiones. Chile reivindicaba toda la cordillera patagónica, es decir ambas faldas hasta la llanura, todo el Estrecho de Magallanes, e íntegras Tierra del Fuego y las islas australes, mientras Argentina no aceptaba otra línea que no fuera la de las altas cumbres cordilleranas, la boca oriental del Estrecho, parte de Tierra del Fuego y de las islas australes. En sus conversaciones con Osborn, Irigoyen lo interiorizó de la disputa y los términos de las pretensiones chilenas. Courtney Letts de Spills ha publicado (2) algunas cartas intercambiadas por los plenipotenciarios norteamericanos en ese período y entre ellas transcribe una de Thomas O. a Thomas A., en que dice:
"... me inclino a pensar que este gobierno declinará aceptar … porque Chile pone ahora una interpretación del artículo 89 que es completamente extraña a su contenido, el que fue mal entendido ... por el gobierno chileno. El arbitraje..., en mi opinión, será declinado a menos que la cuestión sometida se confine a la simple cuestión de límites entre los dos países y no envuelva la cuestión de la Patagonia, sobre todo la base de que una cuestión de límites es muy diferente de la propiedad de los territorios inmediatos. La primera trata meramente del lugar donde la línea limítrofe pasa entre dos países ..., pero la última, tomando el caso en cuestión, trata de un inmenso territorio que ocupa nada menos que nueve grados de latitud. Se considera que semejante cuestión no puede ser llamada... de límites, sino de dominio".
En verdad, tras la voz del plenipotenciario se alzaba claramente la tesis de Irigoyen. Ambos diplomáticos mantuvieron una densa comunicación, de la que tenían al tanto a las cancillerías, que a su vez facilitaron en todo lo posible dicha comunicación. Al cabo, llegaron a la convicción de que el mejor arreglo de la espinosa cuestión debía basarse en el protocolo Irigoyen-Barros Arana de 1876, en su momento rechazado por Chile, y en la necesidad previa de reconocer a la Patagonia como parte integrante de Argentina.
A principios de junio de 1881 se llegó a un acuerdo entre las partes, hecho oficialmente anunciado el día 3 en Santiago y el 6 en Buenos Aires. Por fin, el 23 de junio se firmó en la capital argentina el fundamental documento, por el cual Chile renunciaba a sus pretensiones a la Patagonia y Argentina resignaba sus derechos al Estrecho y a la mitad de Tierra del Fuego. Por nuestro gobierno lo suscribió Bernardo de Irigoyen y por Chile el cónsul Francisco de Borja Echeverría, telegráficamente ascendido a plenipotenciario para el caso, y en Santiago lo hicieron el canciller José Manuel Balmaceda y el cónsul Agustín Arroyo, investido de plenipotencias desde Buenos Aires por el mismo procedimiento.
Notas:
(1) Roberto Tamagno, Sarmiento, los liberales y el imperialismo inglés, Ed. Peña Lillo, Buenos Aires, 1969, pág. 86.
(2) Noticias confidenciales de Buenos Aires a USA (1869-1892), Ed. Jorge Álvarez, Buenos Aires, 1969.
domingo, 29 de agosto de 2010
lunes, 23 de agosto de 2010
LA DISPUTA POR LA PATAGONIA

Por Miguel A. Scenna
Arturo Jauretche (1901-1974) fue quien sistematizó en su libro Ejército y política la tensión fundamental de la política argentina, partiendo de la oposición entre los términos Patria Grande y Patria Chica. “La política del espacio, es decir, la preocupación de las fronteras, es la condición primaria de una Política Nacional”, escribió.
Así, también, en perspectiva histórica señalaba: “Mientras Brasil puso su acento en la extensión, al igual que los hombres de nuestra Patria Grande, la Patria Chica se llamó progresista y puso su acento en la profundidad haciendo predominar la idea del progreso acelerado sobre la extensión”.
Un buen ejemplo es el de Faustino Sarmiento (1811-1888), paladín de la “corrección política” a pesar de su gestualidad inconforme, quien aportó su formidable pluma al progresismo de Patria Chica, en el momento en que Ejército Nacional, fundado por Julio Roca (1843-1914), se aprestaba a emprender la más importante política de fronteras de la historia argentina.
Hoy no estamos tan lejos. El actual afianzamiento de la discursividad indigenista —siempre funcional a las narrativas sociales disgregadoras— promueve la execración de aquella campaña que, en un momento estratégicamente fundamental, incorporó la Patagonia a la soberanía nacional.
Como un aporte a esta discusión, vamos a publicar una serie de escritos dedicados a los motivos, circunstancias y contextos de aquel período crucial.
Comenzaremos con el primero de tres fragmentos de una obra imprescindible de nuestra historiografía: Argentina — Chile: una frontera caliente de Miguel Angel Scenna (1924-1981), tratando de ubicar la interpretación de la campaña roquista en un marco más amplio del que ofrecen los viejos y nuevos “progresistas”.
Desde principios de la década, Chile se armaba aceleradamente, hasta llegar a contar con los más modernos equipos bélicos de Sudamérica. Súmese a ello un ejercito aguerrido, una situación económica mas brillante que las de sus vecinos y una conducción nacionalista e imperial de su política externa (...).
Chile estaba decidido a la expansión territorial, y ya conocemos los dos campos que tenía en vista: la zona boliviana de Atacama y la Patagonia argentina.
La guerra era inevitable con uno u otro, y en 1879 pesó más la región norteña, donde los acontecimientos se precipitaron. Hacía años que Chile preparaba pacientemente el golpe, favorecido por la desidia con que el gobierno boliviano mantenía en el abandono esa región desértica, pero de apreciable riqueza minera, al sur de la cual corría el difuso e impreciso límite internacional. El descubrimiento de guano, salitre y nitrato de soda, en la zona, atrajo de inmediato el interés chileno, iniciándose una doble vía de infiltración: por un lado una creciente emigración de obreros y braceros chilenos hacia el desierto de Atacama; por el otro, la inversión de cuantiosos capitales de la misma nacionalidad para la explotación de las riquezas.
Bolivia, hundida en el pantano de una interminable anarquía, protestó en varias oportunidades por los avances chilenos, pero la situación política interna le impidió encarar las cosas de manera eficiente, y la penetración continuó sin inconvenientes. Cuando se quisieron acordar, en Atacama había más chilenos que bolivianos.
A su vez, como las condiciones mineras favorables se extendían hasta territorio peruano, hacia allí comenzó a dirigirse la mirada chilena. Este enfoque invocó un acercamiento entre Lima y La Paz, y el gobierno boliviano sugirió al presidente (Faustino) Sarmiento la posibilidad de una alianza argentino-boliviana, verdadero huevo de Colón para neutralizar la amenaza chilena, y cuyo premio para Argentina, además de espantar los fantasmas del sur, sería la restitución de Tarija. Parece mentira, pero las negociaciones no prosperaron. Da la impresión de que en Buenos Aires no se había comprendido cabalmente que nuestros aliados naturales eran aquellas repúblicas norteñas.
En 1873 Bolivia y Perú firmaron un tratado que mantuvieron en secreto, con fines a la común defensa. La situación de Atacama, con una mayoría chilena no integrada, dueña del capital y del trabajo, debía desembocar en la guerra. Un impuesto decretado por el gobierno de La Paz y la posterior confiscación de una compañía chilena que se negó a pagarlo, conformaron el casus belli.
El 8 de febrero de 1879 Chile elevó un ultimátum a La Paz, y sin esperar la respuesta, sus fuerzas armadas invadieron Bolivia y tomaron el día 12 la ciudad de Antofagasta. Rápidamente completaron la ocupación de Atacama, sin previa declaración de guerra.
Téngase en cuenta que en aquellos tiempos se respetaba la formalidad de la previa declaración antes de iniciar operaciones. El hecho de empezar y terminar las guerras sin molestarse en declararlas es cosa de nuestros días. A principios de este siglo, Japón fue violentamente criticado por atacar a Rusia sin previo aviso (lo mismo haría en la década del treinta con China y en 1941 con Estados Unidos), pero ya Chile había empleado el procedimiento en 1879, logrando con ese golpe fulminante ganar la región en litigio y colocarse de entrada en situación ventajosa.
Alegando el tratado secreto entre Bolivia y Perú, también embistió a esta república. El 2 de abril el Congreso chileno autorizaba a declarar la guerra a ambos países. Las operaciones ya llevaban dos meses de desarrollo.
