viernes, 17 de julio de 2009

DE LA TORRE Y EL GOLPE DE 1930

por José María Rosa

Conversaciones con José M. Rosa (Colección Diálogos Polémicos, Editorial Colihue/Hachette, 1978) de Pablo J. Hernández es un libro más que recomendable. Especialmente, porque sus páginas incluyen el relato de las experiencias de este escritor emblemático del revisionismo rosista en la política. Lo cual permite —con permiso, Don Arturo— entender también su política de la historia y no sólo su historia de la política.
De allí hemos seleccionado algunos fragmentos que recuperan la juventud y militancia del historiador, en las filas del Partido Demócrata Progresista y en medio de las complejas jornadas que sucedieron al derrocamiento de Hipólito Yrigoyen.
A muchos sorprenderá que el testimonio de Pepe Rosa revele la íntima vinculación existente entre el régimen uriburista —identificado con el corporativismo aristocrático— y el extraño progresismo democrático encabezado por Lisandro de la Torre.

Me enteré (de la revolución del 6 de setiembre de 1930) porque mi padre era revolucionario y el general (José Félix) Uriburu amigo de mi casa. También era amigo de Lisandro de la Torre.
Uriburu era un hombre honesto. (...) No quería saber nada con los políticos, palabra que pronunciaba con gesto despectivo en la boca, a su juicio causantes del mal del país, fueran radicales, conservadores o socialistas independientes. A los únicos que salvaba era a los demócrata progresistas, gente decente, y sobre todo a Lisandro de la Torre, un político tan decente que nunca ha podido ganar una elección.
Poco antes del 6 de setiembre se puso en contacto con de la Torre. Le habló de la revolución que preparaba y le ofreció un ministerio, que de la Torre no aceptó. No por estar en desacuerdo, como dicen algunos, sino porque a de la Torre no le gustaba ser segundo de nadie. Pero cuando Uriburu le dijo que esta revolución va para usted, ofreciéndole la próxima presidencia, de la Torre no se negó, se limitó a callar y esperar.
Que de la Torre seria el próximo presidente constitucional, gustara o no gustara a los políticos, lo sabía todo el mundo. Uriburu lo decía, y repetía. Si no pudo hacerlo, es otra cosa.
(...) Esa noche (5 de setiembre de 1930), noche de tensión, al llegar a mi casa, mi padre me explicó que la revolución estallaba al día siguiente. Que Uriburu levantaría Campo de Mayo (después no pudo hacerlo y debió limitarse al Colegio Militar) y necesitaba gente para pegar el bando que imponía la ley marcial.
Salí a hablar con mis amigos; resolvimos consultarlo a de la Torre. Fuimos a verlo a don Ricardo Bello para que nos facilitara el acceso a don Lisandro: lo despertamos a las seis de la mañana. Bello le habló por teléfono. De la Torre, que estaba despierto esperando la revolución, dijo que cumpliéramos lo que se nos pedía porque esto va para nosotros. Fueron sus palabras textuales.
(...) Sólo puedo decirle que Uriburu con su ministro (Matías) Sánchez Sorondo había desmontado la Federación Nacional Democrática de conservadores, antipersonalistas y socialistas independientes para beneficiar, ingenuamente tal vez, la candidatura presidencial de de la Torre que sería sostenida por los demócratas progresistas; en Santa Fe y la Capital, y un nuevo partido nacional depurado de políticos del tipo Rodolfo Moreno, (Antonio) de Tomaso, (Federico) Pinedo.
Así se planeó la elección piloto de gobernador en Buenos Aires el 5 de Abril: los candidatos serían dos estancieros, Antonio Santamarina y Celedonio Pereda.
(...) Uriburu tenía fe que los gobiernos así elegidos le responderían, para su proyecto de suprimir el sufragio popular y establecer el sistema corporativo, y Lisandro de la Torre sería presidente constitucional en 1932. Visitó Rosario en el mes de marzo y acompañado por de la Torre asistió a todas las demostraciones. Hizo en Rosario la pública proclamación de de la Torre. No digo que le gustaba mucho a los conservadores pero tenían que resignarse. El presidente ordenaba, y a ellos les tocaba obedecer.
(...) Claro, nosotros los demócratas progresistas estábamos en la gloria. ¡Don Lisandro, presidente! Nuestro sueño dorado. Las cosas llegaron a tanto que allá por febrero Mario Antelo y Enzo Bordabehere se fueron a quejar que el interventor Rothe era contrario a llamar a elecciones en Santa Fe, porque este viejo zorro político tenía olfato, y se daba cuenta que los demoprogresistas eran una minoría en Santa Fe y ni aun con el fraude mejor preparado podrían ganar.
Uriburu les dijo que la elección en Santa Fe estaba asegurada, y cuando llegase el momento yo saldré a este balcón —señaló el de la Casa de Gobierno— para decir que Lisandro de la Torre es mi candidato, y al que no le guste que se vaya a su casa. Y verán ustedes como ningún conservador chistará, y todas las provincias votarán a de la Torre. Esta es la versión que oí a Antelo y Bordabehere.
De la Torre, en sus recuerdos y en sus cartas íntimas a la señora de Aldao, lo cuenta, pero omite la frase y al que no ¡e gusta que se vaya a su casa, supongo que por discreción. Pero aceptó que Uriburu lo proclamaría desde la Casa de Gobierno, y don Lisandro sabía muy bien que eso significaba que los conservadores se plegarían al candidato del gobierno.
Pues bien. Vino la elección piloto del 5 de abril (de 1931). Los radicales no se querían presentar porque se encontraban muy desamparados. (...) Fuera de unos núcleos de viejos amigos de Yrigoyen y de la juventud radical, que con Emir Mercader y Ricardo Balbín se mantenía firme, no se encontraban radicales en Buenos Aires.
Pero al gobierno le convenía que se presentaran a elecciones para que fueran derrotados. Movilizó a los antipersonalistas como Mario Guido, y después de muchas vacilaciones se consiguió que, sin esperanza alguna, aceptaran ir a elecciones.
(...) La campaña política fue entre los conservadores amansados con Santamarina/Pereda, y los radicales pesimistas con (Honorio) Pueyrredón/Guido. Había tan poca gente en los actos radicales, que varias veces pensaron en retirarse. ¿Qué pasaba? Afiliados o simpatizantes radicales había pocos. (...) En cambio los comités conservadores estaban llenos de gente, supongo que pidiendo puestos o comiendo empanadas o jugando a la taba.
Los ingenuos consejeros de Uriburu, aseguraban un triunfo abrumador de 50 ó 100.000 votos el 5 de abril. Al que seguiría otro el 19, más apretado, pero triunfo al fin, de los demócratas progresistas en Santa Fe. Después sería la bola de nieve en todas las provincias, y Lisandro de la Torre sería presidente.
(...) No había contado el gobierno con algo que hoy nos parece sencillo, pero que entonces no se tomaba en cuenta. La gente vota generalmente en contra, no a favor. Era cierto que había en esos momentos más conservadores que radicales en Buenos Aires, pero no toda la gente se clasifica por partidos políticos. El electorado independiente es el ochenta por ciento del padrón, y esos independientes estaban disconformes con el gobierno de la Revolución.
De allí lo ocurrido el 5 de abril, que asombró a todo el mundo, conservadores, radicales, y sobre todo a nosotros que perdimos la esperanza de que de la Torre fuera presidente.

lunes, 13 de julio de 2009

LA ECONOMÍA SOCIAL Y EL PERONISMO


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Mario Elgue es el autor de La economía social. Por un empresariado nacional y democrático que publicó la Colección Claves Para Todos (Editorial Capital Intelectual) en 2007.

Recientemente, ha dado a conocer la versión corregida y aumentada de dicha obra bajo el título Claves sociopolíticas para la economía social de donde hemos extraído —gracias a la generosa contribución del autor— el notable texto historiográfico que ofrecemos a continuación.


¿Populismo urbano anti-campo?

por Mario César Elgue (*)

La economía social no aparece en forma marginal en el ideario y en la acción del peronismo. Habitualmente, se vincula su primera etapa (1946-1955), con una suerte de "populismo" urbano (1), caracterizado por una política económica nacionalista y una fuerte alianza del Ejército con el movimiento sindical. De ninguna manera se relaciona esta etapa política con el desarrollo del cooperativismo o de la economía social (2).

Sin embargo, la referencia a la economía social en la literatura política de la época es apreciable. Tanto desde el Partido Laborista, como desde los dirigentes peronistas de los más diversos matices, y como desde la llamada izquierda nacional, se alude a la economía social.

