lunes, 2 de noviembre de 2009

PATRIA GRANDE Y CAPITAL EXTRANJERO

Por Rubén Bortnik

El proceso balcanizador de la Nación Indoibérica —denominación grata a Juan José Hernández Arregui— no es sólo un dato del pasado.

En los últimos años han proliferado sospechosas versiones sobre el derecho a la autodeterminación de ciertas “naciones originarias” de las que, muchas veces, ni siquiera se puede confirmar su existencia histórica.

Tales “teorías”, asimismo, cuentan con el enfático respaldo de algunas ONG de origen europeo o norteamericano —“interesadas” en el destino de nuestros pueblos— cuya influencia no es menor. (Bastaría repasar la cuestión de las nacionalidades en la última reforma constitucional boliviana para tener una medida aproximada).

Desde ese marco, el presente texto —escrito en 1972 por Rubén Bortnik— acerca del papel disgregador cumplido por el capital extranjero en nuestra Patria Grande, presenta renovada importancia. El mismo ha sido extraído del breve ensayo Dependencia y revolución en América Latina.



En casi toda América Latina se habla el idioma castellano. El portugués, de origen dialectal, hablado en Brasil, no es sino el reflejo y la consecuencia de la crisis divisiva que en el viejo Imperio Ibérico creó la estrategia inglesa al separar a Portugal de España.

Portugal, a partir de la guerra por la sucesión española (1700- 1714), había quedado bajo el protectorado de Inglaterra. Mantuvo, no obstante, una independencia política, mientras dependía financiera y diplomáticamente de su opresora, que lo defendió como defendía sus posesiones coloniales, atendiendo a su propia necesidad expansionista y divisionista. A cambio de esta “protección”, ejercida simultáneamente contra España y contra Francia, Inglaterra tuvo su compensación: ventajas comerciales, utilización de los resortes de la economía portuguesa, de sus puertos, medios de comunicación, etcétera.

Tan importante influencia se transmitiría con el tiempo a la posesión portuguesa en el actual territorio de Brasil, cuya diferencia dialectal con el resto de América Latina, no es sino la excepción que confirma la regla. Dialectos de origen indígena, ya que no idiomas, han ido desapareciendo sin pena ni gloria, mientras que el francés, relativamente hablado en Haití, de orígenes bastante similares al portugués utilizado en Brasil, carece de mayor importancia frente al español que se habla en Santo Domingo, la otra mitad de la isla.

(...) Sin embargo, y aún existiendo un idioma nacional común, América Latina no se nos presenta como una Nación, sino como veinte Estados distintos. Desde el Río Grande hasta la Antártida se utiliza el castellano en todo su desarrollo y aplicación literaria. Paralelamente, la casi inexistencia de una “circulación mercantil” entre esos veinte compartimientos estancos, denuncia la existencia de una entidad política, económica y geográficamente balcanizada, de una Nación o Federación inconstituida.

Pese al origen histórico común, a un idioma también común y a una común psicología, la carencia de un mercado interno, derivada de la sujeción de las economías precapitalistas a los mercados metropolitanos, impidió la cristalización de esa entidad política y frente a este impedimento material se estrellaron los ideales reunificadores de los grandes caudillos del siglo pasado.

Retrasada en su desarrollo y deformada en su geografía, América Latina, es decir, sus veinte Estados, fueron rápidamente convertidos en semicolonias del capital extranjero. Su quehacer económico, al frustrarse la unidad del mercado local, se fundaba exclusivamente en la exportación de materias primas a la metrópoli y en la importación, desde ésta, de productos manufacturados.

Vale decir que, mientras se nos escamoteaban nuestras riquezas naturales, se nos impedía forjar el desarrollo industrial, para facilitar así el ingreso de la producción industrial metropolitana.

Tal acción implicaba además el apoyo a las oligarquías lugareñas, desarrolladas sobre las estructuras semifeudales del atraso y sobre la explotación de los nativos, las que se sirvieron del bajo nivel de éstos e instituyeron en el peonaje una forma particular de servidumbre. El desarrollo precapitalista de América Latina y su posterior acceso al capitalismo fueron así frustrados históricamente por las burguesías europeas que ejercieron, sobre esta parte del mundo, una acción totalmente contraria a la que desarrollaron en Europa al acceder al poder.

