miércoles, 9 de septiembre de 2009

RESISTENCIA E IDENTIDAD DE CLASE

por Taller de Historia Desde Abajo

Podemos decir que, en 1955, se inaugura el terrorismo de Estado en el siglo XX.

Las represiones a la clase obrera en la Semana Trágica de enero de 1919 y los fusilamientos de los peones rurales de la Patagonia en 1921, no fueron ni menos sanguinarias ni menos inmorales. Sin embargo, fueron dirigidas contra fracciones de la clase obrera en lucha por sus reivindicaciones, no contra el conjunto de los trabajadores. Se fusilaba a unos y se negociaba con otros que en ocasiones se beneficiaban con la negociación.

Esas represiones no produjeron el quiebre de la legitimidad política a la dominación de clase, el régimen político continuó como antes de la represión.

Hasta la “Fusiladora” ningún quiebre de la legalidad, por parte de la clase dominante, había requerido la aplicación de la violencia asesina contra la población civil en forma indiscriminada. Esta violencia estaba, ahora, dirigida contra el conjunto de la clase obrera y el pueblo.

El Estado debía disciplinar a las clases subordinadas para imponer un nuevo modelo de acumulación y esto solo podía lograrlo a través del terror.

La conducta de Perón y de la CGT están registradas por el general Franklin Lucero, en sus memorias que tienen el sugestivo título de El Precio de la Lealtad.

Lucero relata que, conocida la decisión de Perón de no presentar combate a los insurrectos, convocó al secretario general de la CGT, Héctor Hugo Di Pietro, a una reunión para evaluar la situación. Textualmente relata: “...el dirigente sindical se expresó (...) ‘si esta es la resolución que ha tomado el General Perón, los trabajadores hemos hecho siempre lo que Perón quiere’. Acto seguido se retiró de la reunión”.

La etapa que se abre con el sangriento golpe de Estado de 1955 no significa la paz al interior de la burguesía Argentina. Comienza una intensa puja entre sus diferentes fracciones por la construcción de un nuevo bloque de poder.

A este período, que culminará en 1975/76, podemos definirlo como crisis de hegemonía (conducción ético/política) en el seno de las clases dominantes. Crisis que involucra al conjunto de la sociedad. No existe ninguna fracción de la burguesía que hegemonice al conjunto de la clase dominante ni esta ha logrado la conducción ético-política de las clases subordinadas.

Los mecanismos institucionales que actúan como velo encubridor de la dominación de clase, han perdido su legitimidad por :

a) La proscripción del movimiento político mayoritario.
b) Por lo anterior, la crisis de representatividad de los partidos políticos que, en la Junta Consultiva, han avalado la violación de sus propios postulados.
c) El grado de violencia que ha sido —y continúa siendo— necesario para modificar las políticas del Estado.

Esto no implica que el frente antiperonista no haya logrado aglutinar tras de sí a la mayor parte de las fracciones de pequeña burguesía.
Los trabajadores están solos, pero una clase obrera que ha impedido a su propio gobierno firmar acuerdos que atentaran contra sus condiciones de trabajo, no aceptará resignadamente la ofensiva brutal que se inicia contra sus derechos.

La Primera Resistencia Peronista (1)

En 1955, las estructuras políticas del movimiento peronista, desarrolladas en fusión con el Estado, se han derrumbado sin resistencia.

La realidad objetiva de fractura del peronismo original y la incapacidad de la dirigencia tradicional del movimiento para encabezar la lucha contra la proscripción política y social de los trabajadores, son la base sobre la que se va a construir una nueva visión del peronismo a partir de esta primera Resistencia.

Señala Ernesto Salas: “Todo parece demostrar un quiebre entre las nuevas estructuras organizativas y lo que el peronismo significó en las estructuras de gobierno (...) Los comandos de la resistencia comenzaron a organizarse inmediatamente de producido el golpe militar y conformaron el nuevo peronismo en la clandestinidad. Constituyeron una unidad junto a la activa reorganización sindical. Pero esta reorganización del peronismo, que comienza a constituir el naciente movimientismo es, inicialmente, una ruptura con el peronismo anterior”. (2)

¿Qué significa esta ruptura? Que no es sólo organizativa.
Significa que, en la realidad objetiva y en la percepción de muchos militantes, se ha roto la alianza de clases. La clase obrera se encuentra sola en la defensa de sus condiciones de vida y de trabajo; aunque no por ello abandona su identidad política.

El peronismo comienza a perder su significado como expresión de una alianza de clases. Empieza a resignificarse como una nueva identidad de los trabajadores, y de los “auténticos” peronistas.

Dice Mónica Peralta Ramos: “(…) la clase obrera será la única clase que se reconocerá políticamente en ese movimiento, que lo reivindicará como experiencia de gobierno que permitió la satisfacción de sus necesidades más elementales y luchará consecuentemente desde el golpe del ‘55 para reeditar esa experiencia”. (3)

La expulsión del gobierno peronista había requerido del asesinato masivo de civiles; la modificación de los ritmos de producción; la ocupación violenta por fuerzas militares de las fábricas “conflictivas” y la detención de delegados. Los barrios obreros reconocidos como peronistas eran “visitados” cotidianamente por tropas del ejército y de la infantería de marina.