¿Pero qué hay de esa política contraria a los productores agropecuarios, atribuida al peronismo? Pareciera que esa afirmación es contradictoria con el hecho de que una parte sustancial de las cooperativas agropecuarias se conformaron durante el peronismo, al amparo de una activa política tendiente a apuntalar a los chacareros y transformar a los arrendatarios en propietarios.

Es más, este proceso se mantuvo en el tiempo, favorecido por múltiples medidas oficiales, entre otras el préstamo o la cesión de galpones ferroviarios, créditos promocionales y asistencia técnica.

Y aunque una parte significativa de los excedentes de divisas se utilizó para impulsar la industrialización (pública y privada), dicho apoyo no significaba una subvención “artificial” sino que era lo que correspondía a esas circunstancias y a un proyecto nacional como el que se había puesto en marcha.

Lejos de promover una óptica anti-campo -como señalaban dirigentes del ruralismo más concentrado-, el peronismo impulsó a los pequeños y medianos productores y a las cooperativas por ellos generadas. Las cooperativas de Río Negro y Neuquén se aglutinaron en 1946. En 1947 se creó la Federación Argentina de Cooperativas Agrarias (FACA); en 1950, la Federación de Cooperativas Bonaerenses y un agrupamiento de cooperativas arroceras entrerrianas; más tarde nació ROSAFE (1954).

Es oportuno recordar, a su vez, que en 1953 se conformó la Junta Promotora de CONINAGRO que se materializó formalmente en 1956. En este período, ACA y FACA incrementaron su participación como exportadores de granos; también alcanzaron mayores exportaciones Agricultores Federados (AFA) y SanCor (3).

Se constituyó el IAPI (Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio), como primer paso hacia el protagonismo en el comercio exterior de un sistema unitario de cooperativas agropecuarias, que estuviera en condiciones de realizar la venta directa de la producción exportable y la adquisición de materias primas y elementos necesarios para sus actividades específicas.

A partir de 1946, el IAPI reemplazó a los grandes trusts de cereales, particularmente en la producción triguera, avanzando luego en otros cereales. Mas tarde, abarcó también parte de las importaciones y, en 1954, alcanzó el 18% de las exportaciones cárneas.

Pero el IAPI no se agotaba en adquirir las cosechas de los productores y de las cooperativas, relegando a los grandes acopiadores a la condición de simples depositarios. Financiaba a los compradores de nuestros productos, establecía la tipificación de los mismos, participaba de la compra de materiales de transporte, activo fijo para YPF, aportes para la Flota Mercante e innumerables inversiones.

A partir de 1952, la baja de los precios de los productos agropecuarios en el mercado internacional, hizo que el IAPI operara a pérdida manteniendo, no obstante, el precio a los productores. También este organismo público creó “economías externas” en el comercio interno.

Por cierto, mientras los oligopolios bajaban su participación en la comercialización, las cooperativas llegaban al 50 % del acopio. El productor tenía asegurado su cobro, sin maniobras, en un plazo de 12 días, en la sucursal bancaria de su zona.

Si a lo anterior añadimos la Flota Mercante, el Estatuto del Peón y la Ley de Arrendamientos (4), podríamos decir que se trataba de una especie de reforma agraria sui generis (5), que indujo a cierta democratización del sector agropecuario con pocos ejemplos en el resto de la América Latina de esa época, en la cual la perversa dialéctica de latifundios insuficientemente explotados y minifundios sin escala agudizan una extrema polarización social (6).

La economía social como “tercera posición”

Para el ideario del peronismo originario, la economía social es sinónimo de una tercera posición en materia económica, equidistante de la capitalista liberal y del socialismo con planificación centralizada.

Así, José María Rivera, en un ensayo de 1950, se imagina a la economía social integrando a los diversos sectores económicos: “Una economía social no importa una economía sin capital, o sin capitalistas. Lo primero, porque ni aun los comunistas objetan el capital sino en cuanto, de instrumento para incrementar el poder del propio trabajo se convierte en medio para aprovecharse del trabajo ajeno. Lo segundo, porque la economía social no propugna la desaparición del capitalista, sino la limitación de los poderes absolutos que se asignó bajo el pretexto de los principios liberales".

Perón lo corrobora en su Informe al Pueblo, sobre los alcances del Segundo Plan Quinquenal, cuando critica "el equilibrio estático del capitalismo liberal" y reivindica "nuestro equilibrio dinámico, que subordina siempre lo económico a lo social y lo social a lo político, entendiendo que lo político es –en su más alta acepción– realizar la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación, mediante la aplicación del sistema que denominamos de economía social...”

Conviene despejar una cuestión básica sobre esta concepción. No se trata de una actitud “defensiva”, propia de situaciones de crisis, vinculada a políticas asistenciales. Por el contrario, se relaciona a fases de crecimiento económico, tiene un alcance estratégico y se enuncia como parte integrante de la política económica (y no de “acción social”).

Si bien el peronismo debe ser juzgado mucho más por su práctica que por sus formulaciones teóricas, lo cierto es que en sus definiciones programáticas aparece con nitidez el tema de la economía social.

Podemos aludir aquí a cinco elaboraciones importantes: 1) el programa del Partido Laborista para las elecciones de febrero de 1946; 2) las denominadas 20 Verdades Justicialistas, emitidas en 1950; 3) algunos discursos de Perón; 4) los trabajos de Jorge del Río, en el marco del Segundo Plan Quinquenal, y, 5) algunas intervenciones de John William Cooke en la Cámara de Diputados.

Unidades básicas de la economía social

Ya en 1946 el Partido Laborista enunciaba en su programa “la formación de cooperativas de productores, especialmente en aquellas fuentes de producción en que resulte antieconómico la subsistencia individual”. Luego, el peronismo histórico consideró a la cooperativa como el tipo preferido de empresa de sus planes quinquenales (7).

Fue el propio general Perón quien lanzó la primera Asociación de Cooperativas de Trabajo (ACTRA) desde la CGT, en 1954. Allí señaló que "actuar en forma cooperativa no implica solamente la administración y la conducción de una empresa cooperativa, sino que también significa hacerse ducho, actuar en la lucha, porque no hay lugar a dudas, de que hoy mismo hay una lucha contra el cooperativismo, lucha sórdida, porque saben que el gobierno lo apoya, y no lo pelean de frente sino de abajo" (8).

En ese tiempo, se dio especial relevancia a enunciados que apuntaban a la enseñanza de la cooperación. Por ello, el Segundo Plan Quinquenal señalaba "la difusión de los principios del cooperativismo y la constitución de cooperativas escolares y estudiantiles, a fin de contribuir a la formación de la conciencia nacional cooperativa y prestar servicios útiles a los alumnos" (9).

El justicialismo impulsó la hoy subsistente Gerencia de Cooperativas en el Banco de la Nación y definió a la cooperativa como unidad básica de la economía social, priorizándola en todas sus políticas productivas.

En lo que respecta al comercio interior, el Plan Quinquenal estimuló la creación y desarrollo de cooperativas de consumo, particularmente las que funcionaban en las asociaciones gremiales, a fin de procurar por este medio la defensa del poder adquisitivo del salario.

También se previó que cooperativas y otras entidades sin fines de lucro concurrieran a la construcción y explotación de los servicios sanitarios, subsidiarios o de pequeño volumen, en las poblaciones más pequeñas. De la misma manera, se fomentaron estas entidades en la distribución de energía eléctrica, con fiscalización pública (10).

Evidenciando una perspectiva estratégica, el Plan Quinquenal instaba a la coordinación permanente de los diversos tipos de cooperativas e incluso a la coparticipación en la fijación de las grandes políticas nacionales.

La Ley Agraria de 1973

La propuesta estratégica de economía social, que esbozara Juan Domingo Perón en sus dos primeras presidencias (1946-1955), se continuó al recuperar el poder en 1973.

Por tomar sólo una muestra: se promovió un innovador anteproyecto de Ley Agraria, elaborado por la Subsecretaría de Agricultura y Ganadería, a cargo del Ing. Horacio Giberti, que proponía que las tierras sub explotadas durante determinado tiempo podían ser expropiadas y hasta perderse el dominio sin indemnización.

Establecía la posibilidad de explotaciones cooperativas “si de acuerdo con las características de la explotación de que es objeto el inmueble adquirido o se proyecte darle en el futuro y teniendo en cuenta las modalidades ecológicas, económicas y sociológicas no fuere conveniente dividirlo en unidades económica familiares…”

En ese caso, se constituiría una o más unidades económicas multifamiliares, a los fines de ser asignadas a una cooperativa de producción. Además, para las adjudicaciones individuales, se establecía que se debía participar en el movimiento cooperativo o constituir una cooperativa específica. Se facultaba al Estado a organizar consorcios de riego, acuerdos de conservación de suelos y programas de concentración parcelaria, para superar el problema de los minifundios (11).

