domingo, 4 de octubre de 2009

SANTIAGO DERQUI, FEDERAL

por Alfredo Terzaga

El cordobés Alfredo Terzaga (1920 – 1974) es autor de la inconclusa Historia de Roca. No se trata de una mera referencia bibliográfica, puesto que Historia de Roca es una obra fundamental en la comprensión de nuestro pasado, al tiempo que —con su ausencia tanto en cátedras como en librerías—, señala como pocas la vigencia de la colonización pedagógica en nuestra producción historiográfica.

Terzaga dejó, entre otras cosas, algunos textos que fueron publicados en la revista Todo es Historia. De uno de ellos —Mitre en Pavón: los días nefastos de la confederación, publicado en junio de 1971—, extraemos esta breve consideración sobre su comprovinciano Santiago Derqui (1809 – 1867).

En 1860 Derqui fue electo Presidente de la Nación, como sucesor de Justo José de Urquiza, y asumió la presidencia el 5 de marzo de ese año, acompañado por el general Juan Esteban Pedernera.



En todos los aspectos, el nuevo presidente era el reverso de Urquiza. Nunca había mandado ejércitos y no tenía otro oficio que el de los libros y los papeles. En un país de muchedumbres ecuestres, él no pasaría de ser un jinete de paseo. No tenía ni prestigio militar ni fortuna personal como para organizar y mantener los gastos de un partido. Y, sin embargo, llegó a tenerlo...

Pese a que los historiadores de distintas tendencias suelen ensañarse con las supuestas blanduras del segundo presidente de la Confederación, la verdad es que su nombre, cosa al parecer curiosa, sirvió de bandera precisamente a los más duros federales del Interior cuando éstos entraron a sospechar de Urquiza por sus reiteradas transigencias frente a Buenos Aries.

Con todo, debe reconocerse que Urquiza, al aceptar y propiciar la candidatura de su ministro del Interior, había superado, aunque fuese de momento, sus condiciones de caudillo y estanciero litoralense, para arrojar un cabo firme hacia las provincias de tierra adentro. Sus clásicas vacilaciones, a la larga fatales para la Confederación, lo harían después retraerse hacia Entre Ríos, pero lo cierto es que, en el momento de la sucesión presidencial, había optado por el lado más nacional de su política.

El nuevo presidente era un doctor de Córdoba. Santiago Derqui había nacido en esa ciudad en junio de 1809. Hizo y terminó sus estudios universitarios en los años de Juan Bautista Bustos, uno de los hombres del interior más odiados por Buenos Aires. Durante el breve gobierno de José María Paz pudo observar los esfuerzos que hacían algunos federales de su provincia, como (Juan Antonio de) Saráchaga y (Estanislao) Learte, por teñir con su programa a la Liga del Interior capitaneada por el Manco.

Tras la caída de Paz, el joven doctor Derqui hizo su iniciación en política escribiendo y dirigiendo periódicos federales, bajo los gobiernos de (José Vicente) Reynafé y de Pedro Nolasco Rodríguez. Como magistrado, defendió la potestad del Estado contra las pretensiones del obispo Lazcano y fue excomulgado por ello. Su estilo político, de un federalismo liberal (término que en este caso nada tiene que ver con el partido “liberal” aparecido después de Caseros), tenia sus raíces en la tradición consolidada en Córdoba durante los nueve años del gobierno de Bustos.

Argumento de sastrería

Vale la pena detenerse un momento sobre la verdadera significación política del presidente cordobés, porque los juicios corrientes, provenentes unos del mitrismo y otros del urquicismo, han contribuido a oscurecer la comprensión sobre la crisis del año nefasto.

Bastó, parece, el hecho de que Derqui fuera secretario de Paz en Corrientes, y exiliado luego en Montevideo, para dar fundamento a la tenaz y difundida leyenda sobre su unitarismo. Haber sido opositor a Rosas constituiría así una "prueba" suficiente de semejante filiación, tanto para la historiografía oficial como para la rosista o filorrosista, vertientes ambas que, a pesar de su enemistad, concuerdan en deformar la naturaleza provinciana del federalismo.

El talentoso José Luis Busaniche —para quien, sin embargo, sólo son federales los del Litoral— comentando una de las afirmaciones de Woodbine Hincliff en su Viaje al Plata, sostiene: “... no puede considerarse al doctor Derqui ‘el gran enemigo de los hombres de Buenos Aires’. Estaba más vinculado a ellos que Urquiza, puesto que había sido unitario y vivido en el destierro durante la dictadura de Rosas. Fueron razones circunstanciales —continúa Busaniche— las que lo distanciaron de Mitre, gobernador de Buenos Aires y de su circulo" (notas en páginas 175 y 176 del libro citado). En su Historia Argentina, donde levanta muchos de los cargos contra Derqui, el mismo Busaniche, con todo, persiste en la leyenda: "El nuevo presidente había sido unitario emigrado...".

