sábado, 29 de agosto de 2009

DOS TEXTOS

Retrato de César Tiempo de Manuel Eichelbaum, reproducido en un frontis.
(Ejemplar con dedicatoria autógrafa al poeta argentino Augusto González Castro).


Por César Tiempo

Es imposible reseñar, en este breve espacio, los aportes de César Tiempo al horizonte nacional de la literatura argentina. En su obra —que recorre desde el panfleto y la práctica periodística, hasta la dramaturgia y el guión— hay una ingeniosa ironía expresada con rasgos de metáfora.

Para los cinéfilos, su nombre está indisolublemente ligado a uno de los filmes más complejos y secretos del cine argentino:
El ángel desnudo (1946), donde adaptó un texto de Arthur Schnitzler para el genial (como tantos otros, desapercibido para la crítica) Carlos Hugo Christensen, con quien colaboró en otras veinticuatro películas.

Israel Zeitlin —según el Registro Civil— nació en Ucrania en 1906 y tal vez esto colaboró con su comprensión de lo nacional, como algo distinto de un mero accidente de nacimiento. Así lo puntualiza en uno de los textos que ofrecemos a continuación, en el que refuta la afirmación de cierto “grafómano con agua en las venas y en la cabeza, doctorado en la Universidad de la maledicencia y dopado de resentimiento” (Tiempo dixit) que, alguna vez, tildó a Gardel de “meteco”.

(También decía de Gardel que: “... sonreía con su dentadura de piano a cuyas teclas acaban de pasarle la gamuza”; “... si regresaba tarde a su casa era porque se quedaba dándole cuerda a la luna”; “... prefería ser isla a ser agua”).

Tampoco le fue ajeno el compromiso político. Entre 1952 y 1955 fue director del suplemento literario del diario
La Prensa —adquirido por el gobierno de Juan Domingo Perón para la CGT— y, entre 1973 y 1975, se desempeñó como director del Teatro Nacional Cervantes.

El segundo texto es, precisamente, un recuerdo de su gestión en
La Prensa, según lo reprodujo Osvaldo Soriano en el diario La Opinión. Allí hay un nuevo testimonio de la asfixiante burocracia que se entronizó sobre el movimiento peronista por aquellos años.

Los dos escritos fueron tomados de la excelente antología
Buenos Aires esquina Sábado, compuesta y anotada por Eliahu Toker.


Texto 1: Llamaron meteco a Gardel

En lo que hace a su condición de meteco, que es el nombre con que se designaba a los extranjeros en Atenas, la alusión peyorativa puede convertirse en elogio si tenemos en cuenta que el chiquilín a quien su madre engañada por un truhán trajo desde la antigua capital del Languedoc, asimiló rápidamente nuestra habla y nuestro tono y le dio punto y raya a todos los cantores habidos y habientes, nacidos en nuestro medio.

No todo el mundo tiene la suerte de nacer donde quieren los que lo critican. Recuérdese que Cornelio Saavedra, el primer Presidente de la Junta de Mayo, de cuyas ideas podrá disentirse pero cuyo patriotismo nadie puede poner en duda, nació en Potosí, vale decir que sería paisano del gran Eduardo Wilde, que nació en Tupiza —hoy serían bolivianos los dos— e hicieron por nuestra patria más que muchos argentinos fachendosos y protuberantes, encaramados a la posteridad.

Ya dije más de una vez reaccionando contra el estúpido anatema, que en un país de aluvión como el nuestro no existen más extranjeros que los que vienen a llenarse las talegas y se van para no volver, pero puedo citarles centenares de millares asimilados con su obra, su esfuerzo y su talento al país de adopción y nombro entre ellos a dos personalidades hechas pueblo: el catalán Blas Parera, autor de la música del himno nacional argentino, y el uruguayo Gerardo Helvecio Mattos Rodriguez, autor de “La cumparsita”, el himno nacional rioplatense. Yo me siento orgulloso de reconocerlos argentinos.

Por otra parte nacer argentino, como nacer francés, italiano, ruso, yugoeslavo, español o guatemalteco es un acontecimiento del que no participa la voluntad y no confiere al beneficiario otras prerrogativas que las que podrá obtener oportunamente con su talento si lo tiene, y con su obra si la realiza.

Nacer argentino es un honor, efectivamente, pero ser argentino, es tener conciencia de que el individuo es indivisible de la dignidad del país. Porque uno es el acto de nacer, que pertenece a la fisiología, y otro el de ser, que pertenece al espíritu y a la razón. Uno el acto de crecer por fuera, como una casa de departamentos, y otro el de crecer por dentro metafísicamente. Uno ser y otro llegar a ser.

Joseph Kessel, nacido en una chacra entrerriana de Villaguay, en la provincia de Entre Ríos, y hoy miembro de la Academia de Francia, es francés por donde lo busquen. Carlos Gardel, nacido en Toulouse, es más argentino que la gauchada y tan porteño como Julián Centeya, que nació a orillas del Arno, en Parma, la Parma luminosa de Verdi y de Toscanini, y llegó a Buenos Aires en el umbral de la adolescencia para cantarle su amor a la ciudad que nunca fue madrastra para él, asimilando para siempre su lengua canera, descalza y sin gorra y convirtiéndose en un traficante de nubes, hermano de Manzi y de Discepolín.


Texto 2 - Obsecuencia


Volví a Buenos Aires en 1951 e hice periodismo en varios diarios hasta que en 1952 empecé a dirigir el suplemento de La Prensa que había sido absorbida por la CGT. Allí estuve hasta 1955.

Me aguanté el resentimiento y el odio de todas las fuerzas liberales, pero me di el gusto de hacer un buen suplemento.

No me obligaron a afiliarme, llevé como diagramador a un comunista. Publiqué a (Salvatore) Quasimodo, a (Pablo) Neruda, a Gabriela Mistral, a Amaro Villanueva, que era candidato a gobernador de Entre Ríos por el Partido Comunista.

Un día me llamó (Jorge) Osinde, que era jefe de Coordinación Federal, para decirme que yo había convertido a La Prensa en un órgano comunista. Le contesté que era lo convenido con el general (Juan Domingo) Perón, que él quería una apertura hacia todas las corrientes ideológicas y qué sé yo.

Era mentira, claro. En 1953 Perón fue a Chile y yo viajé con él por La Prensa. Fui a verlo a Neruda, que estaba internado en un hospital, y éste me pidió que le consiguiera una entrevista con Perón. Se encontraron y a raíz de eso Neruda me dió los poemas de las Odas elementales para publicar.

Los poemas levantaron una polvareda bárbara. Me acuerdo que una vez me hicieron parar las máquinas a las tres de la mañana por un poema de Neruda. Vino el presidente del directorio en persona. Yo le dije que era órden del general y santo remedio.

En aquel tiempo, en el peronismo estaba en onda un término para rechazar a la gente que no interesaba, “No corre”, atribuido caprichosamente al general. A mi me parecía que era puro grupo, así que empecé a usar lo contrario, “corre por orden del general”, y todo iba bien. A nadie se le ocurría preguntárselo.

En esa época llegó mucha gente, obreros, sindicalistas, que traían poemas apologéticos a Perón para que se publicaran, pero nunca los dejé correr.

domingo, 23 de agosto de 2009

LOS ORIENTALES Y LA CONCIENCIA NACIONAL

por Luis A. de Herrera


Luis Alberto de Herrera es la figura central del nacionalismo popular latinoamericano en el Uruguay, de matriz campesina y liberal. A lo largo de su extensa vida, supo dar batalla en todos los frentes posibles: desde nutrir la vía insurreccional en 1896, 1897 y 1904, hasta consolidar la posición electoral del Partido Blanco (al que presidió —por casi cuarenta años— hasta su muerte, en 1959). También ejerció el periodismo y creó su propio diario, El Debate. Presentó seis veces su candidatura presidencial y se desempeñó como legislador y diplomático.