La oportunidad perdida
La iniciación de la Guerra del Pacífico aconsejó al gobierno del presidente (Aníbal) Pinto paliar el conflicto con Argentina, para ganar su neutralidad. La república trasandina se las podía ver victoriosamente con Perú y Bolivia juntas, ya que ninguna de ellas podía contender entonces con Chile, ni política, ni social, ni económica, ni militarmente. Pero si se sumaba Argentina las cosas podrían ser no tan seguras. Claro que apenas tenía flota, pero el ejército, numeroso y aguerrido, estaba recibiendo armas modernas. Además, la lógica enseña que no deben emprenderse guerras en dos frentes.
(…) Lo cierto es que la Casa Rosada ya había resuelto desentenderse del asunto, en medio de una situación política interna cada vez más grave, que amenazaba convertir en guerra civil la sucesión presidencial de (Nicolás) Avellaneda. Ello a pesar de la fuerte presión interna y externa que pesaba sobre la Casa Rosada. Bolivia y Perú descontaban la intervención argentina y nada olvidaron para producirla, desde la devolución de Tarija hasta la entrega de una buena parte del Chaco y una salida al Pacífico para nuestro país.
En lo interno, era abrumadora la simpatía popular hacia los países norteños y desde muchos núcleos influyentes se reclamaba la entrada en guerra para ayudarlos. El espíritu belicoso llegó a tal extremo que pudo haber arrastrado a otro gobierno, pero se estrelló contra la firme decisión de Avellaneda de mantener la neutralidad, si bien ésta jamás fue expresamente declarada.
No les faltaba razón a los críticos. La Argentina no podía desentenderse de los acontecimientos que ocurrían en el Pacífico, facilitando con su quietud la ruptura del equilibrio internacional en favor de Chile, nuestro eventual enemigo, y para quien éramos la siguiente víctima. La única explicación coherente de esta actitud es que la Casa Rosada pensaba aprovechar el conflicto para presionar sobre Chile y lograr una solución favorable en el sur. Veremos que tampoco había nada de eso. Los problemas internos, una vez más, habían obnubilado irremediablemente a nuestros dirigentes. (…)
El camino de los chilenos
Era inútil seguir manteniendo pujas diplomáticas si no se ocupaba real y efectivamente el inmenso territorio vacío del sur. Desde que, más de cuarenta años atrás, (Juan Manuel de) Rosas ocupara la línea del río Negro mandando una avanzada hasta Valcheta, la frontera interna con el indio había retrocedido de manera alarmante, hasta llegar al centro actual de la provincia de Buenos Aires. Teóricamente, aquel desierto estaba bajo jurisdicción argentina, pero en la realidad los únicos dueños eran las tribus indígenas que lo recorrían y que cada tanto se arrojaban en malones sobre las poblaciones. Algunos caciques —entre ellos Calfucurá, que había nacido del lado chileno de la cordillera— se decían argentinos, pero más valía no confiar demasiado en este tipo de soberanía por delegación, que podía cambiar de beneficiario en el momento menos pensado. Sobre todo cuando muchos chilenos —algunos muy influyentes— se dedicaban a mimar a los salvajes para atraerlos hacia su nacionalidad y ponerlos al servicio de ella.
Hubo una verdadera organización chilena que lucró largamente con la hacienda robada en campos bonaerenses. Los malones arrasaban las estancias pampeanas y se llevaban el ganado tierra adentro. La senda que seguían hacia el oeste era conocida de mucho tiempo atrás como Camino de los Chilenos. Pasaba cerca de Olavarría y luego desviaba hacia el río Colorado, lo atravesaba, bordeaba el río Negro y siempre hacia la cordillera, llegaban a la actual provincia de Neuquén, atravesaban los pasos y entraban en Chile, donde los animales eran vendidos a los hacendados trasandinos. Naturalmente, éstos sabían que , estaban mercando con ganado robado, pero los pingües negocios que redondeaban no les permitían detenerse en escrúpulos. La organización se perfeccionó con los años y de ese modo la hacienda argentina, al llegar a los ricos pastos de los valles neuquinos, era sometida a un proceso de engorde, previo a la venta en Chile. Tan importante llegó a ser este tráfico ilegal, que según afirma Gregorio Álvarez, "su comercio alcanzaba tal volumen que regulaba el precio de la hacienda en todo el continente". ¡Nada menos!
Ante tamaña succión de la riqueza argentina, que incidía de manera letal sobre una economía sacudida ya por una severa crisis, siendo canciller Bernardo de Irigoyen solicitó a La Moneda que vigilara la salida de hacienda en su territorio. La respuesta que recibió fue altamente pintoresca, pues se rechazó el pedido alegando que la Constitución trasandina garantizaba la plena libertad de empresa…, con lo cual el robo y el contrabando aparecían inesperadamente bendecidos por el máximo instrumento legal chileno. Al responder negando validez a esa tesis, pareciera que por una vez don Bernardo perdió la calma, pues alegó con razón que los ladrones y sus cómplices no pueden estar protegidos por la legislación de un país civilizado, siendo absurdo que los propietarios argentinos damnificados tuvieran que trasladarse a Chile para tramitar caso por caso ante sus tribunales, con el improbable fin de recuperar sus bienes.
Pero a Chile le convenía que las cosas siguieran así indefinidamente, pues en tanto la penetración continuaba a paso firme. Los hacendados chilenos fueron obteniendo de las tribus indígenas el dominio en arriendo de una cantidad de valles y praderas neuquinas, y cuando pareció razonablemente ocupada la zona, el gobierno chileno nombró silenciosamente un subdelegado en la misma. Claro que sabían que la región quedaba dentro de los límites argentinos, pero era un hecho consumado, un ejercicio efectivo de soberanía, que el día de mañana pudiera permitirle ganar Neuquén entero, donde no aparecía ningún argentino a la vista. Además, el subdelegado tenía otras misiones: ganar a las tribus, influir sobre ellas, volcarlas hacia Chile y volverlas contra Argentina, y para ello presidía una permanente infiltración de indios chilenos hacia las pampas argentinas. Podían ser útiles de varias maneras: extender a Chile hasta el Atlántico, perturbar la ocupación argentina de la llanura central, mantener un régimen perenne de inseguridad en la frontera interna bonaerense.
Uno de los que señaló el peligro fue el joven general Julio Argentino Roca, interesado en recuperar esas extensiones para el patrimonio nacional, antes de que fueran pasto de la ambición extranjera. Así, escribió:
"Casi todos los caciques de esas tribus acuden al llamado de las autoridades chilenas y el principal de todos ellos, Feliciano Purrán, que tiene su residencia en Campanario, doce leguas al sur del Neuquén, que se titula gobernador y General..., recibe sueldos del gobierno chileno para hacer sus intereses y las vidas de sus ciudades... Hay otros caciques que se hacen capataces de hacendados chilenos y reciben en guarda miles de ganados..."
Tal era la situación al promediar la presidencia de Avellaneda, cuando Bernardo de Irigoyen exclamaba: "¿Cómo ha podido gobernarse tantos años así?".
El dilema era de hierro: o de una buena vez se hacía ocupación efectiva de las inmensas soledades que constituían la mitad olvidada de Argentina, o se aceptaba el riesgo de desintegración del territorio nacional. No en vano en 1876 —el mismo año en que Francisco P. Moreno llegó al lago Nahuel Huapí y desplegó ante sus aguas la bandera argentina—, fuentes oficiales chilenas aseguraban estar en "posesión tranquila" de la Patagonia ¡¡hasta el río Negro!!
Había que obrar y rápido, antes de que el tiempo útil se esfumara.
(Continúa en la próxima entrega)
Arturo Jauretche (1901-1974) fue quien sistematizó en su libro Ejército y política la tensión fundamental de la política argentina, partiendo de la oposición entre los términos Patria Grande y Patria Chica. “La política del espacio, es decir, la preocupación de las fronteras, es la condición primaria de una Política Nacional”, escribió.
Así, también, en perspectiva histórica señalaba: “Mientras Brasil puso su acento en la extensión, al igual que los hombres de nuestra Patria Grande, la Patria Chica se llamó progresista y puso su acento en la profundidad haciendo predominar la idea del progreso acelerado sobre la extensión”.
Un buen ejemplo es el de Faustino Sarmiento (1811-1888), paladín de la “corrección política” a pesar de su gestualidad inconforme, quien aportó su formidable pluma al progresismo de Patria Chica, en el momento en que Ejército Nacional, fundado por Julio Roca (1843-1914), se aprestaba a emprender la más importante política de fronteras de la historia argentina.