(*) El Dr. Mario César Elgue es el creador y Presidente del Instituto Provincial de Acción Cooperativa (IPAC), del Ministerio de la Producción de la Pcia. de Bs. As., 1992-99. Miembro del Directorio y Presidente del Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (INAES) del Ministerio de Desarrollo Social de Argentina, 2003-04. Actual Director del Posgrado de Economía Social, Mipymes asociadas y Desarrollo Local de la Universidad Nacional de Rosario. Coordinador Ejecutivo del Centro de Investigación de la Economía Social (Fundación CIESO, Delegación Buenos Aires).

NOTAS

(1) En los ámbitos académicos se ha hecho un lugar común caracterizar de “populistas” –con cierto tono despectivo– a los movimientos nacionales y populares de los países periféricos, generalmente tumultuosos, policlasistas y con liderazgos fuertes, que no responden a las formalidades “republicanas” de las metrópolis.

(2) Desde esta última corriente, una nota de Jorge Abelardo Ramos, publicada un día antes del golpe del 16 de septiembre de 1955, instaba a la organización obrera para defender la legalidad democrática y proponía transformar parte de las grandes propiedades territoriales en cooperativas de productores.

(3) Demarchi, G., Pymes agropecuarias y cooperativas, Cuadernos del IPAC, Nº 3, La Plata, 1997.

(4) Hoy, otra normativa para los arrendamientos debería tener en cuenta la nueva configuración y diversidad de los “sujetos agrarios”: desde algunos pequeños productores que arriendan todo o una parte de su campo a otros productores, contratistas o “pooles” de mayor envergadura, hasta grandes propietarios territoriales que arriendan fracciones de sus campos a importantes contratistas y fondos de inversión de siembra, entre otros.

(5) Al mencionar a estas políticas y medidas como una especie de reforma agraria, no equiparamos ésta a procesos reformistas expropiatorios más contundentes que se dieron en el marco de otros procesos revolucionarios.

(6) Del Río, Jorge, El Cooperativismo en el Segundo Plan Quinquenal argentino, en la Revista Hechos e Ideas Nro. 106/109, Bs. As., Enero / abril de 1953 y Demarchi, Gustavo, ob. cit.

(7) También se apoyó al mutualismo: el coronel Juan Domingo Perón, estando a cargo de la Secretaría de Trabajo y Previsión y de la Vicepresidencia, fue quien promovió el Día Nacional del Mutualismo, que se conmemora desde 1945.

(8) Del Río señala que, en 1949, del total de 100 cooperativas de trabajo existentes, 62 eran de transporte automotor. En esa coyuntura, la explotación de los servicios públicos constituyó uno de los factores facilitadores del cooperativismo de trabajo, al igual que la industria de la construcción. Es el caso de “La Edilicia”, de la ciudad de Pergamino, fundada por doce obreros de la construcción en la década del 30 que, en 1950, agrupaba más de 170 trabajadores de todos los gremios. Era propietaria de una fábrica de ladrillos y de mosaicos. También, en la década del 50, funcionaban ya dos cooperativas textiles que habían sido “recuperadas” por sus ex trabajadores en relación de dependencia. (Vuotto, Mirta, Acerca de las orientaciones del cooperativismo de trabajo: el caso argentino, Comité Latinoamericano de Investigadores, ACI, Rosario, 2006)

(9) Pese a esos enunciados, muchas veces las cooperativas se decidían como una alternativa excluyente, promovida “desde arriba”, sin garantizar la autonomía de las organizaciones y sin ofrecer una capacitación acorde a las bases doctrinarias de este movimiento. Un error similar al que se ha repetido en la actualidad en planes nacionales como el de “Emergencia Habitacional” y el de “Agua más Trabajo”, en los cuales se impone el constituir cooperativas de trabajo. Al respecto, Pilar Orgaz, en un estudio crítico publicado por IFICOTRA (Córdoba, 2005) advierte sobre las consecuencias de estas “cooperativas forzosas”: cuando se pone a prueba el “ser cooperativo”, se generalizan las deserciones, el abandono del proyecto, disputas, inercia, todo ello sumado a malos resultados económicos que terminan por aniquilar el objetivo de generación de trabajo.

(10) Jorge del Río, en Electricidad y Liberación Nacional, Colección La Siringa, Buenos Aires, 1960, a la vez que critica a Perón por no haber tocado a la CADE, a la Italo y a las empresas del grupo ANSEC, reivindica sus méritos en lo que respecta al desarrollo de Agua y Energía Eléctrica, como empresa estatal y el fomento del cooperativismo eléctrico, que permitió el desarrollo de usinas populares cooperativas, que todos los gobiernos de provincia promocionaron.

(11) Fallecido el general Juan Domingo Perón (1º de julio de 1974), el ministro de Economía José Ber Gelbard es reemplazado por el Dr. Alfredo Gómez Morales (octubre de 1974), que osciló entre la transacción y el retroceso, abriendo las puertas a la eclosión del “Rodrigazo” (junio de 1975). Caído Celestino Rodrigo (julio de 1975), Antonio Cafiero “administró la crisis”, pero tuvo que ceder su lugar a Emilio Mondelli (febrero de 1976) que personificó un nuevo retroceso.

jueves, 9 de julio de 2009

DE LA INDEPENDENCIA A LA GUERRA CIVIL


Tras un nuevo aniversario de la Declaración de la Independencia, estas breves lecturas tienen la virtud de concatenar algunos datos y perspectivas sobre aquel Congreso de 1816 más celebrado que conocido.

Los textos provienen de cuatro obras fundamentales de la historiografía nacional. Ellas son:
Historia económica del Río de la Plata, de Rodolfo Puiggrós; Argentina. La autodeterminación de su pueblo, de Silvio Frondizi; Las masas y las lanzas, de Jorge Abelardo Ramos y La saga de los Anchorena, de Juan José Sebreli.

Tal vez sorprenda a algunos la presencia de este último en un espacio orientado por el nacionalismo popular; sin embargo, tanto el indiscutible aporte de La saga... al develamiento del pasado argentino como la deseable superación de prejuicios y adscripciones sectarias, ameritan sobradamente su inclusión.



Nota 1. Las instituciones del gobierno unitario
Por Rodolfo Puiggrós

El Congreso reunido en Tucumán en 1816 declaró la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata y no dio un paso más. Era el único punto de coincidencia entre todas las provincias. Luego trasladó su sede a Buenos Aires, donde agonizó lentamente, en medio de las convulsiones de la guerra civil, hasta morir en 1820 arrasado por la montonera del litoral, que llegó a las calles mismas de la capital.

(Los diputados permanecieron arrestados tres meses en una finca alquilada por el gobierno, y aun después de ser puestos en libertad, se les obligó a comparecer varias veces ante las autoridades).

Un año antes de sucumbir, dio el síntoma inconfundible del mal que lo carcomía, al sancionar la Constitución de las Provincias Unidas en Sud América, documento tan amplio en la asignación geográfica del Estado como estrecho en el reconocimiento de los derechos de los pueblos. "Tuvimos muy presente aquella máxima: que es necesario trabajar todo para el pueblo y nada por el pueblo; por lo mismo limitamos el círculo de acción a la propuesta de elegibles", decía el manifiesto que precedió a la carta constitucional (R. O. Núm. 1300)

Ya tenemos, con esa Constitución, a la doctrina unitaria en marcha. Los caudillos y las masas les respondieron con la Convención del Pilar del 23 de febrero de 1820, impuesta a punta de lanza por Pancho Ramírez y Estanislao López (...)


Nota 2. El Congreso de 1816
Por Silvio Frondizi

Al comienzo de 1816, casi todas las provincias, incluida la del Alto Perú, habían designado sus diputados al Congreso que habría de proclamar la independencia. Estaban ausentes las provincias del Litoral, que se encontraban bajo la influencia de (José Gervasio de) Artigas.

Dos problemas se le presentaron de inmediato, uno el de la independencia, el otro el de la organización, es decir determinar la forma de gobierno.

Frente a las dificultades que hemos indicado, el Congreso procedió a la designación de un director supremo permanente; la designación recayó en la persona del coronel Juan Martín de Pueyrredón (3 de mayo), que habría de inaugurar un gobierno progresista, más que por sus ideas políticas, por su capacidad personal.

La tarea fundamental del Congreso y que lo hizo pasar a la historia, fue la declaración de la independencia, anhelada por todos, cada uno en su esfera y posición, por (José de) San Martín, Pueyrredón, Artigas, etc. Así se hizo, como es sabido, el 9 de julio de 1816.