Pero, sobre todo, es de fundamental importancia señalar, como escribe
Alberto Methol Ferré, “una dimensión del viejo caudillo, arquetipo del ‘gauchi-doctor’, que por lo común se ha escamoteado o simplemente ignorado. Herrera fue también un intelectual con toda la barba, aunque él no profesara mayor afecto a los ‘intelectuales’, ni éstos dejaran de menospreciarle. Sin embargo dejó más de veinte libros, directa e indirectamente vinculados a la vida del país. Indispensables para una cabal comprensión del proceso histórico oriental”.

En estos fragmentos de una de sus principales obras,
El Uruguay internacional de 1912, aparece nítidamente la preocupación del autor por el autodesprecio de su pueblo. Esto es, el desdén por los rasgos originales de la patria de Artigas —su historia y proyecto nacional— y la simétrica fascinación por Europa.


Sin armonía doméstica será estéril el ensayo de una gran política internacional. Ni los hombres ni los pueblos, en suma, son fuertes cuando avanzan en el desconcierto. Nada muerde los anhelos superiores con más eficacia que la discordia. No hay empresa que resista a sus disoluciones.

(...) Por eso vale el credo de la concordia. No basta decretar ideales. Si el alma popular no los refrenda, su valor no excede el escaso de las teorías. Y para que los ideales vibren, es impuesto crear las grandes armonías efectivas, su asiento.

Los orientales necesitamos, en primer término, fortificar la conciencia nacional. La patria es la tradición dando cosechas. Si en vez de entregar nuestra atención a las ajenas epopeyas, embebido en el drama extraño, al que nada nos identificó, cuando vibraba bajo los ojos, palpitante, el propio, hubiésemos dirigido nuestra pesquisa en el sentido nacional —más Sarandi y menos Austerlitz— estaría en la actualidad mejor afianzado el sentimiento nativo.

La vida no se compone sólo de fechas iluminadas. El conocimiento exacto de los capítulos sombríos nos será, lo repetimos, tan ventajoso como la belleza de los tiempos serenos. En este concepto, como en tantos otros, hemos diluido demasiado nuestra personalidad. Los huesos fracturados se sueldan con sus propios jugos. Cada cuerpo es un laboratorio; se afirma que no hay enfermedades sino enfermos. ¡Si tendrá aplicación este criterio en presencia de los organismos complicadísimos que se llaman naciones!

La mejor fórmula para curar nuestros males la daba el medio, nuestro empirismo. La sensatez aconsejaba poner el oído sobre los sucesos locales; recoger sus rumores, como hiciera antes el rastreador, insustituible, en los despoblados.

La proscripción sistemática del tema histórico, alejó a los entendimientos de un plano espiritual muy útil. La ausencia de firme orientación crítica invitó a juzgar al país al través de afiebrados exclusivismos. Fuera de nuestro campo de convicción nada era bueno; sólo apostasía y crímenes.

(...) Lozano el sectarismo, calculado su fomento, no hay actitud pública libre de su contagio.

Carece el ejército de la característica fundamental exigida por su estatuto: no es nacional. (...) Interesa mucho a los gobiernos de círculo el aislamiento moral del soldado. A cada instante exhíbense los efectos de la gran aberración. Todo se condensa en esta dolorosa evidencia; a la espalda del ejército no vibra, unificado, el entusiasmo nacional. ¿A quien puede interesar el porvenir de una institución sólo montada para la guerra civil?

(...) Sin base de sufragio, la vida pública se adultera, ausente el elemento que funda el orden. Por cierto que así es posible hacer gobierno, pero sin alas. También el buque tumbado navega...

¡Pobre opinión pública, condenada al eterno anhelo de un bien que no alcanza; pobre ejército, obligado, por pundonor, a amparar el exceso; pobre diplomacia, limitada a pesquisar insurrecciones; pobres oposiciones, sin campo institucional para sus esfuerzos!

Todo lo puede el círculo; nada puede la soberanía. Excomulgados núcleos discrepantes, sólo hay en nuestro medio una sola manera de figuración oficial: entregarse al régimen, obtener su afecto. A la suavidad de formas, solo decorada la burla democrática, va correspondiendo una moral política acomodaticia, pregonada, con vigoroso desplante, por muchas unidades recién llegadas a la ciudadanía. El desvío mayor engendra el menor: la prepotencia invita a los entregamientos totales, mucho más así en medio reducido donde las oligarquías —planta grande en maceta chica— dilatan sus filamentos a todos los extremos.

(...) El bienestar económico, de perfil tan prosaico, concurre, en primera línea, a fundar la robustez internacional. Bastarse a sí mismo es consejo sabio que da la vida a los que empiezan la jornada. Aunque murmure quejas al romanticismo, tan cómodo para disimular debilidades, pensemos mucho en el mejor modo de asegurar y extender nuestra prosperidad material.

(...) Faltaría averiguar si el régimen de los teoricismos, aplicado a lo ajeno y a lo propio, le ofrece al país las unidades laboriosas y equilibradas que su presente exige. Pensamos que no. Los doctrinarismos con que se agobia a las imaginaciones tiernas perturban el desarrollo natural de las ideas, deformando el concepto de la vida local.

(...) El mismo impulso nos condujo a ignorar las virtudes de las poblaciones de tierra adentro, crueles con nuestros varoniles paisanos, tallados en hermosa madera. Gauchos, se repitió, sin templar con una intención de equidad la rudeza del término y con olvido de que en ellos puso su mayor origen nuestra estirpe: gaucha es la entraña de la patria y nosotros, sin sospecharlo a veces, su expresión más o menos acusada.

Intensifica aquella tendencia exagerada el abuso de las ideas generales, parecidas a las hojas muy afiladas en que ellas suelen cortar a la mano inhábil que las esgrime.

Nada más alevoso que las verdades inconclusas, sobre el papel, si comprendidas a medias. Y bien, las multitudes tendrían siempre que entenderlas así, mutiladas, vistas sus luces y no sus penumbras.

(...) Las fiebres libertarias nunca nos ayudarán a encarrilar nuestro patriotismo. Son ciudadanos del Uruguay y no ciudadanos del mundo los que afianzarán los derechos de la República.

Visible la dispersión de ideales que vivimos, más preocupados de las complicaciones ultramarinas que de las nuestras.

(...) Hijos de un país pequeño y nuevo, no debemos olvidar los orientales las leyes de la proporción, referidas a los vecinos enormes como al imperio moral creado por las civilizaciones excelsas. Concentremos nuestra voluntad en el propio taller; pongamos nuestra inteligencia, sobre todo, en el tema doméstico. Pasión y brazo al servicio de la causa nacional, parte minúscula, pero parte, al fin, de la epopeya humana. No haríamos poca hazaña contribuyendo con el testimonio de nuestra dicha, labrada despacio, a acrecer, con un grano de arena, los grandes saldos morales.

Debajo de las miserias que pretenden monopolizar el escenario, viene creciendo una vigorosa modalidad, otra piel. Ya el duelo entre hermanos a nadie contenta. Asistimos a la clausura de un capítulo.

(...) Para apurar el luminoso despertar deben unir su esfuerzo todos los ciudadanos sinceros, tendiéndose la mano por encima de barreras convencionales, unificados por la pasión nacional.

martes, 18 de agosto de 2009

GUERRA Y NACION

por Juan B. Alberdi

El 29 de marzo de 1865, la República Argentina, presidida por Bartolomé Mitre, le declaró la guerra al Paraguay de Francisco Solano López. Detrás de la injustificable y criminal decisión estaban Inglaterra y el Imperio del Brasil, así como el obediente Partido Colorado de la Banda Oriental.