Hoy no estamos tan lejos. El actual afianzamiento de la discursividad indigenista —siempre funcional a las narrativas sociales disgregadoras— promueve la execración de aquella campaña que, en un momento estratégicamente fundamental, incorporó la Patagonia a la soberanía nacional.
Como un aporte a esta discusión, vamos a publicar una serie de escritos dedicados a los motivos, circunstancias y contextos de aquel período crucial.
Comenzaremos con el primero de tres fragmentos de una obra imprescindible de nuestra historiografía: Argentina — Chile: una frontera caliente de Miguel Angel Scenna (1924-1981), tratando de ubicar la interpretación de la campaña roquista en un marco más amplio del que ofrecen los viejos y nuevos “progresistas”.
Desde principios de la década, Chile se armaba aceleradamente, hasta llegar a contar con los más modernos equipos bélicos de Sudamérica. Súmese a ello un ejercito aguerrido, una situación económica mas brillante que las de sus vecinos y una conducción nacionalista e imperial de su política externa (...).
Chile estaba decidido a la expansión territorial, y ya conocemos los dos campos que tenía en vista: la zona boliviana de Atacama y la Patagonia argentina.
La guerra era inevitable con uno u otro, y en 1879 pesó más la región norteña, donde los acontecimientos se precipitaron. Hacía años que Chile preparaba pacientemente el golpe, favorecido por la desidia con que el gobierno boliviano mantenía en el abandono esa región desértica, pero de apreciable riqueza minera, al sur de la cual corría el difuso e impreciso límite internacional. El descubrimiento de guano, salitre y nitrato de soda, en la zona, atrajo de inmediato el interés chileno, iniciándose una doble vía de infiltración: por un lado una creciente emigración de obreros y braceros chilenos hacia el desierto de Atacama; por el otro, la inversión de cuantiosos capitales de la misma nacionalidad para la explotación de las riquezas.
Bolivia, hundida en el pantano de una interminable anarquía, protestó en varias oportunidades por los avances chilenos, pero la situación política interna le impidió encarar las cosas de manera eficiente, y la penetración continuó sin inconvenientes. Cuando se quisieron acordar, en Atacama había más chilenos que bolivianos.
A su vez, como las condiciones mineras favorables se extendían hasta territorio peruano, hacia allí comenzó a dirigirse la mirada chilena. Este enfoque invocó un acercamiento entre Lima y La Paz, y el gobierno boliviano sugirió al presidente (Faustino) Sarmiento la posibilidad de una alianza argentino-boliviana, verdadero huevo de Colón para neutralizar la amenaza chilena, y cuyo premio para Argentina, además de espantar los fantasmas del sur, sería la restitución de Tarija. Parece mentira, pero las negociaciones no prosperaron. Da la impresión de que en Buenos Aires no se había comprendido cabalmente que nuestros aliados naturales eran aquellas repúblicas norteñas.
En 1873 Bolivia y Perú firmaron un tratado que mantuvieron en secreto, con fines a la común defensa. La situación de Atacama, con una mayoría chilena no integrada, dueña del capital y del trabajo, debía desembocar en la guerra. Un impuesto decretado por el gobierno de La Paz y la posterior confiscación de una compañía chilena que se negó a pagarlo, conformaron el casus belli.
El 8 de febrero de 1879 Chile elevó un ultimátum a La Paz, y sin esperar la respuesta, sus fuerzas armadas invadieron Bolivia y tomaron el día 12 la ciudad de Antofagasta. Rápidamente completaron la ocupación de Atacama, sin previa declaración de guerra.
Téngase en cuenta que en aquellos tiempos se respetaba la formalidad de la previa declaración antes de iniciar operaciones. El hecho de empezar y terminar las guerras sin molestarse en declararlas es cosa de nuestros días. A principios de este siglo, Japón fue violentamente criticado por atacar a Rusia sin previo aviso (lo mismo haría en la década del treinta con China y en 1941 con Estados Unidos), pero ya Chile había empleado el procedimiento en 1879, logrando con ese golpe fulminante ganar la región en litigio y colocarse de entrada en situación ventajosa.
Alegando el tratado secreto entre Bolivia y Perú, también embistió a esta república. El 2 de abril el Congreso chileno autorizaba a declarar la guerra a ambos países. Las operaciones ya llevaban dos meses de desarrollo.
La oportunidad perdida
La iniciación de la Guerra del Pacífico aconsejó al gobierno del presidente (Aníbal) Pinto paliar el conflicto con Argentina, para ganar su neutralidad. La república trasandina se las podía ver victoriosamente con Perú y Bolivia juntas, ya que ninguna de ellas podía contender entonces con Chile, ni política, ni social, ni económica, ni militarmente. Pero si se sumaba Argentina las cosas podrían ser no tan seguras. Claro que apenas tenía flota, pero el ejército, numeroso y aguerrido, estaba recibiendo armas modernas. Además, la lógica enseña que no deben emprenderse guerras en dos frentes.
(…) Lo cierto es que la Casa Rosada ya había resuelto desentenderse del asunto, en medio de una situación política interna cada vez más grave, que amenazaba convertir en guerra civil la sucesión presidencial de (Nicolás) Avellaneda. Ello a pesar de la fuerte presión interna y externa que pesaba sobre la Casa Rosada. Bolivia y Perú descontaban la intervención argentina y nada olvidaron para producirla, desde la devolución de Tarija hasta la entrega de una buena parte del Chaco y una salida al Pacífico para nuestro país.
En lo interno, era abrumadora la simpatía popular hacia los países norteños y desde muchos núcleos influyentes se reclamaba la entrada en guerra para ayudarlos. El espíritu belicoso llegó a tal extremo que pudo haber arrastrado a otro gobierno, pero se estrelló contra la firme decisión de Avellaneda de mantener la neutralidad, si bien ésta jamás fue expresamente declarada.
No les faltaba razón a los críticos. La Argentina no podía desentenderse de los acontecimientos que ocurrían en el Pacífico, facilitando con su quietud la ruptura del equilibrio internacional en favor de Chile, nuestro eventual enemigo, y para quien éramos la siguiente víctima. La única explicación coherente de esta actitud es que la Casa Rosada pensaba aprovechar el conflicto para presionar sobre Chile y lograr una solución favorable en el sur. Veremos que tampoco había nada de eso. Los problemas internos, una vez más, habían obnubilado irremediablemente a nuestros dirigentes. (…)
El camino de los chilenos
Era inútil seguir manteniendo pujas diplomáticas si no se ocupaba real y efectivamente el inmenso territorio vacío del sur. Desde que, más de cuarenta años atrás, (Juan Manuel de) Rosas ocupara la línea del río Negro mandando una avanzada hasta Valcheta, la frontera interna con el indio había retrocedido de manera alarmante, hasta llegar al centro actual de la provincia de Buenos Aires. Teóricamente, aquel desierto estaba bajo jurisdicción argentina, pero en la realidad los únicos dueños eran las tribus indígenas que lo recorrían y que cada tanto se arrojaban en malones sobre las poblaciones. Algunos caciques —entre ellos Calfucurá, que había nacido del lado chileno de la cordillera— se decían argentinos, pero más valía no confiar demasiado en este tipo de soberanía por delegación, que podía cambiar de beneficiario en el momento menos pensado. Sobre todo cuando muchos chilenos —algunos muy influyentes— se dedicaban a mimar a los salvajes para atraerlos hacia su nacionalidad y ponerlos al servicio de ella.
Hubo una verdadera organización chilena que lucró largamente con la hacienda robada en campos bonaerenses. Los malones arrasaban las estancias pampeanas y se llevaban el ganado tierra adentro. La senda que seguían hacia el oeste era conocida de mucho tiempo atrás como Camino de los Chilenos. Pasaba cerca de Olavarría y luego desviaba hacia el río Colorado, lo atravesaba, bordeaba el río Negro y siempre hacia la cordillera, llegaban a la actual provincia de Neuquén, atravesaban los pasos y entraban en Chile, donde los animales eran vendidos a los hacendados trasandinos. Naturalmente, éstos sabían que , estaban mercando con ganado robado, pero los pingües negocios que redondeaban no les permitían detenerse en escrúpulos. La organización se perfeccionó con los años y de ese modo la hacienda argentina, al llegar a los ricos pastos de los valles neuquinos, era sometida a un proceso de engorde, previo a la venta en Chile. Tan importante llegó a ser este tráfico ilegal, que según afirma Gregorio Álvarez, "su comercio alcanzaba tal volumen que regulaba el precio de la hacienda en todo el continente". ¡Nada menos!