Con la declaración de la independencia el Congreso había dado un paso importante, pero le faltaba lo más difícil, dar la forma de gobierno. Aquí se enfrentaron republicanos y monárquicos, si es que se nos permiten ambas expresiones; estos últimos representados por (Manuel) Belgrano.

La maniobra monárquica fue desbaratada por la actitud de muchos, vocero de los cuales fue fray Justo Santa María de Oro (...)

(...) Es de hacer notar que el diputado (Tomás de) Anchorena propició la forma republicana representativa federal, que habría de sancionarse en 1853, como solución momentáneamente progresista de la burguesía argentina, pero que luego serviría para imponerse frente a los derechos de los pueblos.


Nota 3. El "republicanismo" de Anchorena
Por Juan José Sebreli


Frente a las exóticas ideas de la monarquía incaica, que hacia estragos en los delegados de las provincias norteñas, le tocó paradójicamente al recalcitrante monárquico Tomás de Anchorena hacer la defensa de la forma republicana, aunque con las argumentaciones más extravagantes.

Sostuvo en esa ocasión que existía una diferencia entre el genio, los hábitos y las costumbres de los habitantes de los llanos y los habitantes de la montaña, siendo los de ésta más apegados a la forma monárquica, y los primeros los que más resistencia le oponían.

En la imposibilidad de conciliar una forma de gobierno igualmente adaptable a los llanos y a las montañas, no había más remedio que adoptar el sistema de una federación de provincias.

(...) En el Congreso de Tucumán, Anchorena se opuso a la monarquía, en parte porque ésta significaba la unificación del país, y por consiguiente, la pérdida del predominio de los intereses porteños con su monopolio portuario.

(...) El contradictorio rechazo de la monarquía por Anchorena en el Congreso de Tucumán, se debió principalmente a que no se trataba aquí de una monarquía europea, de la que se mostró siempre partidario, sino de una monarquía incaica que le resultaba repugnante por prejuicios raciales.

La teoría que identificaba la monarquía con la montaña se explica porque allí estaban los indios. Después de 1816, confesando su racismo, dirá que el proyecto de Belgrano de coronar a un descendiente de los Incas no fue rechazado por monárquico, "sino porque poníamos la mira en un monarca de la casta de los chocolates, cuya persona, si existía, probablemente tendríamos que sacarla borracha y cubierta de andrajos de alguna chichería". (Citado de Adolfo Saldías, La evolución republicana durante la revolución argentina, 1919).


Nota 4. La Constitución de 1819
Por Silvio Frondizi


Frente a las dificultades insalvables, el Congreso postergó la decisión sobre la forma de gobierno, dispuso su traslado a Buenos Aires y dictó el Reglamento Provisorio de 1817, el que después de diversas alternativas, incluso las observaciones del director supremo, quedó promulgado el 3 de diciembre.

Es muy semejante a su modelo, el Estatuto de 1815; es decir es semiunitario en la organización del gobierno, en cuanto aumenta los poderes del Poder Ejecutivo.

(...) El Congreso conocido como de Tucumán designó a mediados del año 1817 una comisión para redactar un proyecto de Constitución. La integraron los diputados (Teodoro Sánchez de) Bustamante, (Antonio) Sáenz, (Juan José) Paso, (Diego Estanislao) Zavaleta y (Mariano) Serrano, pero el anteproyecto recién se empezó a considerar en julio de 1818, ya instalado el Congreso en la ciudad de Buenos Aires, medida adoptada por el temor a que el ejercito realista, victorioso en el norte, tomara la ciudad de Tucumán. También ante la posibilidad de que los caudillos federales, establecidos en las provincias del Litoral, le cortaran las comunicaciones con las autoridades directoriales establecidas en la ciudad porteña.

Para que se tenga una idea clara del carácter centralista de este documento constitucional, debemos hacer notar que la Constitución de 1819 ni siguiera menciona a los gobernadores de provincia. No son más que funcionarios dependientes del Directorio del Estado y designados por él. Ninguna disposición se establece para el gobierno de las provincias, si bien se las menciona en el art. CXXXV, donde se establece la competencia de 'la Corte de Justicia. También silencia el funcionamiento de los entes municipales, tan importantes en la época; es así como el estatuto no contiene alusión alguna en relación a los cabildos.

En realidad la Constitución del año 1819 tiene ciertos aspectos corporativos, ya que hacía participar en la función de gobierno a las instituciones representativas del país, la Iglesia, la Universidad, el Ejército y las provincias que integraban el Senado.

El carácter indefinido se explica, porque su finalidad era la de dejar abierta la puerta para el establecimiento de una monarquía. Esta idea se imponía en algunos hombres, por las dificultades que la revolución soportaba, y por el panorama sombrío que presentaba la reacción europea, con la Santa Alianza en marcha. Los congresos posteriores de éste así lo demuestran.

(...) A raíz de la sanción de la Constitución de 1819 el director Pueyrredón renunció a su cargo y es elegido en su reemplazo el general Rondeau, el 11 de junio de 1819.

La sanción de la Constitución aceleró el estado de guerra existente entre el gobierno de Buenos Aires y los caudillos del Litoral.


Nota 5. Cómo escribían una constitución los unitarios
Por Jorge Abelardo Ramos


El Congreso Nacional reunido en Tucumán en 1816 había declarado la independencia de las Provincias Unidas.

La Santa Alianza levantó la cabeza con la caída de Napoleón: la restauración de Fernando VII señaló el triunfo de la España negra. La desarticulación producida en América Latina por las fuerzas centrífugas regionales ante la crisis del proceso revolucionario en España, hacia de la declaración de la Independencia un acto trágico e inevitable.

Pero ni la Asamblea del año XIII ni el Congreso de 1816 habían resuelto el problema cardinal. Este era, como hemos señalado, la cuestión del puerto, de la Aduana y del crédito público.

Después de tres años de tumultuosas sesiones, durante las cuales se entrechocaron tenazmente los intereses regionales irreconciliables, el Congreso reunido en Tucumán decidió trasladarse a la ciudad porteña. Esta medida obedecía al propósito de los ganaderos bonaerenses y de la burguesía comercial porteña de obtener una influencia decisiva en sus resoluciones. Se trataba de marcar con el
sello de sus privilegios el espíritu y la letra de la futura Constitución.

Durante nueve meses discutióse agriamente el texto que debía organizar la vida argentina. La Constitución del año 1819 fue el factor desencadenante de la crisis del año 20, que ya germinaba desde la caída de (Mariano) Moreno. El librecambismo ruinoso de los porteños, la política centralista que los rivadavianos llamarían "unitaria", y la posesión de las rentas en manos de Buenos Aires, habían convertido la primera década post-revolucionaria en el prólogo de la guerra civil. La Constitución de 1819 le confirió un carácter oficial.

lunes, 6 de julio de 2009

LOPEZ REGA Y LA TRIPLE A




Tras el programa radial que emitimos el pasado 1 de julio —dedicado a la última presidencia y muerte de Juan Domingo Perón—, hemos recibido una importante cantidad de consultas sobre la figura de quien fuera su secretario, José López Rega (1916 – 1989). Las preguntas giran, fundamentalmente, en torno a las circunstancias en que este enigmático personaje llega hasta Puerta de Hierro y sobre la organización terrorista Triple A, cuya creación se le adjudica.

Si bien existen importantes estudios publicados sobre este tema —especialmente el de Marcelo Larraquy, que recomendamos sin considerar matices ideológicos—, los dos textos seleccionados ofrecen un aporte diferenciado, por su carácter testimonial y militante.

El primero fue escrito por Jorge Taiana (1911 – 2001), quien fuera médico personal de Perón y ministro de Educación en su último gobierno, y ha sido extraido del libro El último Perón. Testimonio de su médico y amigo (Planeta, 2000).

En segundo lugar se publica un fragmento del notable Un militar entre obreros y guerrilleros (Colihue, 2001) de Eduardo Gurucharri —imprescindible biografía política del “Yorma” Bernardo Alberte (1918 – 1976)—, donde aparecen reveladoras anécdotas de la relación que se estableció —hacia 1965— entre la logia Anael, Isabel Martínez y el personaje en cuestión.



ANAEL Y EL ASTRÓLOGO

Por Jorge Taiana

En 1966, en el centro de Madrid, se abrió una tienda de venta de muñecas y otros artículos. El comercio ubicado en la calle Quintana 16 era en realidad un local de la secta Anael que tenía como fin instalarse en España.

Creada por el doctor Julio César Urien, en Buenos Aires, en 1957, Anael era uno de los tantos grupos que engolosinaban a la gente con creencias esotéricas, misteriosas e insondables.

La secta Anael consideraba que Perón y su mujer, a pesar de las visitas de amigos leales y consecuentes, vivían en una gran soledad y supusieron que podrían imponer allí uno de sus miembros: José López Rega, alias Daniel o el Brujo.