Juan Bautista Alberdi fue considerado un traidor por oponerse tenazmente a lo que llamó la "Guerra de la Triple Infamia". Años más tarde explicaba su posición al escritor Ernesto Quesada, en estos términos: “(...) los hombres de Buenos Aires se enfeudaron a la política brasilera, y fomentaron la revolución Oriental de Flores, el escándalo de Paysandú y terminaron con el tratado de la triple alianza para arrasar al Paraguay y obligar a las provincias, so capa de la guerra internacional y merced al estado de sitio, a someterse a la política porteña. Consideré tal guerra como el más funesto error histórico y la mayor calamidad para nuestra nacionalidad: por eso la combatí desde el extranjero, como lo hicieron Guido Spano y la mismo Navarro Viola, que como verdadero patriota, debía mostrar a nuestras provincias el abismo que conducía tan monstruosa guerra, contraria a los intereses verdaderos de Plata y que solo serviría al Brasil para debilitar a sus linderos del Sud, consolidar su influencia agresivamente imperialista y legalizar sus usurpaciones territoriales...

En 1872, bajo la profunda impresión que le produjo la destrucción paraguaya, escribió El Crimen de la Guerra, de donde proviene el texto que ofrecemos a continuación.

Seguidamente, puede leerse un fragmento del prólogo escrito para dicha obra por Alfredo Palacios, en la publicación de la editorial Luz del Día de 1957. Prólogo éste donde se califica, con justicia, al genial tucumano como el “fundador del derecho internacional iberoamericano”.


Lo que podemos decir, por nuestra parte, es que la libertad que los presidentes (Bartolomé) Mitre y (Faustino) Sarmiento han servido por la guerra contra el Paraguay, cuesta a la República Argentina diez veces más sangre y diez veces más dinero que le costó toda la guerra de su independencia contra España y que si esta guerra produjo la independencia del país respecto de la corona de España, la otra está produciendo la enfeudación de la República a la corona del Brasil.

En cuanto a la libertad interior nacida de esas campañas, su medida entera y exacta reside en este simple hecho: el autor de estas líneas es acusado de traición por el gobierno de su país, por los escritos en que ha condenado esa guerra y ha probado que no puede tener otro resultado que el de desarmar a la República de su aliado natural y servir al engrandecimiento de su antagonista tradicional, que es el imperio del Brasil, único refugio de la esclavatura civil en América.

El autor se ve desterrado por los liberales de su país y por el crimen de que son cuerpo de delito sus libros; por haber defendido la libertad de América en el derecho desconocido a una de las Repúblicas, por un imperio mal conformado, que necesita destruir y suceder a sus vecinos más bien dotados que él, a unos como aliados y a otros como enemigos. Para las Repúblicas de Sud América, tan hostil es el odio como la amistad del imperio portugués de origen y raza.

Si no fuese que ellas son buscadas y arrastradas por el imperio a la alianza que las convierte en su feudo, lejos de buscar ellas al imperio, se diría que están más atrasadas en política que los indios que ocupan sus desiertos. Pero es la verdad que el Brasil las arrastra cuando parece que es impelido por ellas y que ellas ceden cuando parecen impulsar y solicitar. Obediente a la corriente de los hechos, Mitre no ha podido no buscar al Brasil.

La guerra en Sud América, sea cual fuere su objeto y pretexto; la guerra en sí misma es, por sus efectos, reales y prácticos, la anti-revolución, la reacción, la vuelta a un estado de cosas peor que el antiguo régimen colonial: es decir, un crimen de lesa América y lesa civilización.

La guerra permanente cruza de este modo los objetos tenidos en mira por la revolución de América, a saber:

Ella estorba la constitución de un gobierno patrio, pues su objeto constante es cabalmente destruido tan pronto como existe con la mira de ejercerlo, y mantiene al país en anarquía, es decir en la peor guerra: la de todos contra todos.

La guerra disminuye el número de la población indígena o nacional, y estorba el aumento de la población extranjera por inmigraciones de pobladores civilizados: no se puede hacer a Sud América un crimen más desastroso.

Despoblarla es entregarla al conquistador extranjero. La guerra es la muerte de la agricultura y del comercio; y su resultado en Sud América es el empobrecimiento y la miseria de sus pueblos; es decir, fuente de miseria, de pobreza y debilidad.

La guerra aumenta la deuda pública, y sus intereses crecientes obligan al país a pagar contribuciones enormes que no dejan nacer la riqueza y el progreso del país.

La guerra engendra la dictadura y el gobierno militar, creando un estado de cosas anormal y excepcional incompatible con toda clase de libertad política. La ley marcial convertida en ley permanente, es el entierro de toda libertad.

La guerra compromete la independencia del Estado inveterado en sus estragos, porque lo debilita y precipita en alianzas de vasallaje y de ruina, con poderes interesados en destruirlo.

La guerra absorbe el presupuesto de gastos, deja a la educación y a la industria sin cuidados, los trabajos y empresas desamparados, y todo el tesoro público convertido en beneficio permanente de una aristocracia especial compuesta de patriotas, de liberales y de propagandistas de civilización por oficio y estado.

La guerra constituida en estado permanente y normal del país, pone en ridículo la república, hace de esta forma de gobierno el escarnio del mundo.

En una palabra, la guerra civil o semi-civil, que existe hoy en Sud América erigida en institución permanente y manera normal de existir, es la antítesis y el reverso de la guerra de su independencia y de su revolución contra España.

Ella es tan baja por su objeto, tan desastrosa por sus efectos, tan retrógrada y embrutecedora por sus consecuencias necesarias, como la guerra de la independencia fue grande, noble, gloriosa por sus motivos, miras y resultados.


Alberdi, el pionero
por Alfredo Palacios

Alberdi, estudiando la naturaleza jurídica de la guerra, cuando universaliza sus conceptos en El Crimen de la Guerra se refiere al cobro compulsivo de las deudas internacionales y se anticipa en un siglo a Luís María Drago, que con su doctrina defendió a nuestra América.

La ejecución corporal por deudas —barbarie de otras edades— ha sido abolida por la civilización en materia de derecho civil privado. ¿Quedaría vigente —se pregunta el americano ilustre— la ejecución corporal por deudas, es decir la guerra por deudas en materia de derecho internacional?

¿Si la una es la barbarie, la otra sería la civilización? Y contesta categóricamente: las guerras por deudas son tal, pura barbarie.

Hemos acusado a los estadistas y a los representantes de los países iberoamericanos en las conferencias Panamericanas de no haber citado nunca al gran precursor. Tal injusticia se pone de manifiesto una vez mas al observar que el autor de El Crimen de la Guerra precedió en más de un siglo a Luís María Drago al combatir la especulación a mano armada por las naciones poderosas. El cobro compulsivo de las deudas internacionales pretendió efectuarse en 1902 contra un país hermano.

Los representantes de Alemania y Gran Bretaña en Caracas exigieron del gobierno de Venezuela el reconocimiento inmediato y el pago sin discusión de sus deudas, dentro de un plazo perentorio de 48 horas, y ante la justa negativa de Venezuela los aliados realizaron actos de guerra. Venezuela había contratado con particulares, como persona de derecho privado, y por lo tanto, no había creado relaciones internacionales. Era aplicable la, regla caveat emptor. Pero aunque las hubiere creado, el cobro compulsivo, es decir la guerra por deudas, era criminal. Luís María Drago, bajo la presidencia del General (Julio A.) Roca, admirador de Alberdi, el 29 de diciembre de 1902, expuso en nombre de la República Argentina principios sobre la inviolabilidad de la soberanía de las naciones.