Ante tamaña succión de la riqueza argentina, que incidía de manera letal sobre una economía sacudida ya por una severa crisis, siendo canciller Bernardo de Irigoyen solicitó a La Moneda que vigilara la salida de hacienda en su territorio. La respuesta que recibió fue altamente pintoresca, pues se rechazó el pedido alegando que la Constitución trasandina garantizaba la plena libertad de empresa…, con lo cual el robo y el contrabando aparecían inesperadamente bendecidos por el máximo instrumento legal chileno. Al responder negando validez a esa tesis, pareciera que por una vez don Bernardo perdió la calma, pues alegó con razón que los ladrones y sus cómplices no pueden estar protegidos por la legislación de un país civilizado, siendo absurdo que los propietarios argentinos damnificados tuvieran que trasladarse a Chile para tramitar caso por caso ante sus tribunales, con el improbable fin de recuperar sus bienes.
Pero a Chile le convenía que las cosas siguieran así indefinidamente, pues en tanto la penetración continuaba a paso firme. Los hacendados chilenos fueron obteniendo de las tribus indígenas el dominio en arriendo de una cantidad de valles y praderas neuquinas, y cuando pareció razonablemente ocupada la zona, el gobierno chileno nombró silenciosamente un subdelegado en la misma. Claro que sabían que la región quedaba dentro de los límites argentinos, pero era un hecho consumado, un ejercicio efectivo de soberanía, que el día de mañana pudiera permitirle ganar Neuquén entero, donde no aparecía ningún argentino a la vista. Además, el subdelegado tenía otras misiones: ganar a las tribus, influir sobre ellas, volcarlas hacia Chile y volverlas contra Argentina, y para ello presidía una permanente infiltración de indios chilenos hacia las pampas argentinas. Podían ser útiles de varias maneras: extender a Chile hasta el Atlántico, perturbar la ocupación argentina de la llanura central, mantener un régimen perenne de inseguridad en la frontera interna bonaerense.
Uno de los que señaló el peligro fue el joven general Julio Argentino Roca, interesado en recuperar esas extensiones para el patrimonio nacional, antes de que fueran pasto de la ambición extranjera. Así, escribió:
"Casi todos los caciques de esas tribus acuden al llamado de las autoridades chilenas y el principal de todos ellos, Feliciano Purrán, que tiene su residencia en Campanario, doce leguas al sur del Neuquén, que se titula gobernador y General..., recibe sueldos del gobierno chileno para hacer sus intereses y las vidas de sus ciudades... Hay otros caciques que se hacen capataces de hacendados chilenos y reciben en guarda miles de ganados..."
Tal era la situación al promediar la presidencia de Avellaneda, cuando Bernardo de Irigoyen exclamaba: "¿Cómo ha podido gobernarse tantos años así?".
El dilema era de hierro: o de una buena vez se hacía ocupación efectiva de las inmensas soledades que constituían la mitad olvidada de Argentina, o se aceptaba el riesgo de desintegración del territorio nacional. No en vano en 1876 —el mismo año en que Francisco P. Moreno llegó al lago Nahuel Huapí y desplegó ante sus aguas la bandera argentina—, fuentes oficiales chilenas aseguraban estar en "posesión tranquila" de la Patagonia ¡¡hasta el río Negro!!
Había que obrar y rápido, antes de que el tiempo útil se esfumara.
(Continúa en la próxima entrega)
domingo, 15 de agosto de 2010
ALMORZANDO CON VIDELA
Reportaje a Leonardo Castellani
El 19 de mayo de 1976, el entonces presidente Jorge R. Videla almorzó, en la Casa de Gobierno, con los escritores Ernesto Sábato, Jorge Luís Borges, Leonardo Castellani y el presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, Horacio E. Ratti.
A su término, los invitados atendieron a la prensa en la misma explanada de la Rosada. Sábato señaló que "hubo un altísimo grado de comprensión y respeto mutuos. En ningún momento la conversación descendió a la polémica literaria o ideológica” (La Opinión, 20/5/76). También expresó su inquietud por “la prisión del escritor Antonio di Benedetto” (La Razón, 19/5/76).
Castellani, por su parte, habló de su preocupación —también lo relata en el reportaje— por Haroldo Conti, “un cristiano que fue secuestrado hace dos semanas y del que no sabemos nada" (La Opinión, 20/V/76). Ratti comentó haber dejado una lista de reivindicaciones e inquietudes y Borges hizo mutis por el foro.
Un mes más tarde, la revista Crisis —aún bajo la dirección de Eduardo Galeano y Federico Vogelius—procuró conversar con los protagonistas.
“Requerido por teléfono para una entrevista, Ernesto Sábato afirmó: ‘yo no hago declaraciones para la revista Crisis’, Borges, a su vez, dijo no tener tiempo y. lamentablemente, su disponibilidad de horarios excedía los límites del cierre editorial de esta publicación. Si, en cambio, pudieron ser entrevistados los escritores Leonardo Castellani y Horacio Esteban Ratti”. (Crisis, julio de 1976)
Este fue el último número que la revista pudo publicar. De allí extraemos este reportaje al cura Castellani, quien puntualiza detalles de lo conversado —son notorias las diferencias con la versión de Sábato— en aquel significativo encuentro.
—Padre Castellani, durante varios días un amplio sector de la opinión pública no hizo más que comentar el almuerzo entre les escritores y el presidente Videla...
—Bueno, es cierto, pero la gente se olvida de que fue nada más que un almuerzo y en los almuerzos se come más que se habla ...
—Pero usted y los demás escritores fueron invitados para conversar sobre ciertos temas...
—Sí. En realidad, el más callado fui yo. Dije algunas cosas pero quienes más hablaron fueron los demás, sobre todo Sábato y Ratti que llevaban varios proyectos.
—¿Y el presidente?
—Él y yo fuimos los más silenciosos. Videla se limitó a escuchar. Creo que lo que sucedió es que quienes más hablaron, en vez de preguntar, hicieron demasiadas propuestas. En mi criterio, ninguna de ellas fue importante, porque estaban centradas exclusivamente en lo cultural y soslayaban lo político. Sábato y Ratti hablaron mucho sobre la ley del libro, sobre el problema de la SADE, sobre los derechos de autor, etc.
—Bueno, padre, al fin y al cabo, en una reunión de escritores...
—Sí, pero la preocupación central de un escritor nunca pueden ser los libros, ¿no es cierto? Yo traté de aprovechar la situación por lo menos con una inquietud que llevaba en mi corazón de cristiano. Días atrás me había visitado una persona que, con lágrimas en los ojos, sumida en la desesperación, me había suplicado que intercediera por la vida del escritor Haroldo Conti.
Yo no sabía de él más que era un escritor prestigioso y que había sido seminarista en su juventud. Pero, de cualquier manera, no me importaba eso, pues, así se hubiera tratado de cualquier persona, mi obligación moral era hacerme eco de quien pedía por alguien cuyo destino es incierto en estos momentos. Anoté su nombre en un papel y se lo entregué a Videla, quien lo recogió respetuosamente y aseguró que la paz iba a volver muy pronto al país.
—¿Qué afirmaron los demás asistentes?
—Fíjese que curioso: Borges y Sábato, en un momento de la reunión, dijeron que el país nunca había sido purificado por ninguna guerra internacional. Ellos, más tarde lo negaron, así como aseguraron decir cosas que, en realidad, no dijeron. Pero hablaron de la purificación por la guerra.
Lo interesante es que el presidente Videla, que es un general, un profesional de la guerra, los interrumpió para manifestar su desacuerdo. Creo que eso le desagradó mucho, pues motivó una de sus pocas intervenciones. A mí también eso me cayó como un balde de agua fría, por lo tremendo que eso significa.
Además, por lo incorrecto: se olvidan que la Argentina atravesó varias guerras internacionales, como la de la independencia, la del bloqueo anglo-francés, la del Paraguay, y más bien que de esas contiendas no salió purificada.
—Quizás ellos quisieron decir que la situación difícil de la Argentina no se justificaba, pues, a diferencia de Europa, no había sufrido ninguna guerra...
—Vea, en lo que va de este siglo Europa sufrió ya dos guerras mundiales, pero no por eso es más pura que la Argentina. Al contrario... Por eso le digo que de ese almuerzo, si es por lo que se habló, no puede haber salido algo muy positivo o trascendente. A lo mejor, el presidente se llevó una impresión favorable y pudo rescatar algunas ideas que allí se lanzaron, pero nada más.
—Su balance, entonces, no parece muy optimista...
—No, ni puede serlo. Sábato habló mucho o peroró, mejor dicho, sobre el nombramiento de un consejo de notables que supervisara los programas de televisión. En Inglaterra funciona una instancia similar, presidido por la familia real e integrado por hombres notorios de todas las tendencias.