López Rega es el personaje más extravagante de la historia argentina del siglo veinte. Ningún argentino desprovisto de estudios, de una carrera, de una profesión o de una actividad pública relevante, adquirió su notoriedad. Por el contrario, aquellos que ostentaban blasones científicos, literarios o políticos adquiridos a lo largo de décadas o de toda una vida, nunca pudieron reunir tanto poder.

Daniel comenzó como policía, fue escolta de Perón trepado a su auto presidencial, y luego anónimo custodio de Eva, sentado sin uniforme en un rellano de la escalera de la Residencia Presidencial. Antes y después de los gobiernos de Perón, durante las presidencias de (Eduardo) Lonardi, (Pedro) Aramburu y (Arturo) Frondizi, fue siempre policía.

En 1965 su nombre apareció en el grupo de custodia organizada por el teniente coronel Jorge Manuel Osinde, para cubrir la llegada de Isabel a Buenos Aires. En aquella oportunidad Perón la envió a la Argentina para zanjar divergencias e indisciplinas partidarias entre "vandoristas" que apoyaban para las elecciones de marzo a gobernador de Mendoza la candidatura de (Alberto) Serú García en oposición a la de (Ernesto) Corvalán Nanclares, el candidato peronista.

La enviada mantuvo conversaciones con numerosos dirigentes gremiales y políticos en una reducida oficina ubicada en el centro de Buenos Aires y visitó la CGT. Las gestiones conciliadoras de Isabel languidecieron y todo terminó en un tremendo fracaso electoral. Los
demócratas, viejos enemigos, derrotaron a los peronistas en Mendoza. Eloy Camus, veterano de la política cuyana, aconsejó a Perón que retirara a su mujer del escenario político e Isabel partió el 8 de julio de 1966 hacia España.

Pero Isabel no volvería sola. Rápido, solícito y eficiente, López Rega impresionó favorablemente a su custodiada, y consiguió regresar con ella a Madrid.

En mayo de 1966 no se alojaba aún en Puerta de Hierro y no recuerdo que lo haya mencionado el dueño de casa. En aquellos días sencillamente no existía, pero ese mismo año sería presentado al General y comenzarían entonces las visitas vespertinas a la quinta 17 de Octubre.

Pronto advirtió las progresivas falencias y necesidades de la pareja. Luego de ofrecerles vivir en Puerta de Hierro, pasó a desempeñar sucesivamente diversos roles: cadete, asistente, amanuense, chofer, ayudante, custodio y finalmente secretado privado.

Recibía a todos los visitantes, participara o no de las entrevistas. A medida que se recortaban las actividades físicas del General, el secretario iba recibiendo nuevas tareas. De tomar en algunas ocasiones el volante del automóvil, pasó a suprimirle al General las caminatas solitarias por la calle Serrano o por el Paseo de la Castellana.

Aunque Perón exhibía una esplendorosa lucidez acorde con su intelecto intacto, su voluntad, esa fuerza que proviene de la esfera psíquica volitiva, decaía a medida que terminaba el día. Hacia 1972 López Rega manejaba muchos de los hilos de la casa en Puerta de Hierro, influía sobre el matrimonio y aprovechaba la natural declinación de los hombres maduros en las horas del ocaso.

En 1972 su marcada hipertrofia del yo justificaba los calificativos de megalomaníaco y paranoico que aparecían ya en sus años juveniles, con veleidades de cantor y atrevidas incursiones por el género operístico.

Dinámico, movedizo, inquieto, desconfiado, astuto, de corto sueño, capaz de trabajar durante jornadas enteras sin descanso, éstas eran las características psicosomáticas que distinguían al Brujo. Bajo, ligeramente pícnico, de manos finas y velludas, cutis terso y tenso, mejillas rosadas, pelo canoso, ocultaba muy bien una diabetes benigna y una litiasis vesicular-cálculos en la vesícula biliar.

López Rega era un buen gourmet y le atraía el cognac español, especialmente una de sus famosas marcas. Cualquier oportunidad era buena para convidar y beber el "digestivo". Y a veces, por la noche, a pesar de nuestras advertencias por la diabetes, le agradaba extender el deleite.

Siempre invocó el nombre de Perón y el profundo conocimiento que él poseía de sus ideas, programas, deseos e inclinaciones. Erigido en el experto por antonomasia, nadie podía discutir con éxito sus puntos de vista.

El hombre que en un atrape voraz ascendió de suboficial a comisario general de la Policía Federal, por un decreto firmado por Perón y (Benito) Llambí el 9 de mayo de 1974, fue luego nombrado ministro de la Nación por (Héctor) Cámpora, (Raúl) Lastiri y por el mismo Perón.

La política social, baluarte teórico y práctico de la doctrina creada y aplicada por Perón desde 1945 quedó en las manos de un modesto suboficial de la Policía Federal cuando se lo nombró Ministro de Bienestar Social. Desde allí, el pensamiento de Perón: "El poder está construido por el bienestar del pueblo", fue sistemáticamente destruido.

Perón transcurrió su última gestión rodeado de secretarios, delegados, políticos y gremialistas, integrantes de diversas fuerzas de un cerco incuestionable. En ese ambiente Daniel se transformó en un pulpo, octópodo, cuyos ocho tentáculos aprisionaron distintos espacios de poder: la secta Anael, el secretariado de Perón, el secretariado de Isabel, el ministerio de Bienestar Social, la Logia Propaganda Dos, el cargo de comisario general de la Policía Federal, jefatura de la secta Umbanda y jefatura de la Triple A.

(...) El entorno del Presidente de la Nación, y más aún el de Perón, fue siempre una preocupación discutible, polémica y obsesiva de los argentinos. ¿Pero acaso no ocurrió lo mismo con Julio A. Roca, Carlos Pellegrini, José Figueroa Alcorta o Hipólito Yrigoyen?

La Triple A

La Triple A fue concebida, urdida y minuciosamente organizada en Madrid, en las mismas barbas de Perón. Primero se produjeron contactos de José López Rega con individuos y subversivos de varias nacionalidades —franceses, españoles, italianos, croatas y argelinos— con experiencia en acciones violentas tipo la argelina Organisation de l'Armeé Secrete (OAS). Luego reunieron argentinos y extranjeros para determinar tipos de acción, itinerarios para salir e ingresar a la Argentina y disponer en España de lugares de descanso para que los "hacedores de faenas" recuperaran fuerzas. Ciudades de la costa mediterránea fueron elegidas para solaz de custodios de altos jefes y hasta del mismo López Rega.

En 1974, poco tiempo después de la desaparición de Perón, comencé a concurrir con mi mujer Marizul a un bar-confitería madrileño regenteado por un tal Antonio. Tras varias visitas de "chato" y manzanilla ganamos la confianza de don Antonio y como buen verborrágico alardeó su importancia. Según decía reclutaba gente y recibía y orientaba a los "guerreros" que llegaban de la Argentina en sus vacaciones de acción. Don Antonio decía convencido: "La organización debe prepararse para eliminar en pocas horas, en una noche al estilo de una San Bartolomé criolla, mil o los que fuesen necesarios zurdos, izquierdistas, marxistas e infiltrados en las filas peronistas".

En 1974 la Triple A incorporó a grupos parapoliciales y desarrolló una intensa acción antimarxista, anticomunista y antijudía. La historia argentina del siglo veinte registra la presencia de numerosos clanes, ligas y legiones de los más variados colores, pero ninguno de ellos había alcanzado las dimensiones, el poder bélico y la desafiante impunidad de la Triple A.


LA LOGIA ANAEL
Por Eduardo Gurucharri

(El mayor Bernardo) Alberte ha consolidado su posición económica y eso lo tranquiliza. Poco a poco, casi sin apercibirse, va intensificando la actividad política. También necesita explicarse el mundo más de cuanto lo ha hecho hasta ahora. Quizás ni siquiera se pregunte por qué razón tiene esa necesidad. Mucha gente la siente en los años ‘60.

El está lejos de las innovaciones ideológicas que propone (John William) Cooke o de las proclamas igualmente radicalizadas que ensayan dirigentes surgidos de la Juventud Peronista, como Gustavo Rearte. Resultan más compatibles con su formación de peronista ortodoxo, los trabajos del doctor Julio César Urien, un juez de paz que se protege o se inviste de otro yo tras el seudónimo de doctor Anael y es autor de "La razón del Tercer Mundo", un folleto que se entrega con ademán conspirativo.