La deuda pública —afirmó con dignidad— no puede dar lugar a la intervención armada y menos a la ocupación material del suelo de las naciones americanas. Cualquiera que sea la fuerza de que dispongan, todos los Estados son perfectamente iguales entre sí y con derechos recíprocos a las mismas consideraciones y a los mismos respetos.

La 2da. Conferencia de La Haya de 1907 adoptó el principio del argentino Drago de que el cobro de las deudas nunca debe ser causa de guerra; tesis sostenida en El Crimen de la Guerra, por Alberdi.

viernes, 14 de agosto de 2009

CLASE OBRERA Y PERONISMO (1946/55)


por Taller de Historia Desde Abajo

La base económica del peronismo original fue la industrialización y el desarrollo del mercado interno de bienes de consumo. Son bien conocidas las realizaciones del peronismo, nuestro objetivo es señalar sintéticamente sus líneas principales:

1) La traslación de ingresos del sector agrícola al sector industrial

Para este primer objetivo creó el Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio. A través de la fijación de precios internos y un riguroso control de cambios, el IAPI obtenía recursos que se destinaron a financiar planes de industrialización.

No solo el gobierno intenta debilitar el poder económico de la burguesía terrateniente. También ataca ese poder en sus relaciones sociales, promulgando el Estatuto del Peón Rural e introduciendo la legislación laboral en las estancias.

Se pretendía regular la relación peón/patrón por medio la Comisión Nacional de Trabajo Rural, compuesta por representantes de patrones y peones. Por primera vez se establecieron en el campo vacaciones pagas, jornadas de ocho horas de trabajo, descanso dominical, sueldos mínimos, indemnización por despido y medidas de seguridad e higiene. (Por un petitorio mucho más modesto habían sido fusilados los peones rurales de la Patagonia en 1921 durante gobierno de Hipólito Yrigoyen).

La burguesía terrateniente, en particular la de la Pampa Húmeda, continuó teniendo en su poder la producción de las divisas necesarias para un proceso de industrialización. Superar este cuello de botella del capitalismo dependiente hubiese requerido de la expropiación de la renta agraria.

La confrontación entre la “Nueva Argentina” y la “Argentina oligárquica” no fue menor, pero se detuvo en este límite. Traspasarlo hubiera significado modificar estructuralmente el sistema económico, romper la dependencia de una industrialización realizada sin una acumulación originaria de capital.

2) El control financiero del país por parte del Estado

Al nacionalizar el Banco Central (dirigido hasta entonces por un directorio compuesto, en su mayoría, por representantes de los bancos extranjeros más importantes) y centralizar el sistema de seguros en un cuasi monopolio estatal, el Estado se aseguró el control financiero del país, transformándose en el principal instrumento de crédito.

La nacionalización y creación de empresas estatales (Ferrocarriles, Teléfonos, Líneas Marítimas etc.), creó en las fracciones de la clase obrera ligada a ellas una estrecha ligazón entre el modelo económico peronista y las reivindicaciones obreras. Lo cual fue la base para el surgimiento de un nacionalismo económico y social con un importante contenido de clase.

Defensa del patrimonio nacional y reivindicaciones de clase estuvieron siempre unidas para la mayoría de los trabajadores peronistas. Esto será muy importante para la resignificación del peronismo que se produce a partir de 1955.

3) La redistribución del ingreso en favor de la clase obrera y las fracciones sociales subordinadas.

Más allá de cualquier consideración política, la redistribución del ingreso tiene un beneficiario objetivo: la clase obrera y los sectores asalariados.

• Entre 1945 y 1948 los salarios reales de los empleados públicos tuvieron un alza del 35 % y los de los obreros industriales subieron en un promedio del 50 %.

• En el mismo período el consumo, tanto en el sector público como en el privado subió alrededor del 20 %.

• Las cajas de jubilaciones pasaron de 300.000 afiliados en 1944 a 3.500.000 en 1949. Y se estableció por ley un fondo para otorgar pensiones a toda persona de escasos recursos mayor de 60 años no amparada por ningún sistema jubilatorio.

• A esta realidad se deben sumar todos los beneficios del salario indirecto: colonias de vacaciones, planes de vivienda, la asistencia de la Fundación, dirigida por Eva Perón, en la distribución de indumentaria, textos escolares y la atención de necesidades individuales y familiares.

• Los hospitales públicos, entre 1946 y 1951, duplicaron la cantidad de camas hospitalarias.

• En la educación, la matrícula primaria creció un 34 % entre 1945 y 1955, la secundaria lo hizo en un 134 %, la universitaria se triplicó y en 1949 se eliminaron los aranceles.

• A partir de 1950 se revierte la tendencia a favor de la clase obrera en la participación en el PBI; sin embargo, la participación del “sector” trabajo pasa del 44,8 % en 1944 al 58 % en 1954. Al mismo tiempo, las utilidades empresarias descienden del 55,2 % al 42 % en 1954.

• Las conquistas que quedaron establecidas en la Constitución de 1949 incluían jornada laboral de 8 horas diarias, indemnizaciones por despido, aguinaldo, vacaciones y disposiciones particulares sobre condiciones de trabajo.

Con esta breve reseña, pretendemos dar una idea aproximada de la magnitud de las modificaciones operadas en las condiciones de vida y trabajo, tanto de la clase obrera como del conjunto de las fracciones populares, durante el peronismo original.

Estado y sindicatos

El movimiento obrero participó activamente de la acción estatal. Apoyados por la política crediticia del sector oficial, numerosos sindicatos construyeron sus propios policlínicos y colonias de vacaciones.

En este marco, dado por la conquista de históricas demandas del movimiento obrero —y de otras ni siquiera imaginadas por los luchadores obreros—, se comienza a dar la integración del sindicalismo con el Estado. Hubiera sido incomprensible que los beneficiarios lo vieran críticamente.

La participación de dirigentes sindicales en el gobierno se da a través de la integración individual. La participación en cargos electivos o en funciones en el Poder Ejecutivo (ministros, secretarios etc.) no surge de decisiones tomadas por un colectivo político con unidad de objetivos (es decir, un partido).

Esta integración individual es decidida por Perón que inaugura, utilizando su enorme peso político, la “verticalidad” que signará la práctica del peronismo hasta 1974. La recurrencia a la “verticalidad” será, repetidamente, el argumento de los sectores burocráticos y reaccionarios del peronismo para dirimir la lucha interna en el terreno de la “doctrina”.

Este es el primer punto de conflicto entre Perón y los fundadores del Laborismo, y culmina con la disolución del Partido.

Sin embargo este límite en su voluntad de autonomía y esta integración subordinada al Estado del movimiento obrero, no significa que los trabajadores hayan renunciado a reconocer intereses propios como clase en el marco de un gobierno que, con pleno derecho, consideraban suyo.

El esfuerzo conciente de Perón por disolver el Partido Laborista; los cambios en la política económica del gobierno frente al agotamiento del primer período de auge entre 1950 y 1955; el Congreso de la Productividad (bloqueado por el movimiento obrero) y la conducta del gobierno frente al golpe oligárquico de 1955; nos permiten afirmar que la dirección de la alianza peronista no estuvo en manos de la clase obrera.

A pesar de ello, esta clase mantuvo la defensa de sus conquistas económico/sociales y condiciones de trabajo con su apoyo multitudinario a un gobierno del que era la base imprescindible en el espacio público de la plaza y, en su lugar de trabajo, con un instrumento que existió solo como resultado de su vitalidad como clase y de su presencia activa en el peronismo: las Comisiones Internas y los Cuerpos de Delegados de fábrica.

La tensión, entre el proceso de centralización e incorporación al Estado de los sindicatos y la CGT impulsado por el gobierno y la acción de las Comisiones Internas de fábrica fueron la expresión de la puja por la hegemonía al interior del peronismo.