A diferencia, pues, de lo acontecido en Europa, donde su triunfo se fundó en la destrucción de la economía feudal y en el desarrollo industrial, la acción de las burguesías europeas —y también de la burguesía norteamericana—, colmado su mercado interior, derivó para América Latina, precisamente en el mantenimiento de aquellas estructuras, sobre la base de la división internacional del trabajo, que nos relegó al papel de productores de materias primas y, con el tiempo, también de receptores de capitales y bienes de capital, obstaculizando un desarrollo capitalista autónomo y creando formas políticas totalmente originales.

La debilidad, inexistencia —absoluta o relativa— de burguesías nacionales, derivadas de tal acción, hizo lo demás. La idea de la Nación o Confederación Latinoamericana, despojados los territorios de su mercado interno potencial y fragmentados en tanto Estados como al imperialismo interesó, quedó relegada a las fallidas empresas de los caudillos militares y populares de siglo XIX.

Pero el origen histórico de los latinoamericanos es común; comunes son los intereses que mantienen a su dilatado territorio en la división para la explotación extranjera y común es el desequilibrio económico-social, fundado en el monocultivo.

En aquella empresa, como queda dicho, fracasaron las revoluciones democráticas del siglo pasado, ligadas a la independencia formal. Y ese fracaso reconocía un fundamento, que era la disyuntiva práctica que enfrentaba al destino histórico: estructuras semifeudales y/o precapitalistas; debilidad o inexistencia de desarrollo nacional; alejamiento originario entre los principales centros poblados. Sobre esta base, se impondrían las tendencias centrífugas que retrotrajeron la situación a los moldes existentes con anterioridad a la época del Imperio Hispanoamericano, que había logrado, en su tiempo, una cierta unidad político-administrativa.

A ello, se agregó la acción del, capitalismo extranjero; fundamentalmente, el inglés, que se apresuró a mantener, ampliar y consolidar aquella división, impulsando la creación de nuevas “naciones”, arrancadas diplomática y aun militarmente, al origen común.

Impotentes los esfuerzos de líderes revolucionarios como San Martín y Bolívar, a la intervención inglesa y, en casos, francesa, se sumaría con el tiempo la penetración norteamericana. El sentimiento nacional, tan común en las épocas heroicas entre los habitantes de América Latina, iba diluyéndose con motivo de aquel proceso y asumía nuevas formas, encubriendo localismos gratos a los ojos del imperialismo.

Versiones oficiales o no oficiales, igualmente interesadas, de nuestra historia, pagadas con los dineros del capital financiero extranacional, vale decir con dinero extraído de nuestra explotación, institucionalizaron la existencia de esas veinte “naciones”, que eran la consecuencia del fracaso, ya que no del triunfo de las revoluciones en América Latina.

Ese fracaso, nuestra disyuntiva práctica, reconoce su origen en la vida económica de las naciones que llegaron a realizarse como tales.

Hubo en la historia económica de las naciones dos intentos de la burguesía para realizarse como clase. El primero se dio dentro de los marcos del Estado Nacional (etapa librempresista) y tuvo perspectiva limitada. El segundo lo fue excediendo las fronteras del Estado (etapa monopolista). Tuvo la mirada puesta más allá, aunque resultaría impropio decir que así se realizaría como clase, por más que en un primer momento haya conseguido lograr sus objetivos materiales. Ya que ese momento incluye también los elementos de su crisis, de su derrota histórica.

1 comentario:

Francisco Martinez dijo...

gente muy buena nota, muy bueno el programa los escucho siempre, siempre que puedo. Mi nombre es Francisco y soy estudiante de comunicación social, tengo un blog que estoy armando con mis compañeros y comparti esta nota, estaria bueno que se den una vueltita y me digan que piensan. encombustioninterna.blgospot.com