El escrito alude a una logia creada en 1954 y en cuya fundación habrían intervenido Perón y el entonces presidente brasileño Getulio Vargas, la Logia Anael. Tiene una pretensión omnisciente y proclama la existencia de tres vértices magnéticos ubicados en países de la Triple A, es decir, Asia, África y América Latina, que serían el motor de la liberación mundial. Abomina del imperialismo norteamericano y del comunismo soviético, pero se entusiasma con la China de Mao Tsé Tung y la revolución argelina y disculpa a Fidel Castro, quien animado de un sincero espíritu tercermundista no habría tenido otro recurso que hacer de Cuba un país satélite de Rusia para defenderse de la agresión yanki.

Las concepciones que expone son, en definitiva, un trabajoso esfuerzo de actualización doctrinaria de la Tercera Posición Peronista, matizada con aspectos pintorescos como los vértices magnéticos, que en el caso latinoamericano estaría definido por tres puntos de apoyo, Lima, Buenos Aires y San Pablo, tomando sobre un mapa el aspecto de una ele inclinada.

(...) Si Urien es ingenuo y grandilocuente —asegura que Perón volverá cuando la Logia le indique que el momento ha llegado— y profesa el macromagnetismo, su impresor tiene otras características. Cree en el micromagnetismo. Toca a las personas para trasmitir y recibir una energía que, dice, posee el cuerpo humano.

Entrando en confianza con él, afirma ser capaz de imbuirse del contenido de ciertos libros apoyando la palma de la mano sobre algunas páginas y colocando el ejemplar debajo de la axila.

El impresor de Urien es asimismo escritor autoeditado. Entre otros títulos suyos, merece citarse Astrología esotérica —775 páginas, 36 láminas a todo color, cuatro libros en uno, cuyos títulos son Zodíaco multicolor, Zodíaco vegetal (Plantas, flores y perfumes), Zodíaco musical y Sistema abreviado de astrología—.

También ha publicado Alpha y Omega, donde, tras evocar el rito de Umbanda, Brahma, Visnú, Shiva y otros exotismos, propone ingresar "en el terreno de los misterios masónicos propiamente dichos". Este año ha intentado popularizar su obra mediante una Astroagenda 1965, cuya mayor virtud es, al parecer, la indicación de fechas propicias para salir a buscar trabajo y conseguirlo.

Aún más práctico promete ser otro estudio que dice estar preparando y del cual ya tiene, cuanto menos, el título: se llamará Astrofinanzas.

Este precursor de la new age es, claro está, José López Rega, co-administrador de Suministros Gráficos del Estado, una imprenta instalada en un típico edificio industrial, hacia el final de la calle Salguero, flanqueando el Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires.

En una fecha que muy probablemente puede ubicarse a fines del año 65, en el local se celebra una discreta reunión. Un ayudante del administrador, José Vanni, franquea la entrada a los invitados, contraseña mediante. No se hacen presentaciones formales. Algunos de los asistentes se conocen y otros no. El doctor Urien ha convocado a una cena de la Logia Anael.

Están (el capitán Jorge) Morganti, Julio Troxler, el administrador y su hija Norma López Rega, el suboficial (Héctor) Sampayo y otros. A los postres, habla Urien y propone un juramento. Un invitado pide la palabra. Es Rubén Sosa. La logia acaba de publicar El Tercer Mundo en acción, original del ex delegado retocado y alargado por Urien. Ahora el correntino discrepa con la idea del juramento y en su exposición critica a los militares.

Al terminar, en la semipenumbra un hombre se le acerca y se presenta. Es Alberte. Bernardo le confía que a poco de escucharlo sintió deseos de retarlo a duelo, pero que luego fue entendiendo el sentido de las palabras de Sosa. Este le agradece la franqueza y simpatizan. No obstante, Sosa se retira de la reunión, acompañado por Troxler.

Fue Morganti quien primero conoció a López Rega. Estaba entusiasmado con él y fue presentándolo al resto. A Julio nunca le cayó bien y se burlaba de su astrología. Pero ciertos ambientes del Peronismo eran entonces como una nube, una especie de limbo ideológico donde casi todo era posible, mientras no fuera el elogio del liberalismo o del comunismo ruso. En la buena conciencia del peronista medio y cuarentón, personalidades como Cooke o Rearte despertaban respeto, pero también temor.

(En octubre de 1965, como ya se menciona en la nota anterior, Isabel Perón llega a la Argentina a fin de impedir la jugada electoral del vandorismo en Jujuy y Mendoza).

(...) El astrólogo de la calle Salguero se presenta ante Alberte y le ofrece imprimir sin costo la propaganda del sector leal para las inminentes elecciones a gobernador de las provincias de Jujuy y Mendoza, donde se verá de qué lado están las bases.

Lo trae Morganti, a quien López Rega ha convencido para que le pida a Bernardo una tarjeta de presentación para ver a la Señora. El Mayor acepta la oferta del impresor y les dará tarjeta.

(...) La delegada, antes de hacer las valijas, constituye una nueva conducción local integrada por figuras casi o completamente desconocidas. La Logia Anael está representada oficiosamente a través de Héctor Sampayo.

(...) Entretanto, los miembros de la Logia deben decidir acerca de un pedido especial del General: necesita un colaborador que se instale en Madrid. Lo ha dicho Isabel.

La reunión se hace en casa de Alberte, en la calle Yerbal. El candidato cantado es Morganti, pero su mujer se niega a trasladarse y menos a permitirle que vaya solo, ni siquiera en nombre de los más altos intereses del Movimiento y de la Patria. Urien ya lo sabe, ha consultado y propone a un suboficial retirado del Ejército, de apellido Munárriz, otro de los presentes.

Llega la Señora y saluda. La informan de la propuesta y ella cortésmente indica que prefiere a Daniel. López Rega, que ha permanecido en silencio, gana la partida. Otro día, como el astrólogo protesta carencias de vestuario, Sampayo le compra dos trajes y un sobretodo, aunque el Doctor Anael, arriesgando su autoridad, ya tiene decidido ordenarle que vuelva a los tres meses.

Antes de la partida, Urien, Alberte y Morganti, convienen con Sampayo que busque a López Rega y lo cite a una reunión urgente. El astrólogo promete que irá en un rato y le pide que vaya a avisar a los otros. Sampayo se va, confiado. Lopecito, lógicamente, nunca llega.

La delegada ha concluido su misión y debe volver a Madrid. Le explica a Bernardo que anda escasa de fondos y éste le da un cheque. Al día siguiente, trasciende que Isabel ha estado de compras en la joyería Ricciardi, la más prestigiosa de Buenos Aires.

Nada más distante de los propósitos de Alberte que importunar al General con estos pequeños contratiempos, pero el día de la partida, en Ezeiza, lleva aparte a López Rega y lo interpela, furioso.

martes, 30 de junio de 2009

A VECES, LA MUERTE NO EXISTE


Por Juan D. Perón

En 1993, Enrique Pavón Pereyra (1922 - 2004) publicó su libro Yo, Perón, escrito como si se tratara de las memorias dictadas por el viejo líder en 1974, durante los últimos meses de su vida. No sería raro que haya sido realmente así, puesto que Pavón Pereyra fue su biógrafo oficial (a pedido del propio Perón), lo que le llevó a realizar un registro exhaustivo de las visitas y conversaciones que al General le interesaba documentar.

De Yo, Perón hemos rescatado párrafos que contribuyen al esclarecimiento de aspectos poco madurados por la historiografía del último y breve gobierno de este ilustre patriota latinoamericano. Entre ellos, las relaciones con la Juventud Peronista y Montoneros; la legislación laboral y el sindicalismo o su vínculo con Licio Gelli, el ex premier italiano Giulio Andreotti y la logia P2.

En casi todos los textos —algunos casi predictivos, considerando que falleció el 1 de julio de 1974— brillan los
rastros de su incomparable genio político.


(...) Recuerden que la historia nunca se repite exactamente igual. Lo que primero es una tragedia, vuelve a la realidad como parodia. Si alguna vez llegase a haber otro golpe, el pueblo quedará tan derrotado que la vuelta constitucional servirá solamente para garantizar con el voto popular los intereses del imperialismo y de sus cipayos nativos.

(...) Si realmente tuviera la convicción de que la revolución se escribe con sangre, ya les hubiera dejado el camino expedito a los jóvenes, pero tengo miedo que la sangre que corra no sea exactamente la que ellos creen que debe correr, sino la de ellos mismos. Cuando digo esto, pienso en la infinidad de jóvenes que corren detrás de una consigna que creen revolucionaria, sin detenerse a pensar cuanto posee dicha consigna de carácter realmente popular.

(...) Soy consciente de que me queda poca vida. Bastante me han aguantado y bastante bien sobrellevo esta vida de tensiones que no elegí. Quisiera que antes de morir los argentinos se pongan de acuerdo en el camino a seguir.