Los límites de la clase obrera en esta puja podemos analizarlos siguiendo a Antonio Gramsci, quién define al “sindicalismo teórico”, en tanto derivación del liberalismo como la teoría que “ ...en cuanto se refiere a un grupo subalterno al que con esta teoría se impide convertirse alguna vez en dominante, desarrollarse más allá de la fase económica corporativa para elevarse a la fase de hegemonía ético política en la sociedad civil y dominante en el Estado.”

El delegar en Perón la conducción “estratégica” de la política supone un límite al desarrollo de una política de clase que profundice los logros de la alianza peronista en el gobierno. La fuerte defensa de los intereses de clase, que se da entre 1945 y 1955, no logra superar ese límite: el del “sindicalismo teórico”, una variante de economicismo y liberalismo, fundado en la separación entre lo político y lo económico como dos esferas autónomas de la realidad.

La clase obrera defiende a partir de 1946 los términos en que participa del peronismo, asegurando con su lucha el cumplimiento de las medidas laborales y sociales por las que había votado en febrero de ese año. La mayor cantidad de huelgas se dan en los tres primeros años del gobierno, con el objetivo que se cumplan las resoluciones establecidas por la nueva legislación.

Interesa señalar esto último para desmentir las visiones, ampliamente difundidas, de que las reivindicaciones económicas y sociales fueron una dádiva graciosa. (Ver CUADRO 1)

Identidad y autonomía

Algunos testimonios nos pueden ilustrar acerca de lo que caracterizamos como la vitalidad de la clase obrera dentro del peronismo.

El 6 de junio de 1948, el periódico El trabajador de la carne, vocero de la Federación de ese sector (cuando ya la corriente Laborista liderada por Cipriano Reyes había perdido la conducción) decía: “Los sindicatos apoyan al gobierno revolucionario precisamente porque es revolucionario. Porque es nuestro e interpreta las aspiraciones del proletariado. Sin duda este apoyo no puede limitarse al apoyo obsecuente (...) una burocracia frondosa, asustada de perder posiciones personales que ha ganado precisamente debido a la inactividad de los trabajadores que no han sabido ocupar el lugar que les corresponde (...) Si por mala suerte el Líder un día desapareciera del escenario de la lucha, los trabajadores volveríamos automáticamente a la situación anterior a la revolución, rodeados de enemigos (...)”.

La Unión Obrera Metalúrgica, luego de varios conflictos por fábrica, decretó un paro nacional en noviembre de 1947. Sebastián Borro, dirigente gremial durante el primer peronismo, militante de la Resistencia, dirigente de la huelga del frigorífico Lisandro de la Torre en 1959 y figura histórica del peronismo combativo decía en 1993: “....allá por el año 39, cuando yo empecé a trabajar en un taller mecánico a aprender el oficio de tornero, (...) aparecía un afiliado al gremio y tenía miedo de mostrar el carnet porque ese carnet significaba apaleo después por la policía por que era afiliado a un sindicato. (...) yo me había afiliado en el año '41 (...) yo también escondía el carnet porque podía ir preso”.

Al referirse al golpe de junio de 1943, que dispuso la libre afiliación sindical, expresa Borro: “Pero viene esa transformación donde se empieza la afiliación en el orden nacional (...) Alfredo Palacios dio a este país una ley, la 11.729, donde se garantizaban los derechos de los trabajadores. Esta ley no se cumplía, fue aprobada en 1928 y no se cumplía en forma total, porque parcialmente algo se cumplía a través de ese movimiento que había tomado el poder en 1943. Se amplía esa ley y se garantiza el derecho a las vacaciones, el derecho al pago de enfermedad. Mi padre trabajaba conmigo en el taller; después de haber trabajado la Semana Trágica de Vasena en el año 19 y hasta esa época, el año ‘43 y ‘44, tenía 25 años trabajados y jamás le habían dado un día de vacaciones y siempre que se enfermaba tenía que ir a trabajar enfermo porque sino no percibía el jornal (...)”.

Borro también recuerda que: “Fui a trabajar a Talleres Matta en el año 46. En 1949 (...) a mi padre, a mí y a unos 40 compañeros nos dejan cesantes; pero había una ley que se cumplía: había que pagar indemnización".

En 1949 yo era delegado de esa empresa, Perón presidente; se estaba construyendo el gasoducto que venía del sur hacia Buenos Aires, esa empresa (que hacía máquinas de construcción) tenía contratos con el gobierno para hacer ese trayecto. ¿Que pasó? No cumplía con los trabajadores y nosotros le paramos 45 días. Perón era presidente pero yo era dirigente gremial y defendía los intereses de los trabajadores. Y no porque yo quería, porque si los trabajadores no nos acompañaban tampoco podía hacer nada.

Pero hay que hacerles conciencia a los trabajadores; y no yo solo, porque era una Comisión Interna que era de seis compañeros y había un secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica, que se llamó Hilario Salvo, que comprendía que había derechos y había que hacerlos cumplir y la única manera que los patrones cumplieran era el paro.

Algunos decían: ‘Yo no lucho, yo soy amigo de Perón’. Les dijimos: ‘acá hay que luchar y hemos ganado la huelga, tuvieron que pagar los 45 días’”.

Cabe destacar, por último, que la fuerza de las Comisiones Internas —como espacio de autonomía de la clase obrera—, aparecerá durante todo el gobierno peronista en conflictiva supervivencia, aún en los momentos de mayor integración del sindicalismo con el Estado.

Se quiebra el peronismo original

A fines de 1948 comienza a agotarse la “edad de oro” del peronismo original.

El proceso de industrialización había permitido sustituir importaciones de bienes de consumo. La producción industrial continuaba atada a los ciclos de la economía mundial y su crecimiento dependía a largo plazo, de que las exportaciones agropecuarias generaran las divisas necesarias para financiar los las importaciones de insumos y bienes de capital.

La caída de los precios de las exportaciones agropecuarias en los mercados internacionales, acentuada por el boicot norteamericano a las exportaciones argentinas (exclusión del Plan Marshall), privó al Estado peronista de la principal fuente de recursos sobre la que estaba basada la redistribución del ingreso nacional en favor de los trabajadores. Por lo tanto, los aumentos de salarios comenzaban a afectar la tasa de ganancia de la burguesía industrial. Eso crea las condiciones estructurales para la ruptura de la alianza entre el capital y el trabajo.

A principios de 1952 la situación económica era crítica por escasas reservas, insuficientes saldos exportables (luego de dos años de sequías) y un serio deterioro de los términos de intercambio a nivel internacional.

El gobierno opta por colocar en los trabajadores la responsabilidad de superar la crisis a costa de una mayor “productividad” (extracción de plusvalía) para restituir la tasa de ganancia a las patronales. En marzo de 1952 propone el Plan de Estabilización. Este Plan contemplaba una serie de medidas destinadas al control de la inflación (desatada por la puja distributiva entre las diferentes fracciones) y la recuperación del sector externo centradas en la restricción del consumo, el fomento del ahorro y el aumento de la productividad de los trabajadores.

Fue creada la Comisión Nacional de Precios y Salarios y el gobierno extiende la vigencia de los convenios colectivos de un año a dos. Se dispuso que los salarios debían estar atados a la productividad.
En diciembre, Perón anuncia al Congreso y al país el 2º Plan Quinquenal.

Miguel Miranda es desplazado; Alfredo Gómez Morales y Roberto Ares inician el camino para desmontar los obstáculos que la estructura productiva peronista colocaba en el avance del capital extranjero, en especial el norteamericano.

El 26 de julio de 1952 muere Eva Perón.