Cuando estuve hace mucho en Inglaterra, Chesterton me habló de ese consejo del cual él formaba parte y que, por aquel entonces, supervisaba sólo la radie, ya que la televisión todavía no existía. Eso quería Sábato que se hiciese en la Argentina. Borges dijo que él no integraría jamás ese consejo de prohombres. Sábato, entonces, agregó que él tampoco.
Yo pensé en ese momento para qué lo proponían entonces. O sea que ellos embarcaban a la gente pero se quedaban en tierra. Personalmente, no creo que ese consejo sea una decisión muy importante ...
—Dentro de su larga experiencia, ¿qué significa este almuerzo?
—Para mí fue un hecho agradable, pero no muy trascendente. Al menos, que los hechos posteriores demuestren lo contrario, como por ejemplo, que aparezca el escritor Haroldo Conti. Algunos me habían pedido que intercediera también por varios ex funcionarios cesanteados aparentemente en forma injusta. Pero no quise hacerlo, pues me pareció que esos casos desdibujarían la dramaticidad de la situación de Conti, por cuya vida se teme...
—¿No se plantearon los cuatro asistentes hacer un balance juntos de esa experiencia que los involucraba?
—Al salir, había una nube de periodistas y los fotógrafos eran interminables, parecían formar de seis en fondo. Borges aprovechó algún vericueto para retirarse rápidamente. Antes de hacerlo nos invitó para que fuéramos a su casa a tomar un café. Cuando Sábato, Ratti y yo logramos zafarnos del asedio periodístico, nos fuimos hasta la casa de Borges, pero ahí nos llevamos una sorpresa. Una persona que nos abrió la puerta dijo que Borges no nos podía atender porque estaba en cama con fuertes dolores de estómago. En fin, son cosas que pasan...
martes, 3 de agosto de 2010
¿QUE ES FORJA?

Por Homero Manzi
En la entrada anterior (“Manzi en el sótano de Forja”) Aníbal Ford ofrece una semblanza de este invalorable cultor de las ideas nacionales, como introducción a los fragmentos de los discursos pronunciados por Manzi, entre 1935 y 1936, en el ámbito de FORJA y publicados por la revista Crisis en 1973.
Uno de ellos, el que reproducimos a continuación, permite valorar la gran originalidad interpretativa, así como el desapego a lugares comunes y etiquetamientos ideológicos en el tratamiento de las cuestiones nacionales, que caracterizó a los militantes de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina.
La revolución de Mayo trató de romper el sistema español de que sólo podíamos comprar y vender en el puerto de Cádiz. Y con el correr de los años, los argentinos parece que quisiéramos imponernos la obligación de comprar y vender tan sólo en el puerto de Liverpool.
Y a ello hemos llegado porque ahora no somos dueños más que de nuestro esfuerzo. Después, todo está en manos de ellos. El gran cerealista que compra la cosecha. El frigorífico que manufactura y exporta nuestra carne. El vagón que traslada nuestros productos a través de la pampa. El barco que lleva en su bodega nuestra producción a través de los mares. El capital que la asegura contra riesgos. Y después, la mano que la vende en el exterior.
Y así se han monopolizado la industria y la comercialización de los cereales, de la carne, de las frutas, de los vinos, del algodón, de la madera, de todo lo que tenemos y de lo que habremos de tener algún día.
Y a este monopolio en la producción y la comercialización de la producción argentina, debemos agregar la paulatina monopolización de todo lo que puede rendir un interés. Ya sean servicios públicos o distribución de los mismos artículos de primera necesidad.
Si esta colonización significara una forma de acercamiento de los pueblos en compensación de necesidades económicas, estaríamos en contra de ella por un principio de libertad, pero nos veríamos en la necesidad de ser tolerantes en la lucha. Pero como ella trae aparejada, para las masas, el hambre, la decadencia y la explotación, sentimos que debemos ser inexorables en el planteo de la lucha.
El régimen tuvo en sus manos la formación económica del país. Pudo llevar a la producción argentina hacia una trustificación manejada directamente por el régimen. Por lo menos así ya el pueblo argentino, dentro de sí mismo, se habría levantado destruyendo el sistema de injusticia dentro de sus fronteras.
Pero el régimen que traicionó a las masas en ese sentido fue doblemente culpable, porque las traicionó para entregar sus esfuerzos en manos extrañas, de tal manera que no será difícil que la última etapa de nuestra liberación debamos cumplirla baleando aeroplanos o jugándonos nuestra vida en medio del mar.
Y para consumar esta obra de entrega de nuestros resortes económicos al interés extranjero colonizador, el estado conservador y antiargentino no tuvo más que cruzarse de brazos. Dejar que se librara la lucha entre la iniciativa privada y los capitales extranjeros.
Cuando triunfaban los capitales extranjeros, como en materia de ferrocarril, seguros, frigoríficos, tranvías, teléfonos, etc., el Estado recién aparecía para rubricar con su anuencia la realidad de la conquista. Pero cuando la iniciativa privada ponía en peligro la conquista inglesa, como en el asunto de los transportes automotores, como en la huelga reciente de los algodoneros, como en el caso actual de la invasión norteamericana en materia de petróleo, entonces aparece la fuerza del gobierno para nivelar las cosas en favor de los intereses ingleses.
Este es el drama de los colectiveros. Este es el drama de los dueños de camiones de transporte rural. En el momento en que con la complicidad de la suerte estaban por liquidar al ferrocarril y al tranvía, aparece el gobierno tratando de defraudar lo que ése triunfo pudo significar para el país.
Y mientras tanto, desde lejos, el formidable tejedor, Inglaterra, amenaza con no comprar carnes si no se le entrega el monopolio absoluto de todo el transporte. Y por desgracia no encuentra al gobierno argentino, argentino en toda la extensión de la palabra, que le diga desde lejos, con un corte de manga: los transportes serán nuestros y en cuanto a nuestra carne, se la daremos a los millones de argentinos que hace tiempo que no saben qué es comerla. Y probablemente seríamos dueños de nuestros transportes y los ingleses se verían en la necesidad de seguir comiendo nuestra carne.
Pero este es el trabajo de las derechas de hoy, apoderadas del gobierno. Y fieles herederas del régimen. El régimen consolidó la colonización del país. Nuestros conservadores de hoy la aprovechan y la intensifican. Para ello tienen una táctica. Alejar al pueblo de la cosa social. Alejarlo en lo político con sistemas antidemocráticos. En lo cultural con sistemas excluyentes. En lo social con prácticas abusivas y en lo económico con las fuerzas del estado (...)
Y la misma rebeldía argentina se presenta favorable a los planes de las derechas. Porque hasta ahora no ha comprendido que la forma de curar el mal es tomando el problema en forma integralmente intransigente y sin ceder a la instigación de los que pretenden parcializar la lucha o encontrar puntos de contacto entre la traición y la justicia argentina.
Tenemos, frente a las derechas, fuerzas políticas que buscan una restauración de la verdad democrática, pero que en los temas palpitantes de la economía argentina no han dicho su pensamiento y a veces lo han dicho en contra de los intereses del pueblo.
Tenemos fuerzas gremiales que luchan en su terreno buscando reivindicaciones aún con la complacencia de los que traicionan al país. Y tenemos sectores económicos populares que buscan la solución de sus temas desinteresándose del drama que aflige a sus hermanos en otros terrenos.
El colectivero que lucha por salvar su colectivo de la vorágine entreguista, pero que no siente dolor ante la rapiña que le hacen al hermano del campo en su labor, no está en la lucha argentina y revolucionaria. El algodonero que lucha en contra del pulpo acaparador y no está solidarizado con el colectivero, no está en la lucha argentina. El aguirrezabala (*) que pugna en el Congreso por una libertad política y vota luego en favor de la coordinación del transporte, no está en la lucha argentina. El estudiante que pelea en contra de los profesores reaccionarios y no comprende ni siente la angustia de las masas argentinas, no está en la lucha argentina. El partido que pide el gobierno para mañana y no se define en contra de los capitales que colonizan al país, no está en la lucha argentina.
Están simplemente, todos, desviando el sentido revolucionario de las masas argentinas. El pájaro de la libertad económica del país es muy grande. Para que pueda escapar de la jaula en que lo han encerrado, necesita que se rompan todos los barrotes de un golpe. Mientras se sigan destruyendo los barrotes uno a uno, el tejedor, como Penélope, reconstruirá en la noche lo que le hayamos roto en el día.