(...) Cuando Gelli y Andreotti, vinieron a verme a Madrid para ofrecerme los servicios de la logia que comandaban, yo no sabía bien por que lo hacían, ni cuales eran sus intereses más profundos. (...) Ellos recuperaron el cuerpo de Evita como habían prometido, pero no me cobraron nada. (...) ¡Lógico, una vez en el poder me pasaron la factura! Pretendieron que la P2 manejase todo el comercio exterior del país. Les contesté: "¡Ni loco pago una deuda personal hipotecando la economía nacional!". Vicente Saadi que los conoce bien no me deja mentir. El tuvo siempre un contacto fluido con la logia y sabe cómo se manejan en todo lo referido a las deudas privadas.

(...) Asimismo, se reformó la ley de Asociaciones Profesionales. Esta ley tuvo sentido en tanto benefició a los organismos que trabajaban dentro de la ley para contribuir al mejoramiento social, como fue el caso de la CGT, perjudicando de manera expresa y taxativa las asociaciones que se reunían en forma velada para fines inconfesables y cuyas actividades no contribuían a la paz pública

(...) La juventud fue el nudo central de la discordia. No podía ser de otra manera, nueva gente motivada por nuevos avatares. Todo esto yo lo comprendí en su momento, pero como cualquier ser humano me confié. Creí primeramente que la realidad decantaría los excesos y que si la lucha era por el regreso de Perón, con el hecho consumado se aquietarían las aguas. Pero el proceso abierto fue un torrente que no cerraba sus compuertas (...) Primero comprobaron que yo no pactaría con ellos a espaldas del movimiento sindical.(..) Entonces la emprendieron con los dirigentes. Mataron a Rucci apenas había asumido en el poder. ¡Pero si parecen pagados por la oligarquía para desestabilizarnos!

(...) Hoy hablé con el pueblo, quizá por última vez. Por lo menos así, personalmente frente a frente y desde el balcón... Cada día que pasa lo siento como si fuese el último. ¡Con tantas cosas que necesita la Patria, este pobre viejo ya está pensando sólo en él y su circunstancia!

(...) Quizá tenga razón la gente que dice que por el imperio del destino, yo me he transformado en un ser colectivo, y por ello es que debo ser el único ser humano que espera la muerte con la convicción certera de saber que sobrevendrá de un momento a otro, inminente, impostergable. Por eso hoy me despedí de mi gente, de los grasitas de Evita, de los descamisados del pueblo, de los hacedores de la historia. (...) En esta última tarde, cuando regresé del balcón, advertí que no existe la muerte. No morirá jamás quien pueda sentir lo que yo sentí frente a mi gente. Yo sé que sólo Evita me entendería. Se que cuando alguien muere, desaparece del mundo de los vivos. Espero tener ese raro privilegio, del que goza Evita, de no morir, de permanecer como bandera en ese pueblo que tanto amamos, y al que yo me entrego —descarnado— acatando los designios de la Providencia.

miércoles, 24 de junio de 2009

HISTORIOGRAFIA Y CENTRALISMO


por Juan B. Alberdi

Grandes y pequeños hombres del Plata es una de las obras indispensables del tucumano Juan Bautista Alberdi. Fue publicada en París en 1912, cuando Alberdi ya había fallecido (en Nueilly-Sur-Seine, Francia, 1884).

En ella se desentrañan —con inteligencia e ironía— tres factores clave de nuestra historia en el siglo XIX: el carácter democrático de las montoneras y el caudillismo federal; el centralismo porteño y la manipulación de la historiografía por parte de la burguesía comercial porteña y en la pluma de su mayor exponente:
Bartolomé Mitre.

Hemos seleccionado algunos breves fragmentos referidos al unitarismo surgido de la revolución de mayo bajo el liderazgo de Bernardino Rivadavia—discusión que no se ha dado oficialmente con motivo de “los festejos del bicentenario”— y a la Historia de Belgrano mitrista —considerada de derecha a izquierda como fundacional de nuestra historiografía—, verdadero prototipo de falsificación ideológica del pasado nacional de los argentinos. (También recibe lo suyo Faustino Sarmiento, autor del prefacio a la obra en cuestión).


La revolución de mayo de 1810, hecha por la provincia de Buenos Aires, creó un gobierno provincial, creó el provincialismo, el localismo de Buenos Aires, que dura hasta hoy.

Al principio ese localismo aspiró a gobernar toda la nación; desconocido su derecho en nombre de la soberanía nacional, tuvo que reconocer la soberanía de cada provincia, en el mismo pie que la suya: de ahí los pactos interprovinciales de 1820.

A la aspiración de imponer la autoridad de su localidad a toda la nación, llamó centralismo, unitarismo; y sólo así quiso la unidad.

A la resistencia de la Nación, es decir, de las provincias a someterse al poder local de Buenos Aires, y a constituir un poder general común, central o unitario, llamó Buenos Aires localismo, federalismo. Desde Moreno hasta Mitre, no ha entendido Buenos Aires de otro modo la aplicación de los principios central y multíplice.

Así fue el unitarismo de Rivadavia, y por eso es el hombre de Buenos Aires. Mitre lo llama voluntad de fierro, genio sistemático, hombre de Estado genuino (...) La fuerza de Rivadavia, como la de Mitre, consistió en su debilidad; en no tener sistema; en ceder a la corriente de Buenos Aires y ser fuerte por ella y para ella.

¡Genio sistemático! En 1812 es tan republicano que quiere arrojar una botella sobre la cabeza de San Martín, al oírle hablar en favor de la monarquía: y dos años después va a negociarla a Europa.

En 1812, como secretario del Triunvirato, da un golpe de estado contra la Constitución sancionada por la Junta conservadora, cuerpo legislativo nacional, y disuelve a ese mismo cuerpo apoyándose en la autoridad de la municipalidad de Buenos Aires. Con ese poder local da un Estatuto provincial para toda la nación autoritariamente.

El gobierno de tres, hijo de sí mismo, abolió las juntas que representaban a las provincias, y se proclamó representante único de todas ellas, por la voluntad de la municipalidad de Buenos Aires. Enseguida echó de Buenos Aires a los diputados de las provincias que allí había. Enseguida de esos actos de revolución del localismo de Buenos Aires contra la Nación, va en busca de la unidad monárquica a Europa,

No consigue la monarquía, es decir, la unidad; y en 1820 vuelve a ser secretario del localismo de Buenos Aires y lo constituye en paño de la Nación hasta hoy.

Ese gobierno de una provincia representativo de toda una nación, que no asiste a su creación, es el sistema representativo que tiene a Rivadavia por autor en el Plata.

Para corolario de ese sistema representativo, mató los cabildos o municipalidades, que eran la representación tradicional del pueblo, en lugar de reformarlos, y los reemplazó por funcionarios impuestos al país por el gobierno: ¡como si los cabildos se pudieran resucitar!

(...) La revolución de mayo de 1810, hecha por Buenos Aires, que debió tener por objeto único la independencia de la República Argentina respecto de España, tuvo, además, el de emancipar a la provincia de Buenos Aires de la autoridad de la Nación Argentina o más bien el de imponer la autoridad de su provincia a la nación emancipada de España. En ese día cesó el poder español y se instaló el de Buenos Aires sobre las provincias argentinas. El tratado con España ha cerrado la revolución en ese sentido.

Fue una doble revolución contra la autoridad de España y contra la autoridad de la Nación Argentina. Fue la sustitución de la autoridad metropolitana de España por la de Buenos Aires sobre las provincias argentinas: el coloniaje porteño sustituyendo al coloniaje español. Fue una doble declaración de guerra: la guerra de la independencia y la guerra civil.

Esta apreciación no es arbitraria; es literalmente histórica y consta en todos los actos y documentos que forman la vida moderna de la República Argentina.

El 25 de mayo de 1810, el pueblo de Buenos Aires reemplazó el poder general del virrey por una junta a la que dio el mismo poder provisionalmente y en tanto que la Nación entera no mandaba diputados, que se convocaron para constituir un gobierno común, general y central.

Ese mismo día y en ese acto, el pueblo de Buenos Aires decretó una expedición a las provincias para proteger su libertad, la cual abrió la campaña antes que vinieran los diputados, sobre el Alto Perú, sobre Montevideo y el Paraguay: ella tenía dos objetos: destruir la conquista de España; fundar la de Buenos Aires en las provincias. Proteger la libertad de las provincias quería decir imponerles la autoridad de la Junta local de Buenos Aires, por la espada.

Mitre confiesa este sentido de la protección decretada. (Historia de Belgrano, T. I, pág. 380). Era la conquista, como la llamó Belgrano.

Ni Montevideo, ni el Paraguay, ni el Alto Perú así protegidos en su libertad, son hoy provincias argentinas.