En 1951, convocado por la CGT, se realizó un “Cabildo Abierto” donde había sido plebis citada para ser candidata a vicepresidente. La corporación militar vetó su candidatura y ese veto fué aceptado por Perón. Se ha discutido mucho acerca de los alcances del rol de Evita en el peronismo, se puede afirmar que su acción no modificó estructuralmente las condiciones de los trabajadores; no obstante puede señalarse al “renunciamiento” como un retroceso para la clase obrera dentro de la alianza peronista.

El 17 de octubre de 1952 una multitud reunida en Plaza de Mayo, como todos los años, impide hablar a José Espejo secretario general de la CGT y fuerza su renuncia. La plaza era el espacio donde, con solo el peso de su número, los trabajadores participaban.

En 1953 se realiza el Congreso General de la Industria, donde el eje es el aumento de la productividad de los trabajadores “sin afectar su salud ni sus derechos”. La ofensiva patronal ya era explícita.

El 17 de octubre de 1954, Eduardo Vuletich, secretario general de la CGT, le ofrece a Perón un Congreso para colaborar “con que se arribe a conclusiones satisfactorias” respecto a la productividad.

La resistencia obrera frente a la ofensiva de las patronales peronistas está a cargo de los sindicatos de primer grado y de las Comisiones Internas. Se da cuestionando la legitimidad de los cambios que se pretender introducir a los convenios de 1946/48 base del pacto peronista original. Esto impide que el Congreso arribe a “conclusiones satisfactorias”.

José B. Gelbard, integrante del gabinete en nombre de la CGE, sintetizaba las aspiraciones de la burguesía peronista: “Cuando se dirige la mirada hacia la posición que asumen las comisiones internas sindicales, que alteran el concepto de que es misión del obrero dar un día de trabajo honesto por una paga justa, no resulta exagerado, dentro de los conceptos que hoy prevalecen, pedir que ellos contribuyan a consolidar el desenvolvimiento normal y la marcha de la empresa. Tampoco es aceptable que, por ningún motivo el delegado obrero toque un pito y la fábrica se paralice”.

Silbada la CGT en la plaza pública, el conflicto entre los aliados peronistas se da en el lugar de trabajo donde no hay acuerdo acerca de “lo justo” y sobre los conceptos que deben “prevalecer”.

Así llega a 1955 la clase obrera, silbando a sus traidores en la plaza y resistiendo en las fábricas con sus cuerpos de delegados.

miércoles, 12 de agosto de 2009

REPORTAJE A PEPE ROSA (1968)

José María Rosa junto a Arturo Jauretche en Punta del Este

En 1968, la desaparecida Editorial Merlín publicó en su “Colección Nuestros Ayeres” un volúmen con varios artículos breves de José María Rosa quien, por entonces, comenzaba a figurar en los topes de ventas con su Historia Argentina. La compilación se llama Historia del revisionismo y otros ensayos.

A modo de presentación del libro, la editorial incluyó un reportaje (de autor anónimo) que el historiador contestó por corespondencia. Allí subraya caracterizaciones e influencias que son, también, las de su generación de historiadores militantes.


- Generalmente usted no responde cuando se le pregunta si es hombre de derecha o de izquierda porque considera —según lo declaró más de una vez— que esas son categorías propias de un liberalismo que rechaza. Veremos si tenemos la suerte de hacerle contestar mediante un camouflage. Para (Karl) Mannheim, progresista es el que ve el presente como el comienzo del futuro, y reaccionario el que lo ve como la continuación del pasado. De acuerdo a este esquema, ¿cómo ve usted el presente?

- La gran dificultad de un reportaje consiste en que, a veces, reporteado y reporteador no hablan el mismo lenguaje, y las respuestas de aquél deben encogerse o estirarse a la medida de las ideas políticas o filosóficas de éste, cuando no adaptarse, simplemente, al valor que el reporteador da a las palabras. Hecha esta aclaración de que me someto voluntariamente a un lecho de Procusto, empiezo. Eso de progresista o reaccionario, dicho en términos absolutos, lo usan quienes creen en el avance de las sociedades hacia una meta determinada, como los liberales o los marxistas.

Para mí, "progreso y reacción" son términos de física, que pueden aplicarse a la historia de las sociedades en relación con algo: el bienestar individual, el de una clase social, el de una comunidad nacional, o mi concepto personal del arte, del confort, de la moral, del derecho, etc. Entonces, sólo así podría decirle si hay progreso o regreso: en relación a eso "algo". Y usted me podría catalogar, con Mannheim, según creyese que comienzo el futuro o continúo el pasado.

- ¿A qué historiadores considera sus maestros, tanto en escala nacional como universal?

- En escala nacional debo mucho al porteño (Ricardo) Font Ezcurra, al entrerriano (Julio) Irazusta y a los santafesinos Alfredo Bello y José María Funes, en orden al conocimiento auténtico de nuestra historia. En escala universal, Rómulo Carbia me enseñó a reconstruir críticamente los hechos históricos con el método objetivo de (Leopold von) Ranke.

- Como en el pensamiento de un historiador son importantes las coordenadas filosóficas que lo encauzan, resultaría interesante saber a qué filósofos —del pasado y del presente— se siente más vinculado.

- Tal vez a los sociólogos de (Auguste) Comte en adelante. El francés (Émile) Durkheim me impresionó en lecturas juveniles por su concepción del hecho social y el riguroso método de análisis; el alemán (Ferdinand) Tönnies, por su síntesis de lo que es "comunidad" y de lo que es "sociedad"; (Oswald) Spengler, con su teoría de los ciclos históricos. En mi lejana juventud me entusiasmé con los románticos alemanes y encontré en (Johann) Fichte una explicación racional, que me satisfizo, de mi sentimiento nacional. Pero todo eso pertenece a un remoto pasado; hace mucho que no leo libros de filosofía.

- La historia de los demás países latinoamericanos fue tan intencionalmente falseada por sus oligarquías como en el caso de la Argentina? De ser así, ¿hay en ellos corrientes historiográficas heterodoxas, comparables a nuestro revisionismo?

- Las hay. Por ejemplo, el revisionismo paraguayo, iniciado por Juan O'Leary, que en orden de tiempo es anterior al nuestro, o el oriental, de Luis Alberto de Herrera, donde militan figuras de la talla de (Alberto) Methol Ferré, (Washington) Reyes Abadie, Claudio Williman, Oscar Bruschera, Vivían Trías, (Manuel) Fonseca, (Mateo) Magariños de Mello, Julio César Vignale y muchos más que representan distintos matices. En Brasil, Pandiá Calogeras hizo escuela, hoy mayoritaria. Y puede seguirse así en toda América latina.

- A nuestro requerimiento (Arnold) Toynbee declaró, la última vez que estuvo en Buenos Aires, que no había oído hablar jamás del revisionismo, y nos preguntó, a su vez, de qué se trataba. El presidente del Consejo Británico se apresuró a aclararle que es "sólo una corriente historiográfica local caracterizada por sus fuertes prejuicios antibritánicos".

Poco después, tuvimos ocasión de preguntarle a H. S. Ferns —cuyo libro Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX es tan sincero en algunos aspectos— si no le parecía que Inglaterra había expoliado concienzudamente a nuestro país. El historiador canadiense respondió que "en las relaciones entre ambos países no hubo un explotador ni un explotado, sino dos pueblos en distintas etapas de desarrollo cuya estrecha vinculación los benefició mutuamente". ¿Qué comentarios le sugiere esto?

- No me extraña lo de Toynbee, cuyos conocimientos historiográficos no son vastos; tampoco me llama la atención que al presidente del Consejo Británico todo lo revisionista le parezca un prejuicio antibritánico. Las palabras de Ferns responden al concepto que preside todo su libro sobre las relaciones de Inglaterra con la Argentina en el siglo XIX. Deben interpretarse. Nuestra "estrecha vinculación" con Inglaterra produjo necesariamente un dominante y un dominado, dadas sus "distintas etapas de desarrollo". Fue un matrimonio de amor y conveniencia: a nosotros nos quedó el amor y a ellos la conveniencia.