Por eso Forja no quiere ser más que un planteo total frente al drama de la entrega argentina...
(*) Nota del blog: Posiblemente en referencia a Miguel Angel Aguirrezabala, diputado nacional por el radicalismo antipersonalista de Entre Ríos. Evidentemente, como dice Manzi, "no estaba en la lucha argentina": el 16 de mayo de 1940 se vió implicado en el célebre negociado de “las tierras de El Palomar”. Fue amnistiado en el primer gobierno de Juan Domingo Perón.
domingo, 25 de julio de 2010
MANZI EN EL SOTANO DE FORJA
Por Aníbal Ford
En noviembre de 1973, la revista Crisis, dirigida por Federico Vogelius y Eduardo Galeano, publicó una serie de artículos y materiales de archivo sobre el tango, coordinados por Noemí Ulla. Entre ellos, figura esta semblanza de Aníbal Ford, que precede a tres discursos del propio Manzi publicados como parte de ese mismo expediente periodístico.
En junio de 1935 nace Forja, grupo radical yrigoyenista que llevará adelante una seria tarea de denuncias de los mecanismos de la dependencia en la Argentina. Entre sus cinco fundadores está Homero Manzi (Manzione). Tiene 28 años y ya hace diez que milita en las líneas más avanzadas del yrigoyenismo.
Un lustro antes, la revolución de 1930, la restauración oligárquica, le había cambiado la vida. Abandona entonces el "sueño de doctor", deja la poesía "culta", se asume como "letrista" popular, comienza a trabajar en la industria cultural nacional, la cual, después de una aguda crisis en que quiebran tango y sainete, comienza a recuperar terreno lentamente.
También, y esto es lo más importante, se sumerge con todo en las luchas del abstencionismo activo, en ese resurgir del viejo insurreccionalismo radical que se expresara en los levantamientos militares y en los diversos grupos que, enfrentados con el régimen y el alvearismo, prefiguran Forja.
En éstos, poco a poco, la esperanza de la vuelta, la nostalgia de los años del radicalismo en el poder, van dando paso a la revisión y a la construcción de un nuevo nacionalismo que se plasma en las denuncias y los análisis del proceso de entrega del país determinado por el Pacto Roca-Runciman.
Al mismo tiempo que combate al régimen, Manzi comienza a clavar en el cancionero de Buenos Aires acompañado por un gran músico, Sebastián Piana, sus primeros éxitos. En medio de la mishiadura que retratara el desencantado Discépolo, Manzi lanza, en medio de la lucha, sus letras jactanciosas, nostálgicas, en última instancia afirmadoras.
Resucita entonces un viejo género bonaerense en Milonga del 900, "autobiografía" de un hombre de Leandro Alem, y en Milonga sentimental. Ambas serán pronto grabadas por Gardel y se transforman en las voces de Azucena Maizani y Mercedes Simone en parte central de Tango, séptimo intento nacional de cine sonoro. A ellos se suman, en estos años, el vals Esquinas porteñas y El pescante, regresión al pasado, recuperación de la figura del viejo cochero que Manzi traza mientras afuera denuncia la Coordinación de Transportes y el drama de los colectiveros.
Así llegamos a 1935. Los radicales levantan la abstención. La reacción contra esta medida se expresa en el "Manifiesto de los Radicales Fuertes" y, poco después, en la creación de Forja. Sus integrantes se lanzan contra el imperialismo, contra las oligarquías, contra las direcciones del partido, cuyas concesiones al régimen critican duramente.
Desconectados de las masas, las campañas que emprenden, muchas veces, no van a ir más allá del sótano de la calle Corrientes donde se reúnen. Sin embargo, con el tiempo, los hombres de Forja se transformarían en uno de los nexos más importantes entre los dos grandes movimientos de masas de la Argentina del siglo XX: el yrigoyenismo y el peronismo.
(Manzi, que moriría en 1951, dejando inconcluso un guión cinematográfico sobre la vida de Yrigoyen titulado El hombre, sería uno de los contactos entre Forja y Perón y terminaría —cabal entendedor de la línea histórica nacional— apoyando al peronismo. “El destino de los jóvenes radicales de filiación revolucionaria e yrigoyenista —declaraba en 1948— no es otro que el compartir con el actual jefe de gobierno los sabores y sinsabores de sus luchas nacionales e internacionales”).
Mientras participa en las luchas de Forja, Manzi intensifica su labor cultural: cine, radio, revistas, periodismo, letras del más diverso tipo. Son los años que van de la milonga al tango, de Betinotti a Mano blanca, años de transición en que, entre encargo y encargo, se prefigura el poeta del 40. (Aquel que más tarde dejara Barrio de tango, Fueye, Ninguna, Malena, Tal vez será tu voz, Fuimos, Después, De barro, ...hasta llegar a la obra final: Sur, Che bandoneón, Discepolín.)
Pero son también los años en que a la sombra del trabajo en los diversos medios se articula el crítico, el defensor de una cultura nacional y popular, el impulsor del proteccionismo y de una política cultural estatal, el elaborador constante de proyectos nacionales que intentan enfrentar a la industria cultural norteamericana. En una palabra: el gestor, con otras figuras, de la cultura que, en gran medida, haría suya el proletariado del 45.
(...) La cultura dominante parcela, limita, mitifica a aquellos escritores nacionales que le es imposible marginar. Así, rescató en Manzi al poeta de los barrios perdidos, del "alma en orsái", pero escamoteó al impugnador de la década infame, al defensor del interior olvidado, al denunciador de la explotación, al impugnador de la cultura dependiente.
(...) En un momento de reestructuración de las clases populares, y en especial de la clase obrera —fin de la inmigración europea, comienzo de la migración interna a raíz del deterioro del agro que justamente Manzi denuncia en sus discursos, intensificación del proceso de industrialización, crisis en las direcciones sindicales, etc.—, Manzi no se aparta en su producción cultural de ese proceso, tal como lo señala cierta crítica. Converge directamente con ese nuevo proletariado que al mismo tiempo que sintetiza corrientes gringas y criollas, levanta banderas nacionales —su consigna central: Braden o Perón— junto a las otras reivindicaciones económicas y políticas. Es decir: la afirmación de una línea histórica nacional, y de sus concomitancias cotidianas, es centro no sólo de la política sino también de la obra cultural de Manzi.
Todo su quehacer marcado por lo histórico o por la exploración de la cultura popular; todo aquello que explora en La Guerra Gaucha o en El último payador, en sus tangos y milongas, en sus artículos sobre los ídolos populares (su análisis de la figura de Yrigoyen o su refutación a los críticos de la manifestación multitudinaria provocada por la muerte de Gardel); o sobre la cultura nacional. (Lo popular, sus interpretaciones de Martín Fierro, del Juan Moreira, de los Podestá, de Carriego, de Betinotti, sus aportes a la historia de la vida cotidiana de Buenos Aires, etc.), toda esa búsqueda donde van surgiendo, en la cultura o en la historia, las montoneras, los gringos proletarios, las masas yrigoyenistas, los peones de los obrajes, los oprimidos de la década infame, forman también parte, junto a la labor política, de un proceso en que se plasma un nuevo nacionalismo, indisolublemente unido a las luchas populares, y al cual Manzi, a pesar de sus concesiones o equivocaciones, brindó un aporte decisivo.
domingo, 18 de julio de 2010
EL OTRO 25 DE MAYO
Por Daniel CicheroEn nuestros manuales, las Jornadas de Mayo consuman “el” momento fundacional de la Patria. ¿Pero fue tan así? ¿Acaso no existe un relato a medias cuando se omiten los detalles de los levantamientos libertarios de Chuquisaca y La Paz de 1809? Quizás sea oportuno entender que buena parte de la matriz de la Revolución no es bonaerense, sino altoperuana. Y que no es sólo criolla, sino criolla e india. Festejemos entonces con alegría, nuestro Bicentenario… + uno.
Siempre se nos inculcó que la Libertad —así, con mayúscula— comenzó a gestarse en Mayo de 1810. Los hechos y sus protagonistas quedaron estereotipados, casi en forma escolar, en los debates del Cabildo Abierto; en la resolución y gallardía de los soldados Patricios; en los pintorescos French y Beruti y en los bronces victoriosos de aquella Primera Junta que fingía defender los derechos del rey Fernando. Pero el 25 de Mayo porteño es, en realidad, heredero de otro 25 de Mayo que estalló en las provincias “arribeñas” del Virreinato. En lo que hoy es Bolivia.