Por su parte, el doctor José María Rosa, escritor habitualmente incisivo, deja su revisionismo en vacaciones cuando se trata de Derqui, y sostiene que el presidente “se pasaba los días durmiendo, ajeno al acontecer político. Sus antecedentes unitarios lo inclinaban al partido liberal, pero le debía la presidencia a Urquiza y era hombre leal” (La Guerra del Paraguay y las Montoneras Argentinas, pág. 74). En otra de sus obras (Nos los Representantes del Pueblo), el mismo autor estampa sobre Derqui idénticos juicios, sosteniendo que simpatizaba con los liberales de Buenos Aires, que era un "formidable haragán", que las circunstancias lo habían llevado inexplicablemente a ceñirse la escarapela punzó, y que era "orgánicamente unitario"... ¿Pruebas?: “(...) su gravedad magistral, sus pocas y solemnes palabras, su grado doctoral”, etc., etc.

Sólo falta aquí la mención de la levita para definir al unitario “orgánico” (!) como opuesto al hombre de chiripá, argumento de sastrería en que viene a refractarse, aunque invertido, el mismo dualismo maniqueo y sarmientino de civilización y barbarie...

La carrera de Derqui

En los días oscuros que siguieron a la tragedia de Barranca Yaco, Derqui, como presidente de la Legislatura local, trató de embotar la ofensiva de Rosas contra Córdoba y propuso, sin éxito, la candidatura de don Mariano Lozano, que era amigo del gobernador porteño. Detenido con muchos otros cuando asumió Manuel López, fue llevado a Santa Fe, desde donde logró pasar a Corrientes (don Estanislao, pese a su larga luna de miel con Buenos Aires, se reservaba siempre alguna carta del mazo...)

En Corrientes, bajo el gobierno del federal Pedro Ferré, Derqui trabó amistad con su comprovinciano el Manco Paz. Más tarde estuvo en Montevideo en la época del sitio, sin participar en los círculos de los emigrados porteños. Después viajó a Río de Janeiro con Paz y en el '45 estuvo de nuevo en Corrientes, donde casó con doña Modesta García de Cossio, hija de uno de los hombres de la generación de Mayo.

Caseros rompió la amistad política entre los dos cordobeses: mientras Paz entraba a servir a Buenos Aires, Derqui, constituyente del ‘53, ingresaba al gobierno de la Confederación como ministro del Interior, para sostener la misma causa que había defendido en sus años juveniles de periodista federal. Su espíritu independiente tuvo ocasión de manifestarse, concitándoles adhesiones tan firmes como tenaces enemistades. No es extraño, por eso, que su casa en Paraná, donde se dice que consumía infatigablemente mates y novelas, fuera sin embargo frecuentada “por todo lo que era hombre de acción o de armas llevar”.

Un presidente entrerriano y un ministro cordobés constituían la expresión visible de esa alianza —tantas veces buscada— entre el Interior y el Litoral frente a Buenos Aires. Como alianza que era, y no simple absorción, tenían que reflejarse en ella fricciones y disidencias, y abrirse paso las críticas que las contemplaciones de Urquiza suscitaban en tierra adentro. Mientras la casa del vicepresidente Del Carril era “un cenáculo, donde se murmuraba entre dientes contra ‘el libertador’, la de Derqui era un club político. Allí se hablaba claramente hasta de Urquiza”, según sostiene un testigo. (Retratos y recuerdos de Lucio V. Mansilla)

La experiencia de reiteradas frustraciones de la causa provinciana, unida a sus hábitos sedentarios, a su formación universitaria y a su cautela forense, pueden explicar quizá que la acción fuera en Derqui algo intermitente; mas no por ello dejaba de ser hombre de acción. Así lo advirtió Mansilla en sus recuerdos del Paraná cuando estampó las siguientes observaciones: “porque la verdadera acción está en la voluntad que se conoce a si misma, que tiene conciencia de su yo, que sabe lo que quiere, adonde va, por qué y cómo. Derqui poseía esas cualidades”.

Como hombre del Interior en el ministerio del ramo, Derqui era el hombre para el cargo. Y como representante de una implícita alianza, nada más lógico que cuando le tocó ser presidente tratara de imponer su línea y la de sus amigos —Manuel Lucero, Mateo J. Luque, Eusebio Ocampo, José Severo de Olmos, Pedro Lucas Funes, Emilio de Alvear, Gordillo, Colodrero y otros— transformando de hecho esa alianza en una bicefalia del poder.

Hombre “débil”, por la carencia de un poder militar propio, Derqui fundaría en esa debilidad su estrategia política, pero sin arriar las banderas del federalismo del Interior. Alabó, simuló, transigió en múltiples frentes, aun más allá de los limites de la prudencia, pero hizo cara al peligro cuando éste se presentó. A pesar de algunos juicios emitidos por Mitre en momentos indecisos, la verdad es que Buenos Aires, más cerca del estanciero del litoral, aceptó en Urquiza al Gobernador de Entre Ríos pero no aceptó a Derqui y se empeñó entera para derrumbar en su persona el edificio de la Confederación. Este edificio, a pesar de sus fisuras y de su penuria financiera, ofrecía para el Puerto, después de 1860 una peligrosidad mayor que antes de Cepeda, puesto que su política comenzaba a girar fuera de la órbita del siempre tratable caudillo entrerriano.