- ¿Qué juicios le merecen La decadencia de Occidente, de Spengler, y la Historia universal de Toynbee? ¿Adhiere a una concepción cíclica de la historia universal?

- Spengler me gusta; Toynbee me aburre.

- ¿Conoce aportes historiográficos realizados en el campo socialista que le merezcan respeto?

- Hay grandes revisionistas en el campo socialista.

- ¿No cree que el patriotismo —o el nacionalismo— son insuficientes para sustituir a la ideología? Si usted hubiera nacido en Inglaterra, ¿admiraría a (Benjamin) Disraeli y convalidaría la piratería del imperialismo británico o los rechazaría en nombre de una ética supracional, de una ideología?

- Al revés: la ideología es insuficiente para sustituir al patriotismo. No necesito ser inglés para "admirar" a Disraeli. Si lo fuera, no sólo lo admiraría sino que estaría de acuerdo con él, lo que no me ocurre por ser argentino. (...) La historia nos dice que, sí hay una ética supranacional, ella es muy débil. Es una lástima, pero como la ética pertenece al campo de las cosas que son y no al de las que pueden ser, debemos resignarnos a esa falta. (Reservadamente, le diré que si la Argentina, integrada con sus hermanas de Hispanoamérica, llegase al estado de imperio y dominase a Estados Unidos e Inglaterra, no me disgustaría del todo ver a los norteamericanos e ingleses con un pico en la mano trabajando para nosotros.)

- Cuando Ricardo Zorraquín Becú presidía la Academia Argentina de la Historia, le preguntamos por qué eran académicos el cardenal (Antonio) Caggiano, el poeta (Arturo) Capdevila y el fisiólogo (Bernardo) Houssay y, en cambio, no lo eran revisionistas autores de una obra vasta e importante como, por ejemplo, usted mismo. Se nos respondió que varios académicos amenazaban con renunciar si usted ingresaba. ¿Cómo explica esa intransigencia? ¿Qué papel juegan las academias, para usted, en los países sometidos?

- Las academias, en los países sometidos, forman parte del aparato de sometimiento, como tantas otras cosas: la gran prensa, la radio, la televisión. No me incomoda, porque ya lo sabía desde el vamos.

- ¿Cómo explica que (Oliver) Cromwell, (Otto von) Bismarck, Napoleón (Bonaparte) y hasta cierto punto (Abraham) Lincoln ya no movilicen pasiones políticas en sus países, mientras (Juan Manuel de) Rosas o (Faustino) Sarmiento tienen la virtud de hacerles hacer mala sangre a los argentinos?

- Un historiador español —el duque de Maura (Gabriel Maura Gamazo)— me dijo que no debería entristecerme o molestarme que en mi país se hable mal de Rosas, porque sólo se habla bien de los muertos, y la política de recuperación nacional de Rosas está ahora tan viva como lo estuvo cien años atrás. Lo mismo pasa con Sarmiento, como símbolo de la política opuesta a la de Rosas. En líneas generales, toda la historia argentina está viva, y esto es de buen augurio. Si sólo se hablara bien de sus figuras, tendríamos un país muerto. Pero no crea en las premisas de su pregunta. He escuchado fuertes y tremendas discusiones sobre Napoleón en París. No hay pueblo, estatua ni calle que recuerde a Lincoln al sur del Potomae; en Baltimore he visto flores en la tumba de Wilkes Booth (que lo mató); Bismarck no es "el Canciller de Hierro" para los alemanes "democráticos", y Cromwell no está enterrado en la Abadía de Westminster. Pero éstas son desviaciones minoritarias —como lo será el antirrosismo de mañana (¿de hoy, tal vez?)—, ya que Napoleón, Lincoln, Bismarck y Cromwell simbolizan, en general, la nacionalidad en sus respectivos países.

viernes, 7 de agosto de 2009

LA SIGNIFICACION DE MITRE


Reportaje a Ortega Peña y Duhalde

En su edición número 50 del mes de junio de 1971, la revista Todo es historia, dirigida por Félix Luna, publicó un dossier sobre la figura histórica de Bartolomé Mitre. En él, la historiadora María Sáenz Quesada compiló las opiniones de sus colegas, inscriptos en las diversas corrientes de interpretación de nuestro pasado.

Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde aparecían, por entonces, como una de las producciones más novedosas de la floreciente historiografía militante. Producción intelectual que complementaba una infatigable práctica jurídica común en sindicatos y organizaciones políticas.


— ¿Cuál es el significado de Mitre en el momento histórico de su actuación?

DUHALDE: —Bartolomé Mitre es el nombre en el cual se concentra la política británica en el Río de la Plata en su mayor intensidad colonial. Su significación es la de expresar el uso instrumental de Buenos Aires contra toda la Nación, al servicio de una mentalidad y designios exclusivamente europeos. Desde un punto de vista nacionalista popular, la actuación de Mitre para la constitución de la Argentina como Nación independiente es nefasta.

— ¿Qué aportes de Mitre al país subsisten en la actualidad?

ORTEGA PEÑA: —Si por "aportes" entendemos las contribuciones a la dependencia del capital extranjero y una obsecuencia a la cultura europea, es indudable que Mitre todavía tiene vigencia en pequeños sectores que viven de espaldas al país. Señalemos que no pretendemos, como algunos historiadores revisionistas ortodoxos, ridiculizar a Mitre. Mitre fue algo demasiado serio como para tomarlo en broma; mandó a la muerte a miles de argentinos y generó una mentalidad historiográfico-liberal colonial sumamente potente, en la medida que contaba con todo el apoyo de la oligarquía local y el Imperio Británico.

— ¿Qué opina de Mitre como historiador?

DUHALDE: —Mitre era un historiador "serio", es decir, conocía a los historiadores de su época. Pero su "científicidad" estuvo permanentemente al servicio de una concepción antinacional. Creó superhéroes, parcializó a argentinos de temple y obscureció como a salteadores a los caudillos. Sus "sanmartines y belgranos" son personajes recortados con las tijeras de (Thomas) Carlyle y litografiados por (Leopoldo) Torre Nilsson. Pero la deshumanización que alimenta toda la historiografía mitrista tiene raíces más profundas que las estéticas; propia de la falta de contenido popular de toda su weltsanschaung (cosmovisión).

— ¿Tuvo Mitre alguna responsabilidad en los orígenes de la guerra del Paraguay?

ORTEGA PEÑA: —Por supuesto. El asunto —aunque todavía existan algunos polemistas tardíos— está prácticamente agotado desde un punto de vista historiográfico. Mitre —y no la Argentina— fue un instrumento consciente de la destrucción del Paraguay. De un Paraguay que era —gracias a Rosas y su política de amistad— considerado parte de nuestra propia tierra, como provincia/nación hermana. La destrucción del Paraguay se resolvió en el Foreign Office de Londres, y Mitre y el Brasil actuaron de mandatarios de esa decisión. Era el último golpe contra el federalismo criollo, y Mitre tenia plena conciencia de la necesidad de darlo para que su proyecto occidental y dependiente pudiera seguir adelante.

— ¿Fue positiva o negativa la actuación de Mitre con relación al interior del país?