Nombres conocidos y olvidados
Chuquisaca (hoy Sucre) era a principios del siglo 19 una ciudad universitaria, repleta de jóvenes inflamados con las nuevas ideas liberales en boga. Un caldo de cultivo ideal que fermentaba despacio a la espera de cambiar la historia.
¿Pero qué pudo ocurrir para que una ciudad de doctores mutara de una vida dominada por los expedientes de la Audiencia y los claustros de la Universidad San Francisco Xavier? ¿Qué intrigas se destejieron para que, de un día para el otro, la ciudad se encaminara hacia la organización de milicias criollas?
Si en la Buenos Aires de 1810, todo comenzó a desencadenarse con la llegada de la noticia de la caída de la Junta de Sevilla, un año antes en Chuquisaca, el nudo se desató por otro aspecto —menos conocido— de la lucha por la sucesión española. Entonces, el hombre clave fue el brigadier José Manuel de Goyeneche, un militar español que fuera enviado por la Junta de Sevilla para sostener la posición del Rey.
El hombre era —digamos— “flexible” en sus leatades políticas, por lo que a su paso por Río de Janeiro, aprovechó la volteada para sondear la posibilidad de que la corona portuguesa (ya residente en Brasil) se hiciera cargo de los dominios españoles. La idea era meter por la ventana a la princesa Carlota, una hermana de Fernando VII con quien los portugueses especulaban como carta ganadora, para el caso en que Napoleón se quedara para siempre con España. Eran tiempos de río revuelto y Goyeneche jugaba con naipes españoles por arriba de la mesa y portugueses por debajo.
La cuestión es que Goyeneche llegó al Virreinato y —camino a Perú— presentó los títulos lusitanos ante la Audiencia de Charcas. Los juristas produjeron un informe escrito en el que sostuvieron que las ambiciones de la princesa portuguesa eran literalmente “subversivas”. Y meses más tarde, el informe llegó a manos del virrey Cisneros, en la lejanísima Buenos Aires.
Cisneros, que era virrey de una monarquía extinguida, ordenó que la Audiencia destruyera todos los documentos relacionados con esa consulta. Y el Gobernador Intendente de Charcas, Ramón de León y Pizarro, obedeció y quemó todo. Sin embargo, fue suficiente para que se alborotaran los claustros universitarios y que el tumulto después se extendiera a toda la ciudad.
En el disparador del movimiento obraron, sin dudas, un sentimiento antiportugués, mezclado con un celo marcadamente antimonárquico y de repulsa a la figura de Goyeneche. De hecho, la consulta a la Audiencia era en sí mismo una prueba de deslealtad y la orden de destruirla movilizó a todos los claustros. Hasta allí, la cosa era una protesta, pero cuando el amigo Pizarro ordenó el arresto de todos los miembros de la Audiencia, entonces la cosa ya no tuvo retorno. Una “interna” española se había transfigurado en una insurrección libertaria, ahora alentada por intelectuales y militares americanos.
Uno de quienes entendió el valor del momento que se abría fue el joven estudiante tucumano, Bernardo de Monteagudo. Tenía 19 años y se dispuso a calentar los ánimos con una proclama que pasaría a la historia. “Desaparezca la penosa y funesta noche de la usurpación y amanezca luminoso y claro el día de la libertad. Quebrantad las terribles cadenas de la esclavitud y empezad a disfrutar de los deliciosos encantos de la independencia".
Pura casualidad, ese día era también un 25 de Mayo, pero de 1809.
Profesores y alumnos en armas
Si Pizarro pensó que con librar órdenes de arresto todo iba a volver a su lugar, se equivocó de cabo a rabo. Salvo el doctor Jaime Zudáñez, todos los demás cabecillas lograron ocultarse aquel “otro” 25 de Mayo, y en los alrededores de la ciudad logaron reunir una apreciable cantidad de pobladores criollos e indios para definir la situación.
Hubo negociaciones entre Pizarro y los sublevados para que se liberara a Zudáñez, pero como la solución se demoraba, un teniente coronel salteño, Juan Álvarez de Arenales (1), se apersonó con una comisión para exigir que el gobierno replegara la artillería y la pusiera a recaudo en el edificio del Ayuntamiento. Pizarro dudó, pero sin recibir ayuda de Potosí, consideró que su suerte estaba echada y terminó cediendo a las exigencias de los patriotas. Sin embargo, un hecho inesperado ocurrió mientras se ponía en práctica el acuerdo de desarme —mejor sería decir el “derrocamiento”— del gobierno local. Al tiempo que se retiraban los cañones, algunos oficiales españoles se negaron a entregar las armas y los soldados de Pizarro abrieron fuego sobre la multitud.
El hecho produjo varios muertos y entonces el furor popular se hizo inmanejable. En cuestión de minutos los insurrectos se apoderaron de algunas piezas de artillería y las emplazaron en las esquinas aledañas al palacio presidencial, en tanto que otros se hicieron con la pólvora y munición guardada por las autoridades. El fuego entablado entre ambas partes sólo cesó cuando Pizarro dimitió, presionado por los cañonazos y los ruegos de la Audiencia y el Cabildo. Como se ve, nada parecido a la “prolija” revolución del 25 de Mayo de 1810 porteño.
La renuncia se hizo efectiva ya entrada la noche y la Audiencia asumió el mando político y militar. He aquí al primer gobierno patrio, que fuera encabezado por Antonio Álvarez de Arenales. Por supuesto, lo primero que hizo el hombre fue organizar un ejército de milicianos (2) con sus respectivos cuerpos de infantería, caballería y artillería. Es que la cosa iba en serio y se esperaba —como finalmente ocurrió— que llegaran tropas reales provenientes tanto de Perú como de Buenos Aires.
Entre los líderes de la asonada figuraban nombres como Paredes, Lemoine, Fernández, Mercado Alzérraca, Pulido, los hermanos Zudáñez, entre otros togados y estudiantes. Son todos apellidos prolijamente olvidados por nuestra historia, aún cuando un puñado de ellos, como Monteagudo y Mariano Moreno tuviera luego relevancia en la consolidación de la Revolución bonaerense del año siguiente. O como Arenales, quien luego de fugarse de su presidio en el Perú, regresaría a Buenos Aires para convirtirse en mano derecha de San Martín.
También los indios
Es cierto, como ocurriría en Buenos Aires al año siguiente, todo se inició con una rebelión de “notables” que supieron aprovechar una oportunidad. Pero la revuelta iniciada por profesores y alumnos comenzaba a tener la estatura de una revolución. Portadores del mensaje político de Chuquisaca fueron enviados hacia los cuatros rumbos del Virreinato. Monteagudo se fue a calentar los ánimos a Potosí; Mariano Michel fue a sembrar en La Paz; Alzérraca y Pulido fueron enviados a Cochabamba. ¿Y a quién mandaron a Buenos Aires? Hasta allí llegó Mariano Moreno, quien se convertiría al año siguiente en uno de los jefes políticos de la Primera Junta, aunque quizás fuera más apropiado llamarla “Segunda” Junta, o “Tercera”, según veremos.
En 40 días más, la Revolución se extendió a La Paz. Allí, los principales conjurados fueron Pedro Murillo, Melchor Giménez, Mariano Graneros y Juan Pedro de Indaburu. Más olvidados de la Libertad argentina.
El 16 de julio, un batallón de milicias al mando de Indaburu —era su segundo jefe— copó el cuartel de veteranos mientras la población se volcaba a una procesión. El gobernador español Dávila fue arrestado por los revolucionarios y un Cabildo abierto reunido esa misma noche depuso al gobernador, al obispo, a los alcaldes ordinarios, a los subdelegados y a todos los empleados públicos nombrados por el rey español. ¡¿Qué tul?!
La Proclama de La Paz fue la primera proclama decididamente independentista en la América española (3) y Murillo asumió como Presidente de una Junta Tuitiva, nombrada por el propio Cabildo.
Los alzamientos de Chuquisaca y La Paz prosiguieron sin encontrar oposición, hasta que el Virrey Cisneros designó al gobernador de Potosí, Francisco de Paula Sanz, para reponer en Charcas al depuesto presidente Pizarro.
El hombre no dudó. Desconoció a la Audiencia y a la Junta Tuitiva y además se sacó de encima a todos los oficiales americanos para reemplazarlos por peninsulares. También pidió auxilios al Virrey del Perú, quien accedió aún antes que lo autorizara Buenos Aires. ¿Quién encabezaría la represión desde el Perú? El hombre que siempre había tenido varios naipes bajo la mesa. Sí, el brigadier Goyeneche, que ya no jugaba con cartas portuguesas, sino con españolas.