Las que tuvieron que quedar argentinas por su situación topográfica, han soportado el protectorado intermitente de los ejércitos de Buenos Aires durante cincuenta años, y hoy mismo lo soportan. Es el mismo protectorado en favor de la libertad de las provincias decretado por el
pueblo de Buenos Aires el 25 de mayo de 1810 y repetido hasta 1862. Con razón quiere tanto Buenos Aires ese día, y con razón las provincias prefieren el 9 de julio, en que se emanciparon de España sin someterse a Buenos Aires.

Para Buenos Aires, Mayo significa independencia de España y predominio sobre las provincias: la asunción, por su cuenta, del vasallaje que ejercía sobre el virreinato en nombre de España. Para las provincias, Mayo significa separación de España, sometimiento a Buenos Aires; reforma del coloniaje, no su abolición.

Ese extravío de la revolución, debido a la ambición ininteligente de Buenos Aires, ha creado dos países distintos e independientes, bajo la apariencia de uno solo: el Estado metrópoli, Buenos Aires; y el país vasallo, la República. El uno gobierna, el otro obedece; el uno goza
del tesoro, el otro lo produce; el uno es feliz, el otro miserable; el uno tiene su renta y su gasto garantizado; el otro no tiene seguro su pan.

En el principio de la revolución sirvió de pretexto o de motivo a Buenos Aires para abrogarse toda la dirección del poder nacional, quitándolo a los pueblos, la impericia de éstos y el peligro de debilitar la acción revolucionaria delante del enemigo español. En nombre de ese enemigo, más de una vez los pueblos aceptaron el vasallaje y la arbitrariedad de Buenos Aires, como una necesidad de la revolución de la independencia.

Después que ese peligro, convertido en arbitrio ordinario, dejó de existir, Buenos Aires invocó otros del mismo género, para ejercer él solo el poder de toda la nación, revolucionariamente. Tal sucedió cuando la guerra del Brasil, cuando la cuestión francesa, y sucede hoy con motivo de la cuestión hispanoperuana.

De ese falso peligro exterior, Buenos Aires hizo un cuco con que acalló a las provincias y las hizo admitir en silencio su vasallaje, en nombre de la independencia de la patria.

En nombre de la independencia extranjera las ha tenido bajo su dependencia doméstica.

Esos dos motivos eran dos pretextos.

Si la centralización del poder era indispensable a la fuerza requerida por la lucha contra España, excluir a la Nación de toda intervención en su gobierno era el medio de centralizarlo.

Buenos Aires, a este respecto, confundía dos cosas diferentes: tomaba el poder de la nación, como el poder en muchas manos; y el poder de la sola Buenos Aires para toda la Nación, como el poder centralizado. Esto era un sofisma impolítico y pequeño. El poder de la Nación entera podía estar en un solo hombre, presidente, dictador o emperador.

La democracia, es decir, la soberanía del pueblo estaba salvada sólo con que el jefe supremo derivase en poder de toda la Nación y gobernase en su nombre y en su interés.

Si un congreso hablador y bisoño era un estorbo, no lo era su jefe único, elegido por la Nación en esa forma.

Pero Buenos Aires pretendía que no habría otro medio de centralizar el gobierno, para darle fuerza, que tomarlo ella sola en sus manos (estuviese en tres o en un individuo) y excluir a la Nación de toda participación en el gobierno hechura de Buenos Aires.

Si la exclusión de la Nación de toda participación en su Gobierno era necesaria para su salvación, ¿en nombre de qué principio se hacia la revolución? ¿Cómo ni para qué hacer independiente a una nación incapaz de gobernarse por sí? ¿Cuál era, entonces, la democracia, la soberanía nacional, en cuyo nombre se erigía el gobierno de Mayo? ¿Era sólo el pueblo de Buenos Aires capaz de ejercer su soberanía y su independencia? Esto era decir que el resto del país debía seguir en la condición de colonia no ya de España, pero sí de la metrópoli porteña.

Por extraordinario e increíble que esto parezca, esto sucedió desde el principio de la revolución y esto sucede hasta hoy mismo. El modo de disfrazarlo ha cambiado con el tiempo; pero el hecho disfrazado es más menos el mismo. Los pretextos se suceden a los pretextos según las circunstancias y los tiempos; pero Buenos Aires no sale de su 25 de mayo, es decir, de la idea de un gobierno de Buenos Aires elegido por la sola Buenos Aires para gobernar toda la Nación y en el interés exclusivo de Buenos Aires (sin perjuicio del gasto indispensable para el sostén de la colonia, para la mantención del esclavo, para la nutrición de la bestia productora, bien entendido).

No hay un libro de historia, no hay un documento de la revolución, que no contenga la prueba de esta verdad, si se leen con otros ojos que los de Buenos Aires. Desde la acta capitular del 25 de mayo de 1810, hasta el tratado con España de 1863; desde la primera historia hasta la de Mitre, todas demuestran que la revolución no fue otra cosa que la destrucción del poder español y la creación en su lugar del de Buenos Aires en las provincias.

PARASITISMO REPUBLICANO

Raspail encontraba en el parasitismo (raza de animales que viven en el hombre y del hombre) el principio de las enfermedades que lo destruyen y matan. Si esta teoría no es verdadera en el hombre, ella es de la más alta verdad aplicada a la explicación de los males que afligen al cuerpo social de las repúblicas de América.

Ellas son víctimas de un parasitismo o raza de nulos, que viven de la vida póstuma de los muertos ilustres. Eso no es nuevo en la historia de las aristocracias y de las monarquías. Eso constituye, al contrario, casi su esencia; el poder de los hijos tiene por pedestal la gloria de sus padres, y, por esa ley, un solo grande hombre hace otros tantos hombres ilustres, de cuantos sucesores llevan su nombre.

Pero es raro que de ese hecho, de que es una protegía la república, es decir, la igualdad, según la cual vale cada uno según su capacidad, cada capacidad, según sus obras; es raro que el parasitismo renazca desfigurado en las entrañas de la república misma.

Así, Balcarce vive de los apellidos de su familia; Saavedra no tiene otro título. Mitre carecía de padre célebre y Belgrano carecía de hijo; Mitre entonces se apoderó de Belgrano y se constituyó su hijo adoptivo escribiendo su vida y haciéndole su hombre y su propiedad. Desde entonces quien dice Belgrano dice Mitre por más que Mitre no signifique Belgrano.

Salidos de un origen los parásitos se confunden y atraen con afines en el saco de celebridad.

Si Mitre se ha parado sobre la estatua de Belgrano para hacerse visible, Sarmiento se para encima de Mitre, o sobre los dos, con la misma mira. Como en sus Recuerdos de Provincia, se ha colocado sobre un grupo. Como hijo de los Andes ama las alturas. Allí, hace de su familia una Columna de Vendóme, y se coloca él a su cabeza, como la estatua de Napoleón. En esa columna hace figurar al Deán Funes, que murió de ochenta años, como descendiente de Sarmiento en tercera línea.

Habiendo dicho él que Belgrano no era un grande hombre. sino un grande espejo. Mitre se ha parado delante de ese grande espejo, vestido con "las armas del guerrero", y se ha puesto a hacer evoluciones militares para lucir su figura. Belgranizado en su espejo, ha vuelto a dar las batallas de Vilcapujio y Ayohuma, pero dejando a su héroe entre los vencidos por ineptos.

En el espejo en que se mira toda una época, bien podemos mirarnos a la vez los dos que no somos sino dos acontecimientos, dijo Sarmiento, y se puso a su lado. Así es empleado el lustre de Belgrano; como espejo de Sarmiento y Mitre, como instrumento de su vanidad. De su estatua hacen su pedestal, y no se paran en ella sino para hacerse visibles.

Y para recomendarse a sí mismos, sus hechos, su época, rebajan a Belgrano, lo presentan como su inferior, por el lado de sus pretendidos defectos.

En lugar de elevarse a las virtudes y calidades de Belgrano, imitando su modestia, rebajan al héroe a su nivel de ellos, critican sus faltas, publican sus procesos, hablan de sus flaquezas y defectos, para mostrarse ellos superiores en saber militar, en política, en energía de hombres de Estado.

El general Mitre, que ha usado mas de veinte escarapelas, combatiendo, por la pluma y por la espada, para vivir, en países que no eran su país, por causas que no eran su causa, por cuestiones en que era extranjero y no tenia más interés que el del salario que recibía por su intervención mercenaria; Mitre, peleador de las guerras civiles de Montevideo, Bolivia, Chile, República Argentina, etc., se compara con Belgrano, figura simple, grave, honesta, dignísima, siempre ilustrada por sus servicios en la gran guerra y en la grande época de la Independencia de América.