DUHALDE: —Quizás hubiera sido importante oír a los propios interesados en este punto. Preguntarle por ejemplo al Chacho, a los (Ambrosio) Chumbita, a (Aurelio) Salazar, a Felipe Várela o a esos miles de campesinos, de condenados de la tierra del noreste argentino que se levantaron en armas contra Mitre, en respuesta a la política porteñista que "el círculo de Mitre" llevaba a cabo contra el interior provinciano. La liquidación del mercado interno era una necesidad básica para la política porteño- británica. Asimismo la consolidación de pequeños grupos que se van afirmando como oligarquías lugareñas, que serán las correas de transmisión de la política mitrista en el interior Jugarán un papel en la represión y dominio liberal de las provincias. La negatividad del ciclo mitrista en el interior se siente todavía hoy, a más de cien años.

— ¿Merece Mitre la jerarquía que tiene en la nómina de los próceres argentinos?

ORTEGA PEÑA: —Esa jerarquía y esa nómina le ha sido otorgada por una historiografía y una Academia que han sido nutridas permanentemente por la concepción anti nacional del mitrismo. El revisionismo histórico, entendido como conciencia histórica colectiva de los argentinos ha ubicado a Mitre en su verdadero lugar. Pero lo que si es indudable es que los ingleses están en deuda con Bartolomé Mitre: ellos deberían haberle otorgado el procerato y jerarquía que los académicos le han brincado tan apasionadamente.

lunes, 3 de agosto de 2009

CARA Y CRUZ DEL PERONISMO

por Manuel Gálvez

En este breve fragmento —extraido del volumen póstumo En el mundo de los seres reales (Hachette, 1965)—, nuestro gran novelista nacional exhibe lo que consideramos la clave de su arte narrativo. Esto es, retratar con magistral intuición las luces y las sombras de una época histórica.

Pues pocos textos son tan ajenos a la idealización del peronismo como el que ofrecemos a continuación. Junto al desarrollo de las fuerzas productivas y el progreso social de las clases populares, Gálvez recuerda aquí las torpes provocaciones de la burocracia política. Las mismas que —facilitando la sanguinaria embestida de la reacción oligárquica— precipitarán la caída del gobierno popular en 1955.

Por último, puede decirse que, en Manuel Gálvez, se resume un derrotero de la intelectualidad patriótica (Scalabrini, Jauretche, Sampay, etc.), negada o expulsada —a pesar de su apoyo explícito y militante— en los dos primeros mandatos de Juan Domingo Perón.



El 13 de agosto del 44 publiqué: "La Obra social del coronel Perón". Reproducido en muchos periódicos y, en hoja suelta, en centenares de miles, lo comentó el país entero. Sé de una persona que lo leyó en La Quiaca, en el límite con Bolivia, y otra en Ushuaia.

La secretaría de la presidencia me pidió, telefónicamente, autorización para ponerlo como prologo al libro El pueblo quiere saber de qué se trata (discursos del coronel Perón). Mi deseo fue decir que no.
Contesté que lo pensaría, que había que pedir la conformidad del periódico... Vaguedades. Pero lo encajaron en el libro de Perón, con disgusto de mi parte. Además del hecho en sí, me fastidió que pusiesen "Para el Pueblo", en vez de poner, como era lo honrado, "Para el diario El Pueblo''.

Empecé afirmando que pocos argentinos podían, como yo, elogiar a los gobernantes con la conciencia tranquila. Jamás adulé a uno solo. No ambicioné nunca nada, sino realizar lo que me falta de mi obra. "Es un lugar común en el ambiente literario —afirmaba— que soy el único escritor que sólo ha querido ser escritor. Otros fueron o son universitarios, o periodistas o políticos".

Luego, anuncié que elogiaría por su obra social al coronel Perón, a quien no conocía. Recordé cómo, desde mi adolescencia, yo había sentido la injusticia de la sociedad contra los proletarios y los pobres en general y mencioné mi libro La inseguridad de la vida obrera, sobre el paro forzoso. Agregué:

He traído a colación estos recuerdos, alguno de carácter personal, porque deseo que los lectores, que sólo me consideran como novelista o literato que no hablo de cosas que ignoro, sino de asuntos que estudié y conozco.

Y dije también que en diversas obras literarias he mostrado cómo siento las inquietudes y los padecimientos del pueblo.
Miré la revolución del 4 de junio como "el más grandioso acontecimiento imaginable" para los proletarios. Recordé lo realizado hasta la fecha por Perón, a quien llamé "un nuevo Yrigoyen", pero con aptitudes que Yrigoyen no tuvo: una actividad asombrosa, la despreocupación por la politiquería, el don de la palabra y un sentido panorámico y profundo de la cuestión obrera.

Veía a Perón como a un hombre providencial. Las masas, que ya lo adoraban, así lo iban comprendiendo. Conductor de hombres, caudillo, gobernante de excepción. El aparecer de este soldado, con su intuición de lo que el pueblo necesitaba, era "un acontecimiento trascendental”.

Afirmé esta verdad: "Ningún gobernante de esta tierra ha dicho jamás palabras tan bellas, tan penetradas de humanidad, como las que pronuncia con frecuencia el coronel Perón". Cité esta frase, dicha en Rosario:

Queremos que desaparezca de nuestro país la explotación del hombre por el hombre, y que, cuando ese problema desaparezca, igualemos un poco las clases sociales para que no haya, como he dicho ya, en este país, hombres demasiado pobres ni hombres demasiado ticos.

Y terminaba el artículo, de este modo:

Las palabras y la obra del coronel Perón colman mis esperanzas de que ha de organizarse en esta Patria un mundo mejor. Sí, no debe haber hombres demasiado ricos ni demasiado pobres. Las grandes fortunas son tan injustas como las grandes pobrezas. Todos somos iguales ante la muerte y ante Dios, pero también debemos serlo, dentro de lo posible, en las realidades de la vida. Las palabras del coronel Perón son verdaderamente cristianas, patrióticas y salvadoras. No obstante, habrá que luchar para establecer la justicia social como el la quiere. Los poderosos, las empresas capitalistas, los ricos, los serviles ante toda riqueza, los hombres sin corazón y hasta algún gobierno extranjero, se han de oponer a nuestra justicia social. Las clases privilegiadas no se conformarán con perder uno solo de sus privilegios, y calumniarán y mentirán y pretenderán burlarse, como ya empiezan a hacerlo.

Este artículo tuvo las más serias consecuencias para mi. La oligarquía, los socialistas, los comunistas, los radicales, lo comentaron acerbadamente. ¿Cómo no veían mi desinterés, que los años han demostrado sincerísimo? ¿No declaraba que renunciaba a pedirle cargo alguno a Perón? Muchos años han transcurrido, y me hallo en la misma situación que en 1944, viviendo de una mediocre jubilación, de una insignificante rentita y del producto escaso de mis libros. Ningún cargo pedí a Perón, ni él ningún cargo me ofreció.

Fui un profeta. Se realizó cuanto anuncié, inclusive la actitud de los Estados Unidos —el "gobierno extranjero" a que me refería— contra nuestra justicia social. ¡Serias consecuencias para mí tuvo el desinteresado artículo! Me insultaron algunos periódicos, recibí anónimos canallescos, se me cerraron las pocas puertas que no se me habían cerrado después del Yrigoyen y el Rosas. Una tarde, en el centro, un amigo, hombre inteligente y culto, me pregunta: "Pero ¿es cierto que le escribes los discursos a Perón?" Y yo había hablado una sola vez con Perón, a quien fui a pedirle, en mi nombre y en el de otros, que no se suprimiese la enseñanza religiosa.

Fui un profeta, pero en algo me equivoqué. Porque Perón resultó demagogo y arbitrario. Permitió el incendio del Jockey Club y de muchos templos y de la Casa de los socialistas y persiguió a la Iglesia. Y el 55, la policía allanó espectacularmente la casa de mi hija en el Tigre, hasta con ametralladoras; encarceló a mi hijo mayor, médico, por el "delito" de haber ido a defender la Catedral, que iba a ser quemada; y allanó dos veces mi propia casa, en busca de armas...