Entonces, en términos objetivos (más allá de la voluntad de sus protagonistas), el conflicto político peronismo-antiperonismo quedaba planteado en estos términos:

a) Localizado en las fábricas y barrios obreros, como un enfrentamiento de clase.
b) Como un enfrentamiento que, hasta 1958, no reconoce ninguna mediación institucional.

Los trabajadores sólo tenían ante sí, en esta “Primera Resistencia”, la violencia de un Estado que pretendía modificar sus condiciones de vida y de trabajo. La conciencia de que el peronismo comienza a ser una identidad de clase, aparece ya en los primeros protagonistas de la misma.

César Marcos escribía el 24 de febrero de 1956: “(…) el Partido Peronista (…) la realidad Argentina de hoy le impone nuevas tareas y responsabilidades que no pueden ser abarcadas ni sostenidas con la primitiva estructura orgánica, ni por sus antiguos cuadros partidarios hoy virtualmente inexistentes (...) El Comando Nacional Peronista proclama que la masa trabajadora, los de abajo, los que hoy forman este movimiento (...) jamás fueron vencidos (...) A nosotros no se nos dejó intervenir. Y cuando quisimos intervenir en defensa de Perón, ya estaba todo terminado. Nos engañaron y nos traicionaron (...) El peronismo no es ni será fácil y propicia carne de cañón para uso de politiqueros con ventaja ni golpistas precipitados y ambiciosos.”

Para que esta percepción de la realidad pudiese transformarse en acción política eficaz e ir más allá de la denuncia, los trabajadores debían tener una evaluación de las causas de la derrota de su gobierno y herramientas políticas para superarlas, que no poseían.

En 1945, aprovechando la división de la clase dominante y el Ejército, habían volcado la relación de fuerzas a su favor. En 1955, eran los únicos peronistas dispuestos a resistir; pero estaban sin aliados, ni herramientas políticas para hacerlo.

La resistencia obrera a la “Fusiladora” se da en dos niveles:

1) La resistencia espontánea frente a las medidas que agreden las condiciones de vida.
2) La resistencia concreta a la ofensiva patronal (que pretendía modificar las condiciones de trabajo en la fábrica).

Esta resistencia a lo que se visualizaba como la “revancha” de los patrones, tiene como sustento en la conciencia de los trabajadores lo que es considerado “justo”.

Esta noción de justicia está construida por la experiencia vivida durante el gobierno peronista. La defensa de las condiciones de vida anteriores al golpe están estrechamente ligadas a la defensa del patrimonio nacional. Los acuerdos con el FMI, las devaluaciones y el fin del control del comercio exterior, repercuten directamente sobre la capacidad de consumo de los trabajadores y los sectores de menor consumo.

La identificación entre la defensa de los logros del gobierno peronista y la defensa de las condiciones de trabajo a nivel de fábrica, comenzará a producir una síntesis —no claramente formulada— entre nacionalismo económico y un fuerte contenido de clase.

La lucha de la clase obrera contra su doble proscripción social y política, impide al régimen político su institucionalización. También lleva a esta clase a una progresiva contradicción con la fracción burguesa del peronismo; con la que, sin embargo, permanece unida en la lucha por sus derechos democráticos proscriptos.

La lucha compartida por sus metas democráticas, lleva a los trabajadores a un doble frente de lucha; el que se libra al interior del peronismo por su conducción y el que los enfrenta con el antiperonismo.

El contenido de clase de la antinomia peronismo-antiperonismo lleva, en muchos casos, a identificar a las fracciones burguesas del antiperonismo con la burguesía en general. Esto diluye la visión de los puntos de coincidencia y contradicción con las fracciones burguesas del peronismo y de las condiciones en que se ha dado —y se da— la alianza con ellas.

A partir de 1958 luego del Pacto Perón - Frondizi, va a comenzar a surgir, en sectores de la militancia, la “lealtad” al “verdadero” peronismo como identidad política.

Identidad diversa en su contenido, pero reconocida como identidad de los trabajadores. “El movimiento éramos los laburantes, los peronistas de verdad: los únicos que luchaban por Perón. Todos los que luchaban, votaron en blanco. Mi viejo decía: ‘Esa orden de votar a Frondizi es mentira’”. (José Paz, militante de la Resistencia y sindical hasta la década del ‘90).

La figura de Perón y la reivindicación de su gobierno son los puntos de unidad.

En setiembre de 1957, de la alianza del peronismo gremial con los comunistas, surgen las 62 Organizaciones Gremiales, que declaran huelgas de 24 y 48 horas en setiembre y octubre de ese año.

Convocado por la seccional Córdoba de la CGT (dirigida por Atilio López), se realiza un congreso de seccionales de la central obrera y de las 62 Organizaciones, donde se elabora el programa de La Falda —a fines de 1957—, que ya establece claras rupturas con las propuestas del peronismo original.

NOTAS:


(1) Consideramos al período 1955/ 68/69 como de Resistencia. Para referirnos al período 1955/58 hablamos de “Primera Resistencia” como la llamó César Marcos (marxista autodidacta; dirigente de la Resistencia Peronista junto a John William Cooke a partir de 1955)

(2) Mónica Peralta Ramos,“Acumulación de capital y crisis política en Argentina (1930 - 1974)” Siglo XXI Editores México 1978.

(3) Ernesto Salas, “La Resistencia Peronista: la toma del frigorífico Lisandro de la Torre”. Centro Editor de América Latina 1990.