La Paz en guerra
Arenales, en tanto, continuó en Chuquisaca con su preparativos de defensa y logró atraer a uno de los más destacados caudillos altoperuanos, Manuel Asencio Padilla (el esposo de Juana Azurduy), con los indios que pudo reunir en las regiones de Tomina y Chayanta. Los indios partidarios de la revolución tuvieron un éxito inicial al capturar y degollar al cacique Chairiri, sostén de la causa española. Sin embargo, desde la Buenos Aires realista, también se enviaron refuerzos y tras siete meses de gobierno autónomo, la rebelión universitaria fue vencida.
En la Nochebuena de 1809, todas las milicias criollas e indias fueron disueltas y Arenales fue confinado a los calabozos del Callao. Sin saberlo, se convirtió en el primer prisionero de la Guerra de la Independencia.
Si la represión de Chuquisaca fue relativamente poco cruenta, de seguro fue a causa de que sus dirigentes habían sido distinguidos doctores de la elite criolla. Pero en la Ciudad de La Paz la historia fue otra. Allá la revolución fue esencialmente india y los españoles tenían por norma ajusticiar a los naturales que se alzaban en contra de sus autoridades en América.
Mal armados y con diferencias políticas intestinas, los americanos se enfrentaron a Goyeneche en las batallas de Irupana y Chicaloma. Y todo resultó en un desastre. El 29 de enero de 1810, Goyeneche colgó en la plaza pública a Pedro Murillo, Juan Figueroa, Basilio Catacora, Apolinar Jaén, Buenaventura Bueno, Juán Bautista Sagarnaga, Melchor Jiménez, Mariano Graneros y Gregorio Garcia Lanza; este último hermano de Victorio García Lanza que fuera ajusticiado junto a Castro luego del combate de Chicaloma. Otros jefes indios fueron degollados y sus cabezas quedaron clavadas en picas. Un verdadero escarmiento para quienes osaron reiterar el desafío de Tupac Amaru.
Los ejemplos de Chuquisaca y La Paz son prolijamente evitados por la Historia Argentina. ¿Acaso será porque Buenos Aires necesitó crear un relato propio para erigirse en ciudad fundacional de nuestra nacionalidad? ¿Acaso será que molestó el protagonismo indio en la Revolución independentista?
Quien sabe. Pero una cosa es segura, la escena de los paraguas en la Plaza Mayor de Buenos Aires no tiene sentido sin el precio que debieron pagar aquellos hombres del Alto Perú. Fueron ellos quienes encendieron la llama.
Antes de morir, Murillo pronunció la que habría de convertirse en una verdadera profecía: 'Compatriotas, yo muero, pero la tea que dejo encendida ya nadie la podrá apagar".
Y tuvo razón.
NOTAS
(1) La Historia Argentina designa habitualmente a Cornelio Saavedra —altoperuano él— como jefe del primer gobierno patrio. Sin embargo, el mérito le cabe al salteño Juan Antonio Álvarez de Arenales, quien asumió como Gobernador Intendente y jefe militar de la primera revolución independentista en el Virreinato del Río de la Plata. Siete meses después, cuando el movimiento insurreccional fue derrotado, Arenales fue tomado prisionero e internado en El Callao (Perú). De allí, pudo fugar en 1813 para regresar a Buenos Aires y sumarse como oficial de confianza en la empresa libertadora de San Martín.
(2) Las primeras milicias de Chuquisaca tuvieron una especial conformación. A diferencia de las del Río de la Plata, formada a partir de castas y etnias, los nueve primeros cuerpos armados de los patriotas en el Alto Perú fueron organizados por Arenales, según sus oficios civiles.
1º de Infantería, por Joaquín Lemoine.
2º de Académicos, por Dr. Manuel Zudáñez
3º de Plateros, por D. Juan Manuel Lemoyne
4º de Tejedores, por Cap. Pedro Carbajal
5º de Sastres, por D. Toribio Salinas
6º de Sombrereros, por D. Manuel de Ambas Aguas
7º de Zapateros, por D. Miguel Monteagudo
8º de Pintores, por D. Diego Ruiz
9º de Gremios Varios, por D. Manuel Corcuera.
(3) La Proclama de la Junta Tuitiva de La Paz fue la primera en América que fue derecho al punto. Aquí, uno de los párrafos salientes de una Revolución olvidada por la historiografía argentina. "Compatriotas: Hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria; hemos visto con indiferencia por más de tres siglos sometida nuestra primitiva libertad al despotismo y tiranía de un usurpador injusto que, degradándonos de la especie humana, nos ha mirado como a esclavos; hemos guardando un silencio bastante parecido a la estupidez que se nos atribuye por el inculto español, sufriendo con tranquilidad que el mérito de los americanos haya sido siempre un presagio de humillación y ruina (…).
En la ciudad de Nuestra Señora de La Paz, a los 27 días del mes de julio de 1809."
jueves, 8 de julio de 2010
SABER ACADEMICO Y PRACTICA MILITANTE
Por Rafael CullenAutor de Clase obrera. Lucha Armada. Peronismos, una de las obras más reveladoras del conflicto de clases latente en el interior del peronismo entre 1955 y 1973, Rafael Cullen se define con claridad ante los caminos que ofrece la práctica historiográfica.
El presente texto fue extraído de la columna desarrollada por Cullen en el programa radial Contextos de la Historia Nacional, el pasado 7 de julio, en Radio Universidad de Mendoza.
La academia es el espacio de los saberes instituidos. En el caso de la Historia habría mucho para discutir sobre si el saber producido por al academia ha sido capaz de construir un conocimiento crítico y riguroso sobre nuestro pasado, condición necesaria ésta para caracterizar con solidez nuestro presente y prever nuestro futuro.
Yo hablaría de la relación entre conocimiento científico y práctica política, entendida la política como el lugar en que se dirime el conflicto social. Todos los historiadores están —o estamos— ubicados políticamente. Unos lo explicitan, otros no. Entonces, el primer paso de toda investigación científica es poner al descubierto el proyecto social en que está inscripto.
Esta ubicación frente al conflicto social y político no es neutra respecto a la posibilidad de producir un conocimiento objetivo. Quienes aspiran a modificar las actuales relaciones sociales deben —debemos— indagar con mayor rigor acerca de cuál fue el proyecto político que llevó a nuestra actual organización social. Quienes la reivindican deben eludir u ocultar los conflictos sociales de ese proceso.
Para hablar en concreto:
• ¿Por qué la historiografía hegemónica en la academia habla de una larga espera entre 1810 y 1880, que da como resultado el nacimiento de la Nación Argentina construida por la denominada generación del 80? Así se elude el sangriento proceso de guerras civiles y genocidios que están en los cimientos de esa nación
• ¿Por qué se ignora el proceso de la construcción del Estado nacional paraguayo, realizada al margen de la División Internacional del Trabajo del Imperio inglés y de los paradigmas políticos del liberalismo clásico?
• Si hablamos del siglo XX, ¿qué libro de historia habla del inicio del terrorismo de Estado en 1955; con 14 toneladas de bombas sobre Plaza de Mayo, 200 muertos y cerca de 800 heridos y mutilados? Se recuerda la quema de locales partidarios, de las iglesias y del club de la clase dominante; no a los muertos.
Yendo a las ciencias mal llamadas duras, el directorio del CONICET, la máxima institución de investigación del país, le ha prohibido al doctor Andrés Carrasco difundir sus investigaciones sobre las consecuencias del Glifosato en la salud humana ¿No es ésta una decisión política en defensa de intereses concretos de un modelo de desarrollo productivo?
Unos prefieren ocultar, aunque pregonen la objetividad; a otros les —nos— interesa develar lo que está oculto. La diferencia está en la ubicación frente al conflicto social y político de unos y otros. Por eso la relación entre producción de conocimientos y política es compleja y para nada mecánica.
También las simplificaciones son peligrosas para el conocimiento. Hay que diferenciar la ideología de la teoría y de la investigación. También hay que diferenciar entre conocimiento histórico y política en su sentido estrecho, partidario.
No es cómoda la posición de un historiador: el avance hacia el conocimiento objetivo es un camino permanente e implica superar idealizaciones de sucesos y personas y superar también consignas partidarias.
Habría mucho para decir sobre este tema. Sólo insistiré en un punto: la práctica política, entendida en un sentido amplio como la ubicación frente a un conflicto social, no se contradice con la búsqueda del conocimiento histórico. Sí, en cambio, con el consignismo y el ideologismo que acompaña a la mezquina política de grupos que, lamentablemente, está muy difundida.
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